En estos dos años de gobierno de Javier Milei la cobertura de Seúl osciló entre el análisis de la actualidad política y económica y la búsqueda por ubicar al presidente y su coalición en distintas tradiciones históricas argentinas.
Para insistir con ambas miradas les pedimos a dos de las personas que mejor combinan una visión de corto plazo con una de largo plazo que se intercambiaran unos mensajes. ¿Qué parte de Milei repite patrones históricos argentinos? ¿Qué se podría cambiar, de nuestros problemas estructurales, sin que todo cambie? Les propusimos tres bloques temáticos y salió esto, que debería convertirse en la base de cualquier discusión sobre el pasado terco y el futuro gaseoso de la Argentina.
BLOQUE 1. Qué creen que está haciendo Milei, en qué sentido lidera y en qué sentido acompaña procesos sociales más profundos. En qué sentido es una disrupción que en el futuro pueda ser vista como histórica.
MAZZUCA
¿Milei emergente o líder? Las dos cosas. Analizo al emergente pero sólo especulo sobre el líder, porque cualquier análisis del líder va a envejecer mal.
Milei emergente: el proceso profundo, que abrió la puerta al cambio, es el agotamiento de la Argentina kirchnerista. Dicho sea de paso, la Argentina kirchnerista fue una nueva edición del modelo Estado-céntrico que ya se había agotado en los ’80. Como si 2001 no hubiera sido un año suficientemente horrible en la Argentina, el “que se vayan todos”, martillando contra la herencia de los ’90, habilitó la desmemoria sobre los ’80. Y, al poco tiempo, el retorno del financiamiento inflacionario fue un tobogán a la híper.
La consigna de la protesta de 2001 sufrió un doble fracaso: no sólo se fueron pocos, sino que volvió el drama central de la Argentina pre-globalización. El 2001 revivió para Argentina una vieja fase de la historia latinoamericana que el resto de los países de la región había dejado bien atrás. Mientras proclamaba progreso, el kirchnerismo regresaba a la peor economía política del pasado.
Ese agotamiento de la Argentina kirchnerista tiene su lado crónico más notorio en las largas décadas de estancamiento económico, lo cual incluye enormes oportunidades desperdiciadas, como el superciclo de las materias primas, un tren que pasa muy de vez en cuando.
Milei gana elecciones presidenciales, emerge, con el episodio agudo, hiperinflacionario, de ese largo agotamiento. ¿Por qué Milei y no otra alternativa “desinflacionaria”? Es decir, ¿por qué no el PRO o un peronismo racional? Bueno, porque la dinámica trituradora del mismo agotamiento pulverizó la credibilidad de las alternativas ya probadas.
¿Por qué Milei y no otra alternativa “desinflacionaria”? Es decir, ¿por qué no el PRO o un peronismo racional? Bueno, porque la dinámica trituradora del mismo agotamiento pulverizó la credibilidad de las alternativas ya probadas.
Pasemos al líder. Milei, más que líder, es ganador. Y ganador de batallas, no de la guerra, que aún está en pañales. Ganar la guerra es devolver a la Argentina a un sendero de desarrollo que, aunque no sea a tasas de milagro irlandés, tenga cierta inmunidad al descarrilamiento político.
Lo que ganó Milei fueron cuatro batallas formidables, eso sí: las elecciones presidenciales en 2023; la producción de gobernabilidad en 2024, porque ocurrió sin partido, apoyo parlamentario o base territorial; la reducción fenomenal de la inflación; y la victoria en las intermedias de 2025. Aunque esas cuatro batallas no ganan la guerra, me animo a apostar que, cualquiera sea el resultado final, pusieron a la realidad argentina en un nuevo curso de la historia.
“Líder” es por ahora la descripción del diario del lunes de alguien que apostó fuerte y ganó. La propaganda mileísta te taladra con eso de que Milei es el jefe de quienes “la ven”, como si tuviera la capacidad de adivinar el número de la ruleta. Pero las apuestas podrían haber salido mal. Por ejemplo, si sacás a Trump de la foto de 2025, o le ponés a Estados Unidos otros dos gobiernos aliados en Sudamérica, Milei no la contaba.
El “seguro Bessent” no habría existido, el dólar se habría disparado en septiembre y game over para las Fuerzas del Cielo.
