Más allá del tiro por elevación que supone la mención a la "voluntad democrática" que estiman oscurecida, los embajadores embretaron directamente a la Argentina, por ser en la actualidad el país titular del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, para que "continúe defendiendo los DD.HH. y los principios consagrados en la carta de Naciones Unidas, en particular la defensa de la integridad territorial de Ucrania y el rechazo al uso de la fuerza". La reunión no fue secreta ni nada por el estilo, pero alguien de la Cancillería debería tomar nota y comunicárselo al presidente Alberto Fernández y al ministro de Economía, Martín Guzmán para que lo hagan circular puertas adentro del Gobierno porque los votos de estos países en el board del Fondo Monetario Internacional representan un porcentaje mayoritario (67% aproximadamente) para llegar al número requerido cuando se trate el caso argentino.
Como entre muchos otros temas, donde enarbola ambigüedades inexplicables, el doble estándar kirchnerista en relación a Rusia ha vuelto a exponer negativamente la imagen del Gobierno, a partir de las diferentes posturas que hay en el Frente de Todos. No sólo porque los comunicados oficiales fueron ambiguos de toda ambigüedad, sino que las sinuosas manifestaciones del Presidente en un tema tan concreto dejaron de lado peligrosamente cuestiones de Política Exterior, como lo que debería ser una inalterable postura ya no de un gobierno, sino del país, en relación a uno de los argumentos principales que sostienen el reclamo por las islas Malvinas. La mención de los diplomáticos al derecho internacional va justamente por ese lado y seguramente el Reino Unido se relame.
En este sentido, quienes dentro del Frente de Todos defienden el accionar ruso derrapan de verdad cuando justifican la invasión sin atender a que ese país cruzó una frontera resguardada por el principio de violación de la integridad territorial, el mismo que la Argentina defiende cuando enarbola sus derechos sobre las islas. Desde el Gobierno, dicen que no es así ya que ese tema tan sensible no se negocia, por más que los lavados comunicados de la Cancillería señalen otra cosa. Santiago Cafiero se ocupó de decir que "claramente" se viola ese principio, pero el contrasentido es que la Argentina votó en la OEA como "neutral" y no apoyó la condena a Rusia, mientras que en la ONU se expidió para que se avance "en una negociación diplomática que permita una salida política".
Esos mismos fundamentalistas internos que admiran al presidente Putin hicieron también de su silencio algo visiblemente estentóreo cuando el ruso, escudado en que el gobierno de Volodomir Zelenski quiere ingresar a la OTAN, lo que permitiría que las fronteras del Tratado se extiendan hacia el este y que eso pondría más misiles a las puertas del territorio ruso, instó al ejército de Ucrania a dar un golpe de Estado contra las autoridades legalmente constituidas en esa nación. No hay excusas posibles en este tema, ya que la Argentina ha impulsado siempre en la OEA y en los organismos regionales la suspensión de los países cuyos gobiernos elegidos democráticamente por el voto popular hubiesen sido removidos por asonadas civiles o militares. En este caso, el "Nunca más", tan venerado por el kirchnerismo como si hubiese sido de su autoría, ha sido dejado en el anaquel de las palabras huecas por la fascinación ideológica que le produce a buena parte del Gobierno el presidente ruso.
Otro punto donde los argumentos del kirchnerismo -sobre todo de aquellos quienes enarbolan posturas feministas- han hecho agua a la hora de explicar la invasión ("qué quieren, con todo lo que Ucrania le hizo a los rusos como no iban a estar con la sangre en el ojo", dicen los militantes en Twitter) se confunden peligrosamente con el síndrome del golpeador cuando busca transferir la culpabilidad de las agresiones para justificarlas. Ni que decir que la personalidad machista del ruso hasta les parece algo folclórico.
"Bajo todo punto de vista, la Argentina es un flancito", señala un ex diplomático a quien se le pide una opinión sobre la actual guerra en el este de Europa. La imagen es bien descriptiva pero no sólo en materia de relaciones exteriores, ya que todas las semanas, por una u otra razón, la realidad demuestra que el Gobierno es un conglomerado de múltiples intenciones, muchas de ellas bastante confusas, aunque generalmente la mayoría no demasiado buenas, ejecutadas por un grupo de poco hábiles funcionarios acosados por la interna o por sus propias limitaciones ideológicas o intelectuales. Una chapuza, dirían en España. Políticamente hablando, lo más duro del asunto es que la opinión pública ya le ha tomado el tiempo al Presidente y a sus ejecutores y que, en materia de accionar, los tiene aplazados desde hace rato porque todo lo dilatan en nombre de una eventual armonía de la interna que al grueso de la ciudadanía o siente que lo perjudica o no le interesa.
Desde la Casa Rosada se insiste en que "no hay antecedentes" de coaliciones que gobiernen porque esto es algo privativo de los regímenes parlamentarios, pero lo cierto es que Cambiemos fue también una coalición mientras gobernaba y que, en sus cuatro años de gobierno, nunca tuvo divergencias tan profundas como las actuales. Una explicación del desorden surge naturalmente al observar la poca homogeneidad del Gobierno que se formó tras los arreglos que llevaron a Fernández a la Casa Rosada, proceso que derivó en la repartija de ministerios y escalones inferiores, con un destinatario intocable: las cajas serían para La Cámpora y también la posibilidad de que se armen, en su nombre, cientos de unidades básicas en todo el país (PAMI, ANSeS).
