Miércoles, 15 Julio 2026 11:38

La gran trampa de eliminar las PASO - Por Ricardo Raúl Benedetti

Otra vez tengo que votar al menos malo”. Es una frase que millones de argentinos repiten, elección tras elección, con una mezcla de resignación, bronca y desencanto. Nos convencimos de que la democracia consiste, inevitablemente, en elegir entre candidatos que nunca terminan de representarnos.

 

Pero casi nadie se hace la pregunta verdaderamente importante. ¿Quién decidió que fueran esos los candidatos? Ahí empieza el debate que casi nadie está dando.

 

Porque eliminar las PASO puede ahorrar dinero. Pero también puede quitarle al ciudadano la única instancia en la que hoy tiene la posibilidad —imperfecta, sí, pero real— de influir en la selección de quienes después competirán por gobernar el país.

En otras palabras: puede devolverle a la casta el control casi absoluto sobre la oferta electoral. Y ese precio puede terminar siendo mucho más alto que cualquier ahorro fiscal.

La casta no es un partido. Es una forma de ejercer el poder

Javier Milei convirtió la palabra casta en uno de los conceptos políticos más potentes de los últimos años. Muchos la identifican con el kirchnerismo. Otros con la vieja política. Pero la casta no pertenece a un partido determinado. Es una forma de ejercer el poder.

Existe cuando un grupo reducido decide por todos. Cuando las candidaturas se reparten en un despacho. Cuando las listas se negocian entre dirigentes. Cuando el ciudadano solo puede elegir entre opciones que otros seleccionaron antes por él. Para que eso funcione hace falta una herramienta. Esa herramienta se llama aparato.

El aparato no tiene ideología. Cambia de nombres, de colores y de discursos. Puede ser peronista, radical, macrista o libertario. Su objetivo siempre es el mismo: conservar el control sobre quién puede competir y quién no.

Antes de las PASO decidían los aparatos

Hasta la sanción de la Ley 26.571, en 2009, la Argentina no tenía un sistema nacional de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias. Cada partido resolvía sus candidaturas según su propia carta orgánica. En la práctica predominaban las convenciones partidarias, los acuerdos entre dirigentes, las decisiones de las conducciones nacionales y provinciales y, muchas veces, el famoso «dedazo». Las internas abiertas eran excepcionales y la inmensa mayoría de los ciudadanos recién participaba cuando las candidaturas ya estaban definidas.

La decisión no estaba en manos del electorado. Estaba en manos de quienes controlaban los partidos.

El peronismo y la maquinaria territorial

En el peronismo, el control territorial de las candidaturas fue durante décadas una característica estructural de su funcionamiento.

La literatura académica lleva años describiendo el papel de los punteros como intermediarios entre el Estado y los ciudadanos. Redes de favores, asistencia social, empleo, gestión de trámites y movilización electoral construyeron una maquinaria política capaz de ordenar internas y disciplinar dirigentes.

Las disputas entre Antonio Cafiero y Carlos Menem en 1988, el peso del aparato bonaerense de Eduardo Duhalde durante los años noventa y la crisis del PJ en 2003 muestran una constante: las candidaturas dependían mucho más del control territorial y de las negociaciones entre gobernadores y dirigentes que de una competencia abierta frente a la ciudadanía.

La UCR tampoco escapó a esa lógica

La Unión Cívica Radical desarrolló históricamente una cultura interna más institucional que el peronismo.

Pero tampoco estuvo libre del predominio de convenciones, líneas internas y liderazgos provinciales. Durante décadas, las candidaturas nacionales y provinciales fueron el resultado de negociaciones entre delegados, dirigentes y estructuras partidarias.

La diferencia con el peronismo era de intensidad. No de lógica.

Las PASO no eliminaron los aparatos

Conviene decirlo sin ingenuidad. Las PASO nunca eliminaron la influencia de los aparatos. Los aparatos siguieron existiendo. Lo que hicieron fue quitarles el monopolio.

Antes, quienes controlaban el partido decidían prácticamente sin interferencias quiénes serían los candidatos. Después apareció un actor imposible de disciplinar completamente: el ciudadano. Por primera vez, cualquier argentino podía participar de la selección de candidatos sin depender de una afiliación partidaria, de una convención o de una estructura territorial.

Las PASO no garantizaron una democracia interna perfecta. Pero sí obligaron a los aparatos a exponer sus decisiones ante millones de ciudadanos.