Si aceptás que lo de Milei fueron apuestas ganadoras que podrían haber salido mal, podemos tratar de mirar evidencia confirmatoria —algo muy feo en la ciencia pero lindo para la conversación— de los elementos con los que Milei ganó esas cuatro batallas.
La victoria en las batallas electorales tiene algo novedoso. Especialmente en 2023, Milei pescó votos en cuadrantes inesperados. Gracias al kirchnerismo, un gran clivaje político pasó a ser racionalidad macro versus terraplanismo económico (monopolizado por el kirchnerismo y el trotskismo). Esta es una fuente de la mal llamada “grieta”.
El otro gran clivaje, que también alimenta la grieta, es la división entre chetos y plebeyos, cosmopolitas y “nacionalpopulares”.
Cruzando a los dos clivajes se producen cuatro cuadrantes de votantes. El cuadrante plebeyo/racional, que todo el mundo sospechaba vacío, se pobló en el curso de la presidencia de Alberto. Milei lo vio y se abalanzó con retórica distintivamente plebeya, dejando al PRO en offside habermasiano. Apostó y ganó.
El cuadrante plebeyo/racional, que todo el mundo sospechaba vacío, se pobló en el curso de la presidencia de Alberto. Milei lo vio y se abalanzó con retórica distintivamente plebeya, dejando al PRO en offside habermasiano.
Producir gobernabilidad me parece el logro más notable. Ahí, sin embargo, no veo tanto liderazgo sino más bien la corrección de un error de percepción que teníamos los escépticos antes de que empezara el partido. No imaginamos los réditos en términos de gobernabilidad de un programa empecinado en la motosierra.
Debimos recordar la lección de que desinflar la economía desinfla posibles vetos y genera músculo de gobierno bastante rápidamente: en Argentina, les bajó el precio a legisladores, gobernadores y sindicatos y así produjo autoridad presidencial en un país que muchos creíamos ingobernable sin partido propio y con el peronismo en la oposición.
Por último, ¿cómo ganó Milei la batalla contra la inflación? Pese a toda la retórica austríaca y la supuesta omnisciencia de “los mejores ministros de la historia”, Milei bajó la inflación con sentido común: “no hay plata”, o sea, ajuste en regla, algo que, dado el nivel de desquicio del kirchnerismo, habría hecho no sólo el thatcherismo anglo sino también la socialdemocracia escandinava. Claro que la inflación es todavía alta y nada garantiza que converja a niveles internacionales. Pero un logro definitivo es haber sacado a la Argentina del abismo de la híper en que la había colocado el superministro Massa.
Quizá lo que sí me animo a entrever como liderazgo en sentido estricto y fuerte de Milei, donde él ve oportunidades que los demás no ven, es la capacidad de auscultar en la sociedad argentina una pulsión libertaria latente, junto a la conocida pulsión igualitaria de la que habló casi toda la sociología inteligente (y que está en la base de algunas versiones de la historia argentina centradas en el empate hegemónico).
Como la igualitaria, la pulsión libertaria se remonta a la fundación misma de Buenos Aires y su distintiva pelea por la independencia. Ambas pulsiones pueden ser un mito, construido por la buena pero sesgada voluntad del observador, que elige evidencia como quien recoge frutillas en el bosque. Milei me provoca la curiosidad de pensar que la pulsión libertaria siempre existió, y hasta que subsume a la igualitaria.
Por las cosas de la historia de la sociedad de masas argentina, y sus análisis siempre reverentes con el peronismo, nos olvidamos de ella. Nos acostumbramos a ver en las protestas y enojos argentinos sólo pataleo igualitario cuando, junto a la queja contra la jerarquía social, en ellas hay más bien desafío al abuso político. Milei desempolva a Alem de nuestro olvido público sobre la pulsión libertaria.
GERCHUNOFF
Al comenzar el gobierno de Milei me invitaron a una conferencia en San Pablo para hablar del tema. Lo primero que dije es que veía la realidad argentina como detrás de un vidrio esmerilado, perdida toda nitidez, aunque con la intuición de que algo muy novedoso estaba asomando. Pasados casi dos años, en esencia digo lo mismo. El creador me ha privado del don de la clarividencia.
