Domingo, 08 Mayo 2022 10:31

El Presidente y la vice, entre generosidades y traiciones - Por Fernando Laborda

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Mientras la palabra “traición” sobrevuela los auditorios cristicamporistas, en el Gobierno se cree que Cristina Kirchner busca tomar distancia de la gestión sin romper la coalición 

El tan esperado mensaje de Cristina Kirchner en Chaco pasó con más pena que gloria. Fue un discurso impropio de alguien que recibe un doctorado honoris causa y más asimilable al de una sesión de terapia que al de una clase magistral en una universidad. Abundaron las inconsistencias y las contradicciones, junto a irrelevantes disquisiciones semánticas como el significado de las palabras “pelea” y “debate”, infidencias y asociaciones libres. Sigmund Freud describía a la asociación libre como aquel método propio de la técnica psicoanalítica mediante el cual el paciente analizado expresa todas sus ocurrencias, ideas, imágenes, emociones, pensamientos, recuerdos o sentimientos tal como se le presentan, sin ningún tipo de selección ni estructuración del discurso, sin restricciones ni filtros, aun cuando el material le parezca incoherente, desprovisto de interés, impertinente o impúdico. Algo semejante a lo que ofreció la vicepresidenta de la Nación a lo largo de casi una hora y media. 

La expectativa en torno de la presencia de Cristina Kirchner en la Universidad Nacional del Chaco Austral se justificaba por el hecho de que la guerra fría que sostienen Alberto Fernández y ella había escalado durante la última semana hacia una instancia más grave, en la que el cristicamporismo no dudó, por primera vez, en atacar blancos fijos con artillería más pesada, cuyas esquirlas pueden impactar de lleno en la gestión económica del gobierno nacional y en el propio jefe del Estado.

“El Gobierno es nuestro”. La resonante frase de Andrés “Cuervo” Larroque desnudó las apetencias del cristinismo y su particular concepción acerca del modesto rol que le cabría dentro de la coalición gobernante a Alberto Fernández, a quien el dirigente de La Cámpora acusó de querer llevarse el Gobierno a su mesita de luz. Surgieron cuestionamientos directos, con nombres y apellidos, que apuntaron contra los ministros Martín Guzmán, Matías Kulfas y Claudio Moroni, y se dejó trascender que el cristinismo reclamaba una “mesa política” que fijara los ejes de acción del Gobierno. El sinceramiento de Larroque confirmó todo lo que meses atrás había transmitido la exdiputada cristinista Fernanda Vallejos, cuando tildó al Presidente de “okupa” y “mequetrefe”, y lo cuestionó por no allanarse a las decisiones de su jefa política.

Este sentimiento imperante en el cristinismo acerca del pobre papel de gerenciador de los intereses de Cristina Kirchner que se le asignaba en la práctica al Presidente apareció también en el discurso de la vicepresidenta, cuando expresó que tuvo una “acción generosa” al permitir que Alberto Fernández “pudiera decidir libremente” los integrantes de su gabinete económico. La conclusión que subyace en el mensaje de Cristina es que en el actual gobierno se debería hacer lo que ella dispone o aquello que ella “generosamente” permite hacer. No parece casual que dijera que ella, como vicepresidenta de la Nación, es parte del Poder Ejecutivo, cuando no es así: el vicepresidente preside el Senado y solo reemplaza al presidente en caso de ausencia temporaria o definitiva de este último. ¿Desconocimiento simple de la Constitución o una expresión de deseos?

Difícil es saber hasta dónde puede escalar el conflicto entre el presidente y la vicepresidenta. Las opiniones varían desde quienes creen que Cristina solo busca tomar distancia del rumbo económico y diferenciarse para preservar su capital político de cara a 2023, hasta quienes consideran que estaría dispuesta a dar un autogolpe para sacar a Fernández de la Casa Rosada. En el medio, están quienes entienden que la vicepresidenta pretende dominar la coalición gobernante forzando un cambio de gabinete en el área económica.