A ese primer loteo, le siguieron luego algunos zarpazos de los intendentes del Conurbano y el cambio de Jefe de Gabinete. Sin embargo, la poca efectividad de gestión de muchos de ellos (incluido quizás el Presidente) se da en el temor reverencial que todos ellos sienten por Cristina Fernández y por el llamado "ala oriental" del Frente de Todos. Este conglomerado ideológico registra -tal como le gusta al peronismo- visiones desde todos los costados del espectro. Bien a la izquierda está efectivamente Cristina ("a mi izquierda, una pared", dijo en algún momento) y por debajo de ella el Instituto Patria y su hijo Máximo con La Cámpora como sustento (dos compartimentos que se recelan), todos ellos enamorados de Rusia y de China y probablemente con intenciones de patear el tablero del Fondo Monetario para cambiar de "dependencia", diría Juan Perón.
Luego, hacia el centro (pero no tanto) se ubica Fernández versión 2022, quien va y viene rodeado por un grupo de amigos del peronismo que, a su vez, tienen dos adscripciones internas: los más dialoguistas y los rupturistas, quienes nunca han logrado convencer al Presidente de terminar su ligazón con la vicepresidenta. En el centro del espectro y sólo un poquito hacia la derecha se ubica el camaleónico diputado Sergio Massa, un poco el componedor del grupo, aunque desde el kirchnerismo se recela bastante de él por sus posiciones cercanas a los Estados Unidos, incluidas aquellas críticas tan severas hacia Néstor Kirchner que registraron los Wikileaks en una cena en presencia de la entonces embajadora de los EEUU, Vilma Socorro Martínez.
El tristísimo accionar del Gobierno en relación a la invasión a Ucrania, junto al incomprensible "manejo del fuego" en el caso Corrientes por parte del camporista Juan Cabandié, son dos ejemplos recientes de la reiterada mala praxis gubernamental que, a diario, no hace otra cosa que sumarle más descrédito al Presidente. Y en este sentido no se puede soslayar que el tema Rusia está conectado directamente con la lentísima negociación del Programa que la Argentina busca acordar, ahora contra reloj, con el Fondo Monetario Internacional para reciclar los pagos pendientes con el organismo, cuestión en la que en el Frente de Todos hay miradas que recelan de los avances de Guzmán y Fernández.
En el FMI las opiniones van desde quienes creen que la Argentina sólo busca dilatar para no pagar nunca y quienes consideran que el ministro sufre una encerrona interna que debe surfear para llegar a la votación del Congreso con la aprobación asegurada. La mención al 60 por ciento de suba en las tarifas podría haber sido tranquilamente una operación para dejarlo bien parado a Guzmán a la hora de aceptar un mal menor. Todo sigue muy turbio alrededor de las negociaciones, ahora oscurecidas por la guerra y por las ambigüedades del Gobierno, pero además por el nuevo escenario económico que se abre a nivel mundial y también a la Argentina.
Si el Presupuesto 2022, que no aprobó el Congreso, era un incomprensible dibujo al 15 de setiembre pasado, ahora debería ser más que reformulado a la luz de los nuevos acontecimientos que le pegan al país en varios planos. Desde lo positivo, habría que capitalizar la suba de los precios de las commodities, aunque el probable menor crecimiento de la economía mundial va a ralentizar la posibilidad de generar más ventas al exterior. Por otro lado, la suba de los precios de la energía podrían esterilizar los dólares que entren, más allá de que esos aumentos van a subir los costos de generación que podrían impedir que los subsidios se reduzcan este año en términos reales. Por otro lado, la necesidad de energía a nivel mundial debería ser clave para que haya inversiones extranjeras en los grandes reservorios de la Argentina. Todo este nuevo panorama tendría que estar reflejado en un nuevo Presupuesto que acompañe el eventual acuerdo con el Fondo que aún no se sabe cómo será y menos si será acompañado por el kirchnerismo más duro.
El martes próximo hablará el Presidente ante la Asamblea Legislativa y Economía está trabajando contra-reloj para que tenga algo para anunciar en relación a las negociaciones. De él se esperan definiciones que seguramente van a dar para la polémica, debido a la poca firmeza que han tenido todos sus discursos a la hora de pasar de la palabra a la acción. Para un país que no entiende de coaliciones y cuya tradición es netamente presidencialista, la actual realidad de sucesivos tropiezos que el propio Fernández se supo fabricar en honor a la lealtad con su vicepresidenta es un lastre decisivo que le impide sacar la cabeza del agua.
Hugo E. Grimaldi


No pasó del todo inadvertida, pero hay que refrescar la situación debido a los mensajes que subyacen. Tras la invasión rusa a Ucrania, la semana pasada se reunieron en Buenos Aires los embajadores o encargados de las embajadas de los 21 estados miembros de la Unión Europea presentes en la Argentina, el embajador de la Unión Europea y los de Ucrania, Australia, Canadá, los Estados Unidos, Japón y el Reino Unido para analizar la situación y para marcarle la cancha al gobierno argentino a quién le pasaron un claro mensaje: "Consideramos que todos los países con voluntad democrática deben exigir a Rusia el cese de esta agresión, que supone una violación flagrante del derecho internacional y de los derechos humanos universalmente reconocidos".