Seúl nos pregunta si Milei es un líder o acompaña procesos sociales profundos. ¿Qué es un líder? Alguien que comprende cambios sociales profundos y que convierte esa comprensión en oportunidad política. A Milei le gustaría ser un líder: Roca, Yrigoyen, Perón, Menem, dos nombres que reivindica en voz alta, uno que reivindica en secreto —me refiero a Perón— y un cuarto que es su bestia negra. No me atrevería a decir que es un líder, pero, en el sentido de Isaiah Berlin, sí diría por el momento que tiene “olfato político”.
¿Y qué huele Milei? Para contestar esa pregunta voy a compararlo con Alfonsín, el hombre que olfateó que la Argentina necesitaba un cambio institucional, derribar los muros del Estado corporativo “militar-sindical”, fundar una democracia constitucional. Y eso fue lo que Alfonsín, con la innegable colaboración del Menem de 1990, puso en marcha.
Pasados 40 años, para Milei no fue nada difícil olfatear el enorme disgusto de los argentinos con el pantano económico en que vivían desde hacía… ¿cuántos años? ¿100, 50, 20? Era más que evidente. No era solo disgusto. Era ira. Era desasosiego. Yo lo pondría en estos términos: la Argentina es una nación manca, una nación que pide a gritos una reforma económica como alguna vez había tenido una reforma institucional.
Pasados 40 años, para Milei no fue nada difícil olfatear el enorme disgusto de los argentinos con el pantano económico en que vivían desde hacía… ¿cuántos años?
Y esa Argentina se encontró con alguien que también gritaba desde hacía tiempo, y lo que gritaba era tan exótico que no podía ser sino atrayente en contraste con la larga cadena de fracasos económicos protagonizada por la clase política tradicional: “anarco-capitalismo”, gritaba Milei.
Y gritaba “libertad” en medio del encierro de la pandemia; y vinculaba esa sed de libertad tangible y concreta con la más abstracta libertad económica; y auguraba prosperidad después de un sacrificio que no tenía que ser tan largo como el de los hebreos a Canaán. Recordémoslo. Milei se ha propuesto como un Moisés.
Como suele ocurrir, la historia —en este caso una historia en desarrollo— tiene algo de azaroso. El líder político debe tener olfato, habilidad, pero también suerte. Milei se ha lanzado, después de su triunfo electoral de 2023, a la empresa de la estabilización y el progreso material.
Quiero advertir que desde finales de la Segunda Guerra Mundial se pueden contabilizar al menos cinco éxitos, y por lo tanto cinco derrotas, en empresas similares: Perón en 1952, Frondizi en 1959, Onganía con Krieger Vasena en 1967, Alfonsín con Sourrouille en 1985, Menem con Cavallo en 1991.
¿Por qué esta vez va a ser diferente, si en mi opinión —no voy a entrar en detalles— la política macroeconómica de Milei es más tosca y más frágil que varias de las anteriores? No puedo abandonar mi postura de siempre: la de un escéptico que, sin embargo, le concede una oportunidad al soldado que marcha a la guerra, en este caso al soldado Milei.
La oportunidad tiene una triple cara: por un lado, el kirchnerismo, el único peronismo realmente existente, su competidor político, se desgasta hasta el punto de que no se puede descartar su ocaso definitivo; en segundo lugar, el patrón productivo está transformándose, realizando (más moderadamente de lo que suele decirse) el viejo sueño minero argentino y el menos viejo sueño petrolero. Esto significa dólares y una transformación difícil de mensurar en la arquitectura del federalismo económico argentino.
La tercera cara es la del misterioso mundo que nos está tocando vivir. El mundo de la rivalidad más abierta entre la China que renació en 1978 con Deng y los Estados Unidos de Trump. No sabemos si hay una hora señalada para que el conflicto se convierta en guerra, pero tengo la impresión de que para Milei esa hora está muy lejos. Y creo, de nuevo, que acierta con su olfato.
Le seguirá vendiendo a China al tiempo que ahonda un alineamiento geopolítico con Estados Unidos, que ha convertido en pequeñeces el acercamiento desesperado de Perón en 1953 y los de Frondizi y Menem.
¿Alcanza todo lo dicho para romper el vidrio esmerilado y ver con más claridad? No para mí. Me abstengo de cualquier pronóstico.