El primer mandatario ha dado señales claras de que no está dispuesto a desprenderse de su ministro de Economía. Mucho menos cuando advierte que desde el cristinismo no hay un plan alternativo que lo convenza ni figuras ministeriables con capacidad para revertir las expectativas negativas de los actores económicos. Las recientes iniciativas lanzadas por senadores y diputados alineados con la vicepresidenta, tendientes a sancionar una moratoria que sumaría unas 500.000 jubilaciones sin los aportes correspondientes, por un lado, y a anticipar el pago del haber mínimo de enero de 2023 a agosto próximo, no cayeron bien en el Gobierno. Si a estos proyectos se suma la reciente decisión de la Anses, dirigida por la camporista Fernanda Raverta, de sumar nada menos que mil empleados a su planta permanente y de entregar 20.000 pesos en concepto de bono no remunerativo a su personal, puede advertirse por dónde pasa el supuesto programa económico alternativo del cristicamporismo: distribuir lo que no se tiene.

Desde la fracción cristinista, se enfatiza que no se les puede decir a quienes no llegan a fin de mes que están subiendo las exportaciones porque, si pasa eso, como dijo Cristina Kirchner, “algo está fallando”. La vicepresidenta habla de las aparentes contradicciones entre la macroeconomía y las necesidades de la gente, pero prefiere ocultar que como jubilada y pensionada de privilegio recibe mensualmente unos 3,5 millones de pesos. La caridad bien entendida empieza por casa,

Es lógico que los empresarios que días atrás se reunieron con Guzmán declaren su apoyo al actual titular del Palacio de Hacienda. No están de acuerdo con él en muchas cosas, pero imaginan que cualquiera de sus sucesores, en el marco de una concesión al cristinismo, sería peor. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, reflexionan.

En el kirchnerismo se explica que la vehemente declaración de Larroque contra el Gobierno fue una reacción ante la decisión del Presidente de mostrarse un día antes junto a Luis D’Elía durante un acto en el CCK, poco después de que el dirigente social atacara a Máximo Kirchner, a quien acusó de ser “funcional a la derecha macrista”. En Chaco, Cristina Kirchner buscó bajar la tensión cuando, luego de desmentir que existiese una “pelea” con el Presidente, sino tan solo un “debate de ideas”, afirmó: “Tengo muchísimos defectos, pero nunca decido las cosas a través de mis hormonas, sino de mis neuronas”.

Claro que, minutos después, volvió a cargar contra el Gobierno, al opinar que no está honrando “tanta confianza, amor y esperanza que nos depositaron” los votantes.

Cerca del despacho presidencial, se interpretó que el mensaje de la vicepresidenta transmitió una “confusión deliberada” para mostrar discrepancias con el Gobierno sin romper definitivamente con él. “Quien termine rompiendo la coalición sabe que será identificado por nuestros votantes como responsable de un eventual retorno de la derecha. Y nadie quiere cargar con eso”, expresó una fuente albertista.

Al margen de lo que el conflicto entre el Presidente y la vicepresidenta pueda deparar, el tácito contrato original que ambos sellaron tres años atrás está roto. La palabra “traición” sobrevuela los auditorios cristicamporistas. En el peor de los casos, se trata de una traición previsible que Cristina Kirchner no podía dejar de imaginar para ahora jugar el papel de víctima de su “generosidad”. No puede presentarse como víctima de alguien que durante demasiado tiempo fue su verdugo y hasta le imputó delitos. Sabía que la persona que ungió como candidato presidencial no era, como precisa Santiago Kovadloff, un hombre de palabra, sino un hombre de palabras, y hoy comprueba que, en lugar de aplacar sus inquietudes y actuar como mero gerenciador de sus intereses, solo está logrando acentuar sus inquietudes. Tampoco Alberto Fernández puede victimizarse por cuanto él sabía muy bien el objetivo que tenía Cristina al “contratar” sus servicios y que todo lo que ella afirme será siempre previsible en cuanto a su desubicación.

Fernando Laborda

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