Estos datos permiten comprender, al menos en parte, por qué una amplia mayoría de la ciudadanía rechaza el mecanismo actual. En las PASO de 2023, 8 de los 15 partidos que presentaron fórmulas presidenciales no contaban con competencia interna. Ni siquiera el candidato que resultó electo presidente compitió dentro de su espacio. En la provincia de Buenos Aires, para diputados nacionales se presentaron 30 listas de 24 agrupaciones, pero solo 4 superaron el umbral del 1,5%. Para senadores fueron 37 listas de 26 agrupaciones y solo 4 lograron pasar el filtro.

La gente no rechaza votar. Rechaza que la obliguen a votar para ratificar decisiones que otros ya tomaron.

¿Por qué entonces tanta gente quiere eliminarlas?

Porque las PASO también incumplieron parte de la promesa con la que nacieron. Con demasiada frecuencia se transformaron en una elección obligatoria sin competencia real. Hubo listas únicas, internas ficticias y partidos que utilizaron el sistema únicamente para acceder al financiamiento público.

Las encuestas confirman esa percepción. Según una encuesta difundida por la consultora Isasi Burdman, siete de cada diez argentinos quieren eliminar las PASO. La analista Viviana Isasi lo resume con precisión: «La gente quiere participar, pero no quiere que los llamen a votar a cada rato.»

Los argentinos no están cansados de elegir. Están cansados de votar cuando sienten que su voto no cambia nada.

La paradoja que nadie explica

Aquí aparece la gran contradicción. Las PASO no fueron creadas para que votemos más. Fueron creadas para que podamos elegir mejor. Es cierto que muchas veces no cumplieron esa promesa.

Pero eliminarlas sin reemplazarlas por un mecanismo superior significa renunciar a la única instancia en la que el ciudadano puede influir sobre la oferta electoral antes de que quede cerrada.

En las PASO la pregunta debería ser: ¿Quién quiero que me represente? En la elección general la pregunta ya no es esa. Es otra: ¿Quién quiero que gobierne entre los candidatos que otros ya seleccionaron?

La diferencia parece pequeña. Es enorme.

Cuando desaparece la primera instancia, los ciudadanos dejan de participar en la construcción de la oferta electoral. Solo pueden elegir entre los candidatos que las conducciones partidarias decidieron presentar.

Y entonces aparece el famoso «mal menor». No nace en octubre. Ni en el balotaje. Empieza cuando dejamos de tener la posibilidad de influir sobre quiénes llegan a la boleta.

El ejemplo de Cambiemos

Las PASO de 2015 no crearon el liderazgo de Mauricio Macri. Sí permitieron que una coalición integrada por el PRO, la UCR y la Coalición Cívica ordenara sus candidaturas mediante una competencia abierta entre Mauricio Macri, Ernesto Sanz y Elisa Carrió, otorgándole una legitimidad política que difícilmente habría alcanzado con un simple acuerdo de cúpulas.

Por eso resulta llamativo que hoy algunos dirigentes del PRO, cercanos a La Libertad Avanza, impulsen eliminar ese mecanismo. No es una posición compartida por todo el espacio: otros sectores del PRO y buena parte de la UCR sostienen que las PASO necesitan una reforma profunda, no su desaparición.

La verdadera reforma

Defender las PASO no significa defenderlas tal como funcionan hoy. Todo lo contrario.

Hay que reformarlas profundamente: convocar primarias solo cuando exista competencia real, eliminar los partidos sin representación efectiva, fortalecer la democracia interna de las fuerzas políticas, transparentar el financiamiento, reducir costos e incorporar mecanismos digitales seguros que faciliten la participación ciudadana.

Porque el problema nunca fue que los argentinos participaran demasiado. El problema fue que demasiadas veces participaron para nada.

El verdadero ahorro

Eliminar las PASO puede reducir el gasto público. Pero también puede devolverle a la casta el control absoluto sobre la selección de candidatos. Y cuando eso ocurre, la política deja de abrirse hacia la sociedad para volver a encerrarse sobre sí misma.

Tal vez por eso tantos argentinos sienten, elección tras elección, que terminan votando al menos malo. No porque la democracia los haya obligado a elegir entre dos opciones. Sino porque alguien decidió mucho antes cuáles serían esas opciones.

Esa es la discusión que deberíamos dar. Y esa es la gran trampa de eliminar las PASO.

Ricardo Raúl Benedetti  
Fuente: https://periodicotribuna.com.ar/la-gran-trampa-de-eliminar-las-paso/

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