MAZZUCA
Muy sabio lo del vidrio esmerilado. A falta de sabiduría, aporto riesgo. Me animo a entrever un puñado de lentes que se desempañaron después de dos años de gobierno. La revelación más importante es que Milei aprende sobre política muy rápido. Virtud que no hace liderazgo, pero suma. Para comparar con la testarudez intelectual de Alfonsín, la imposibilidad de reconocer errores de Cristina o la rigidez ideológica de Kicillof.
Tres casos muy elocuentes: el pragmatismo que adquirió rápidamente en negociaciones con gobernadores y legisladores para producir gobierno efectivo durante el primer año; el takeover sobre el PRO, que Milei moduló con gran olfato de poder, es decir, mansito en momentos de necesidad y hostil desde posiciones de fuerza; y el as en la manga del apoyo económico de Trump, revelado en momento óptimo de la campaña electoral.
2023 fue un año de altísimo riesgo. En el plano económico, lo más probable era una crisis económica fuera de control. Y en el plano político, en cualquier parte del mundo, lo más probable luego de la elección de un outsider que meses antes era un panelista excéntrico de la tele es un espectáculo de circo bizarro: un payaso que cree tener la batuta marchando derecho a la boca de leones mal domesticados.
Yo apostaba a eso porque no tenía en cuenta la capacidad de aprendizaje político y de adaptación a las realidades de poder de Milei. No estaba en los papeles: Milei no sólo no era un profesional de la política sino que no le gustaba la política. No sé si La Libertad Avanza, pero Milei aprende.
GERCHUNOFF
Milei aprende, Milei hace política, Milei negocia, acumula poder. Está respetando las reglas del juego de la democracia constitucional. No hay dudas. Está muy bien. Comparto que eso es distinto y mejor de lo que yo esperaba. Por otra parte, hace esfuerzos denodados por mantener su imagen de outsider, pero esa es una tarea ciclópea para alguien que gobierna y tiene que embarrarse en la política, de hecho creo que es una tarea imposible. Del otro lado de la cordillera tenemos el testimonio del fracaso. Gabriel Boric fue el outsider chileno de 2021 y derrotó en las elecciones presidenciales a José Antonio Kast, a quien ahora le entregará el bastón de mando.
Lo que quiero decir con este ejemplo –hay muchos– es que, tal como yo lo veo, la política está cambiando en el mundo entero, marcada por un grado de incertidumbre mayor al que yo estaba acostumbrado. Menem, el reformador peronista, había transitado por una autopista iluminada por “la victoria universal del capitalismo” y por la hegemonía de Estados Unidos. No es el caso de Milei. Cierta perplejidad debería suscitarnos que China haya invertido en el mundo entero en obras de infraestructura de transporte el equivalente a un Plan Marshall. El caso exitoso de capitalismo autoritario. Y, sí… me despierto cada mañana y el vidrio esmerilado está allí.
BLOQUE 2. A ustedes no les gusta esta expresión, pero… “cuándo se jodió la Argentina”. Fallas de origen, empates hegemónicos. Estos 40 años de democracia: ¿repiten patrones anteriores?
MAZZUCA
Uso una exageración para provocar el pensamiento: la Argentina nació jodida. Y la desigualdad marca ese punto de partida. Pero no la desigualdad social —el argumento marxista— sino la desigualdad territorial: Juan Bautista Alberdi, Florencio Varela y el gran Juan Álvarez la habían entrevisto.
Las apariencias del portentoso crecimiento durante nuestra Belle Époque (1875-1925) no engañan, pero ocultan ese defecto de origen en la geografía política argentina. Argentina es mitad Australia y mitad Bolivia.
La Pampa Húmeda, la pradera más fértil del mundo, un recurso natural estrella en la era de la Revolución Industrial, tenía además puerto propio, otra bendición de la naturaleza (el Midwest de Estados Unidos, la otra gran pradera americana, por ejemplo, no lo tiene). Esa Pampa doblemente afortunada, como sosteniendo un boleto de lotería ganador en cada mano, se combinó en el mismo país con un Interior con muy poco potencial económico, pero con mucho poder político: gobernadores de mini-provincias áridas, Senado, papel pivotal en coaliciones nacionales, especialmente durante el roquismo.
