Domingo, 24 Abril 2022 11:07

¿Por qué a Cristina Kirchner no le importa perder? - Por Sergio Berensztein

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La vicepresidenta insiste en cuestiones que, ante un cálculo objetivo que cualquiera puede hacer, están destinadas al fracaso. 

El gobierno nacional no tiene respuesta a los problemas que obsesionan a la sociedad argentina. Ni la inflación, la falta de trabajo, la inseguridad o la crisis energética son prioridades para una administración que luce no solamente sin una narrativa lógica sino, fundamentalmente, sin ni siquiera la posibilidad de relanzar un programa y un equipo que le permita aprovechar el año y medio que aún le queda y, de paso, mejorar sus por ahora magras perspectivas electorales. 

Más aún, estos problemas se profundizan cada vez más y desdibujan la figura de Alberto Fernández quien, según un estudio cualitativo reciente, ha quedado muy marginado en el universo de representaciones de los votantes de clase media.

Si bien las peleas internas son uno de los factores que explican este fenómeno, “si mañana Cristina (Kirchner) se jubilara, este gobierno de todas formas tendría serios problemas de coordinación y gestión”, según un funcionario del Poder Ejecutivo. Tal vez se trate de una opinión un tanto exagerada, pero pone de manifiesto la frustración de al menos un grupo de autodenominados “albertistas” que esperaban un liderazgo más firme y determinado por parte del Presidente.

Paralelamente, como si se tratase de una partida de ajedrez en simultáneas, CFK impulsa desde la jefatura del Senado una agenda propia, que responde a sus intereses y obsesiones, y que está absolutamente disociada de las demandas de la sociedad. Viene mostrando, ella sí, enorme influencia en un grupo numeroso de senadores (no ocurre en absoluto lo mismo en la Cámara de Diputados, como quedó demostrado en el debate sobre el acuerdo con el FMI y, en la semana que pasó, la dura polémica por la designación de los representantes de la minoría en el Consejo de la Magistratura), así como una clara capacidad para amplificar su mensaje con los medios de comunicación afines y las agrupaciones políticas y organizaciones sociales que anidan en el ecosistema del Instituto Patria.

En efecto, nadie duda de que Cristina es la jefa de su espacio, con una presencia mucho más compacta y categórica que la de su hijo Máximo o de cualquier otro dirigente que, como Axel Kicillof o Wado de Pedro, son fruto de innumerables especulaciones electorales.

Curiosamente, esta jefatura irrevocable y que genera reacciones tan polarizadas (cuotas bastante similares de amor eterno y odio recalcitrantes) no es capaz de alimentar su reputación con logros concretos que ratifiquen en la práctica el poder que simbólica y teóricamente todavía retiene. Más bien, todo lo contrario: ha impulsado una serie de iniciativas y sostenido posiciones extremas que han derivado en estruendosos fracasos, entendiendo como tales el no logro de los objetivos, al menos retóricamente buscados.

Es evidente que en al menos algunos casos ha demostrado capacidad de veto. Por ejemplo, con la designación del Dr. Daniel Rafecas como Procurador General de la Nación, el jefe de los fiscales federales, cuyo pliego fue enviado al Senado por el Poder Ejecutivo. Cristina prefirió cajonear su pliego, tal vez todavía enojada por la actuación rápida y efectiva de este juez federal hace una década, cuando estallara la denuncia del caso Ciccone por el cual fuera eventualmente condenado y puesto en prisión su compañero de fórmula, Amado Boudou.

Ella mostró pragmatismo para perdonar a figuras que fueron sumamente críticas como el propio Alberto Fernández o Sergio Massa, sus socios en el Frente de Todos (FDT). Pero al parecer, su magnanimidad no alcanza, al menos por ahora, a otros personajes que directa o indirectamente han demostrado que el argumento del supuesto lawfare es absolutamente endeble, sino una mera ficción incomprobable.