Esa Pampa doblemente afortunada, como sosteniendo un boleto de lotería ganador en cada mano, se combinó en el mismo país con un Interior con muy poco potencial económico, pero con mucho poder político.
Quitémosle un poco la culpa a la desigualdad social originaria de la Argentina —la imagen de grandes estancieros contra el resto de la nación— porque fue frecuente entre países que luego lograron convertirse en economías desarrolladas. La desigualdad territorial de la Argentina, en cambio, es excepcional. Brasil se le parece, pero nunca aspiró a Australia.
Para no aburrir, recuerdo que conté ya la historia de cómo la desigualdad territorial originaria de la Argentina produjo una doble herencia. Por un lado, economía disfuncional, marcada por el crecimiento de la cantidad de regiones parasitarias de los sectores dinámicos. Por otro, Estado incapaz, sin incentivos ni poder para proveer la infraestructura de bienes públicos requeridos para el desarrollo.
Otros factores conocidos —declinación de Gran Bretaña después de la Primera Guerra, el gran inversor y cliente de la Argentina, golpes militares desde 1930, populismo económico desde 1946, conflictividad social— todos tuvieron su efecto. Mi punto sería que los impactos nocivos de esos dramas fueron agravados, y la capacidad de respuesta política disminuida, por la naturaleza distintivamente endemoniada del territorio argentino y el Estado incapaz que se implantó sobre él.
GERCHUNOFF
A veces se me ocurre que debe existir un bazar en el que se venden teorías sobre la decadencia argentina. Son incontables, pero repasemos algunas valiosas: la pérdida del Potosí, que dejó a un borroso proyecto de nación sin moneda y sin financiamiento para el Estado; la demora impuesta por las largas guerras civiles y por el conflicto entre la Confederación Argentina y la Provincia de Buenos Aires al ingreso de estas tierras al banquete capitalista; la disfuncionalidad territorial que tan bien explica Sebastián; el bilateralismo británico y el proteccionismo alimentario generalizado después de 1930; el redoblar del proteccionismo industrial por parte del joven gobierno peronista, para Jorge Fodor muy justificable por el contexto externo, para Carlos Díaz Alejandro solo explicable por la primacía de la política; la brecha entre las aspiraciones colectivas y la productividad; la organización corporativa de la sociedad.
¿Cuándo comenzó a declinar la Argentina? ¿Por qué declinó? Hasta se podría formular una pregunta hereje: ¿declinó realmente o, a la inversa, su momento glorioso fue una prolongada burbuja que desembocó en un deprimente pero inevitable ajuste al verdadero nivel de capital físico y humano?
He tomado partido en el pasado por alguna de estas teorías. No lo voy a hacer ahora porque a esta altura de mi vida me he convencido de que una historia argentina bien narrada las necesita a todas y ninguna es suficiente.
Ahora bien, lo interesante es lo que nos propone Seúl: “Estos 40 años de democracia, ¿repiten patrones anteriores?”. Es obvio que varias de las explicaciones que acabo de enumerar son hojas muertas, pero otras son el trasfondo fundamental de una historia de lo contingente. Quiero subrayar aquí el concepto de contingencia.
Si algo de lo que podríamos llamar “una personalidad argentina de larga duración” persistió en los 40 años de democracia fue el conflicto federal y el conflicto social.
Alfonsín fue durante algún tiempo, en medio de la crisis de la deuda, la resistencia de la autonomía nacional frente a la globalización (lo que no es lo mismo que integrar a la nación en un mundo interconectado). Después cambió.
Menem fue una reforma liberal pero protagonizada centralmente por las corporaciones empresarias y sindicales, lo cual haya sido muy probablemente sensato porque, como explicaron Joan Robinson y Daron Acemoglu, las corporaciones son “facilitadoras” del cambio frente a la abstracción del mercado atomizado.
El kirchnerismo fue un imposible camino de regreso en cámara lenta a la justicia social de 1945, pero en un molde social en el que “aquel 45” ya no podía existir.
Si algo de lo que podríamos llamar “una personalidad argentina de larga duración” persistió en los 40 años de democracia fue el conflicto federal y el conflicto social. Provincias pobres con suficiente poder político como para imponer un reparto de los recursos fiscales limitante del crecimiento; sectores populares herederos de los criollos del litoral y de los migrantes transoceánicos con suficiente poder social como para dificultar un tratado de paz entre la noción prevaleciente de equidad y los requerimientos del progreso material.
Escribo estas líneas y me pregunto: ¿cuán lejos o cuán cerca está Milei de incorporar estas sutilezas en su máquina arrolladora? ¿Puede llegar a buen puerto prescindiendo de ellas? ¿Puede llegar a buen puerto sin prescindir de ellas?
BLOQUE 3. Los problemas profundos de la Argentina. Corporaciones, coaliciones sociales, “la política”, fallas de diseño institucional. Hacia adelante: qué se puede solucionar sin tener que solucionar todo.
MAZZUCA
Me animo a tomar el riesgo y poner bajo la lupa “la política”, que sería la respuesta más arraigada en el sentido común, y por eso la más desatendida por los intelectuales. A ver si se puede decir algo nuevo.
A fines de los ’60 el persistente fracaso de la Argentina para sumarse al club del desarrollo llamaba la atención de mentes verdaderamente brillantes de todo el mundo. Y eso que no habían visto la parte más cruel de la trayectoria económica argentina: el medio siglo desde 1975 hasta el presente, cuando los ingresos se estancaron para siempre y la pobreza pasó de insignificante a apabullante, con un piso cronificado en un tercio de la población. Si “decadencia” puede ser una caracterización polémica para el período 1930-1975, no veo alternativa superior para describir el período 1975-2025.
Haberme obsesionado con la falta de “capacidad” del Estado argentino me hizo perder de vista otra deficiencia del sector público, la de la “autonomía” del Estado. Y autonomía no en el sentido de inmunidad frente a la captura por parte de grupos poderosos de la economía, la justa preocupación del progresismo argentino. Más invisible pero potencialmente más nociva es la captura por parte del gobierno mismo.
Uno podría esperar capturas por parte de gobiernos dictatoriales. De hecho, la última dictadura militar inauguró un tipo de administración de los recursos públicos donde la rapiña de presupuestos estatales con fines privados, incluso personales, se convirtió en la principal ocupación de ministros y secretarios.
Lo que inauguró el kirchnerismo es la emergencia del patrimonialismo como ocupación principal de la política democrática, es decir, la apropiación de “cajas” con fines privados, sumado a la manipulación de bienes públicos con fines partidarios.
Sería demasiado exigente pedirle a la democracia argentina, o a cualquier democracia, resultados económicos. Es cierto que en el mundo, democracia y desarrollo van de la mano, y la Argentina es una anomalía en ese sentido. Pero la correlación argentina es casual: no fue su democracia la causa de su estancamiento. Hay que mirar en otros lados.
Una exigencia justa para la democracia argentina es, al menos como tendencia, la expansión de los anticuerpos contra el uso partidario o privado de los recursos públicos. Subas y bajas dentro de la tendencia son normales. Los casos de corrupción van y vienen. Pasa en todos lados. El menemismo era un festival de coimas.
Lo que inauguró el kirchnerismo es la emergencia del patrimonialismo como ocupación principal de la política democrática, es decir, la apropiación de “cajas” con fines privados, sumado a la manipulación de bienes públicos con fines partidarios.
La intervención del Indec, la camporización de empresas públicas, Vialidad, el vacunatorio VIP: el barullo de esos escándalos y tantos otros no debería distraer del hecho de que son los síntomas visibles de una patología subterránea. Patología que la misma permanencia del kirchnerismo en el poder hizo muy extendida, arraigada y duradera, al punto de naturalizar la equiparación entre Estado y gobierno.
El Estado argentino es incapaz. Pero no tanto por falta de recursos físicos o humanos, sino por falta de autonomía. El kirchnerismo equiparó victoria democrática a captura estatal, un fenómeno sólo concebible, como tendencia persistente, en dictaduras predatorias.
La solución es autonomizar algunas agencias claves o, anticipando los términos críticos de quienes tienen intereses creados contra esta solución: tecnocratizarlas, meritocratizarlas y “despolitizarlas”, validando el diagnóstico de sentido común que culpa a la política.