De este modo, Cristina demuestra al menos a veces una clara capacidad para impedir que pasen ciertas cosas. Solamente algunas. Por ejemplo, no logró frenar el acuerdo con los acreedores privados ni con el FMI; y tampoco pudo ignorar el fallo de la Corte Suprema que en diciembre pasado declaró inconstitucional la reforma del Consejo de la Magistratura que ella misma había impulsado en el 2005 y hecho aprobar un año más tarde. Pero cuando se trata de impulsar algunas iniciativas caras a su agenda, de plantear debates polémicos o de promover funcionarios ideológicamente afines para cargos críticas, viene fracasando estrepitosamente.

Esto ocurrió con su proyecto de “reforma judicial”, que tiene varios puntos en común con la famosa “democratización de la justicia” del 2013, aprobada en tiempo récord, pero que ha quedado en la nada. Su última iniciativa para aumentar el número de jueces de la Corte Suprema tiene el mismo destino: aunque lograse la media sanción, seguramente morirá en la Cámara Baja. Y aunque por algún milagro juntara los votos necesarios, debería luego negociar con la oposición la designación de los nuevos integrantes, que requieren mayorías calificadas. A propósito, si tantas ganas de evaluar candidatos para formar parte de ese tribunal existen en el oficialismo, ¿por qué no se envía el pliego de la eventual reemplazante de Elena Highton de Nolasco?

Cristina buscó evitar que en el país se aplicaran las vacunas norteamericanas, que son precisamente las que se están usando ahora para las dosis de refuerzo. Quiso alinear al país con Rusia en su sangrienta invasión a Ucrania, pero se tiene que contentar con que nos abstengamos en algunas cuestiones simbólicas, como la suspensión del estatus de observador en la OEA. Quiso que el Estado expropiara Vicentin, y el juez que entiende en su concurso de acreedores sigue a cargo de la causa. Impulsó la designación de Roberto Felleti como Secretario de Comercio para que controle los precios con métodos típicos del populismo intervencionista, y logró que la inflación se disparara.

Con todo respeto, no pega una. Pregunta fundamental: ¿por qué insiste en cuestiones que, ante un cálculo objetivo que cualquiera puede hacer, están destinadas al fracaso?

En efecto, el comportamiento de Cristina ha tomado una naturaleza poco habitual en una figura política: ha avanzado en iniciativas que, evaluando la correlación de fuerzas que existe actualmente, es evidente que terminan en la nada o incluso en derrotas fácilmente previsibles. Toma el riesgo de llevar adelante jugadas políticas en las que las posibilidades de éxito son limitadas o nulas. ¿A qué se debe esa persistente conducta autodestructiva? ¿Bajo qué criterio podría ser redituable para un actor político promover algo que va a salir mal?

Hipótesis: ella da por perdida la elección del año próximo e intenta mantener cohesionado su núcleo de adeptos, para los cuales es más importante la coherencia ideológica, la consistencia narrativa, los ejes del relato que los resultados concretos que en la práctica pudieran obtener. Conducir una minoría limitada electoralmente, pero bien alineada y adoctrinada, puede ser más beneficioso para ella que andar pagando los costos políticos y reputacionales del inevitable pragmatismo que requiere el ejercicio del poder, sobre todo en democracia.

Lo “racional” para ella no es que el Congreso apruebe finalmente una ley, sino “hacer el punto”, “marcar la cancha”, hacer una diferencia, aunque sea simbólica en la medida en que eso contribuya a sostener su liderazgo. Sus seguidores esperan coherencia, no soluciones concretas. Su poder descansa en ese pacto.

El problema, entonces, no es tanto para ella, sino para sus socios políticos que pretenden seguir ganando elecciones a nivel provincial y local, e incluso a nivel nacional. Pues ellos están obligados a seducir a un electorado más amplio. ¿Seguirán entonces formando parte de un espacio que compromete la supervivencia de sus propios liderazgos por las decisiones egoístas de CFK? Se trata del interrogante más importante que seguramente en estos próximos meses se habrá de develar.

Sergio Berensztein

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