Como bien sugiere la pregunta, no tiene que ser una mega solución, sino un remedio parcial. Se puede empezar autonomizando unas pocas agencias, mientras sean importantes para la vida económica y social, y entre ellas privilegiar a las más ejemplares, las que puedan sentar precedente y establecer incentivos para duplicación en otras reparticiones. Candidatos: Banco Central, Oficina de Presupuesto, planes sociales, PAMI.
GERCHUNOFF
Me encuentro con una pregunta de Seúl: ¿qué se puede solucionar sin tener que solucionar todo? Es interesantísimo el gradualismo (con perdón de la palabra) que encierra la pregunta. La respuesta es: “los gobiernos hacen lo que pueden”, así de sencillo. Entramos al reino de la política, y de nuevo a las sorpresas de la historia.
¿Puede la política lidiar con las teorías estructurales de la declinación argentina? Puede, a menos que nos dejemos ganar por una rígida estética fundamentalista. Doy un ejemplo para destacar el imperio de la coyuntura, el imperio del detalle que lo puede cambiar todo (o mucho, o algo). Para eso me alejo de la observación telescópica.
Después de que el tipo de cambio se cuadruplicara a comienzos de 2002, dándole sepultura al régimen de convertibilidad, la inflación se había incrementado apenas el 40%, y para el momento de la asunción de Néstor Kirchner, en mayo de 2003, el dígito de la expansión productiva (8%) duplicaba al del incremento anual de los precios (4%), todo en un contexto de superávit fiscal y superávit externo.
La conclusión: se estaba pasando del desencanto de la crisis de 2001 y del default a la ilusión. Y hasta ese momento parecía la concordia secreta de los contrarios.
Tres años después, en 2006, se podían mezclar dos gobiernos y dos países y sacar conclusiones alentadoras que nos alejaban de la historia de una declinación monótona. Pongamos a prueba el sincretismo alocado.
Entre 1990 y 2006, Argentina había crecido al 3,1% anual per cápita, y la inflación había sido del 10% promedio anual; en Brasil el crecimiento había sido en esos mismos 15 años del 2,6% anual per cápita y la inflación, del 96% promedio anual. Argentina superaba en su desempeño económico al tigre sudamericano.
Las periodizaciones son trucos y las comparaciones entre países también. Si se comparaba con Chile se salía perdidoso, pero a los argentinos —también le ocurría al Kirchner cordillerano— les gusta más mirar hacia el norte que hacia el oeste. La conclusión: se estaba pasando del desencanto de la crisis de 2001 y del default a la ilusión. Y hasta ese momento parecía la concordia secreta de los contrarios.
A nadie se le hubiera ocurrido en ese momento tomar como modelos a Paraguay o a Perú (tampoco se me ocurre a mí ahora, mientras lo están haciendo con toda naturalidad algunos de nuestros mejores funcionarios económicos). Kirchner cumplió dos años de mandato en mayo de 2005. En ese momento yo hubiera dicho, con cautela, que el santacruceño era un buen presidente. Y sin embargo yo digo ahora que el kirchnerismo fue una muy mala experiencia económica, precisamente porque perdió una oportunidad.
Esto pretende, para finalizar, ser una voz de alerta. Al cumplirse dos años del primer mandato de Menem, los argentinos respiraban aliviados: hacía apenas tres meses que el gobierno había acertado con el rumbo. Hoy estamos con Milei. Su pregunta central debería ser: ¿qué puedo solucionar sin tener que solucionar todo?
MAZZUCA
Frente a la imagen de Milei como productor de soluciones parciales pero intencionadas, podríamos imaginar un proceso con menos nombres propios de soluciones no intencionadas, pero más grandes. En un arrebato de optimismo racional al que los argentinos todavía tenemos derecho, si no choca su presidencia, Milei podría dejar en dos o seis años el doble legado de consenso sobre racionalidad económica y bipartidismo estabilizado (con derecha partidizada y peronismo transformado por ya no poder correrse de la izquierda).
Si se dan las dos cosas a la vez, la anomalía sartoriana de bipartidismo polarizado que tenemos ahora pasaría, por sus propias leyes de movimiento, a ser un bipartidismo centrípeto, el contexto donde los acuerdos pragmáticos sobre progreso material sí funcionan. Nada de esto está en los planes inmediatos de Milei. Pero sería un gran legado.
Desde luego, la Argentina estuvo al borde de ambas conquistas infinidad de veces. Que Pablo nos ayude a ver qué es distinto esta vez. Yo veo muchísimo: la convergencia hacia abajo de la economía argentina, que ya lleva un siglo, se pasó de rosca; la democracia argentina va a cumplir medio siglo; la experiencia de un cuarto de siglo casi continuo de peronismo económico no se borra así nomás; el Interior amaga desaridificarse y el mundo quiere ayudar.
GERCHUNOFF
Acá hay un punto interesante. Hace un rato me describí como un “escéptico que le concede una oportunidad al soldado que marcha a la guerra”, y el soldado era Milei. Ahora vos te querés conceder un “arrebato de optimismo racional al que los argentinos todavía tenemos derecho”. Escepticismo concesivo, optimismo como derecho, con una elegante intersección que hace muy fácil este diálogo.
Creo que vos tenés razón. El escepticismo (o el pesimismo) es una arrogancia fácil porque casi siempre tiene razón. ¿Y si esta vez no tiene razón? ¿Y si esta vez las provincias cambian su rostro productivo y por lo tanto cambia la configuración del federalismo y el lugar político del Senado (estoy aludiendo a tu excelente Latecomer State Formation)? ¿Y si esta vez firmamos un contrato de largo plazo y creíble con la todavía primera potencia del mundo? ¿Y si el anacronismo económico kirchnerista queda fuera de juego y ya ni siquiera es una nostalgia? ¿Y si los rasgos específicamente argentinos del conflicto social desaparecen de la escena? Mi primera reacción es: “Dios quiera”. Sería póker servido.
Pero mi segunda reacción es un intento por identificar los nuevos problemas si es que los viejos se superan, o, siendo prudentes, parecen superarse. Ya anticipé algo sobre el mal llamado corto plazo, sobre lo que para mí es una macroeconomía tan monótonamente fiscalista que puede entrar en dificultades. Cada día que veo un noticiero escucho la misma frase: “La macro está bien, ahora hay que arreglar la micro y hacer reformas estructurales”. La secuencia de moda. Esa frase me parece un sentido común equivocado.
Estoy a favor de las reformas estructurales, cuyos contenidos deberán ser debatidos sin apuros ni superficialidades, pero no nos ilusionemos con que esas reformas pueden reemplazar a una buena macro. No, la macro no está bien.
Le agradezco a Milei haberle dado a la cuestión fiscal un lugar central, pero ese mismo equilibrio fiscal ingresará en zona de riesgo si no forma parte del complejo y sofisticado mecanismo de relojería que es un régimen macroeconómico pro-crecimiento en una economía más abierta de la que tuvimos en el pasado.
La Argentina de Milei no es todavía eso: es una economía cara con una productividad baja, y al cabo de dos años de presidencia no tiene una moneda nacional demandada por los argentinos ni un régimen monetario que vaya claramente por ese rumbo. Ambas cosas —baja productividad relativa y ausencia de moneda— la condenan al bajo crecimiento, una cruz de la que no nos salvarán ni los triunfos electorales ni la confianza veleidosa de los mercados financieros.
Hay algo más estructural e igualmente importante si el objetivo es revitalizar a la sociedad, devolverle movilidad y pujanza. Ese algo parece la inversa de Gino Germani. La imagen de que el crecimiento vendrá esta vez de la periferia al centro, de las provincias productivas al antiguo bastión metropolitano, tiene algo de verdad, pero la Argentina de los conurbanos, de la industria atrasada y los servicios pobres, es, al menos, el 40% de la vieja Argentina, de la nueva Argentina, de cualquier Argentina.
A esa Argentina ahora sumergida hay que darle una oportunidad. Y las migraciones al todavía hipotético interior pujante serán una parte menor de la solución. No veo en el horizonte una versión libertaria de Pol Pot, con trenes atestados de familias viajando desde el Gran Buenos Aires rumbo a Neuquén. Deberemos buscar otra cosa. Más compleja. Algo que nos aleje del peligro de una nación fragmentada.

Un historiador y un politólogo miran a Milei y su gobierno con la lente de nuestros problemas profundos. 