“Moderado, que significa a la vez ser un componedor”, lo define uno de sus hombres. Es cierto que al presidente cada tanto se le salta la cadena, pero no lo desvía de aquella impronta que es la que aspira a que se recuerde de su gestión.
Es un dato aceptado en los pasillos de la Casa Rosada que Alberto muchas veces debe lidiar con su propio frente interno. Es decir, no ya con los problemas económicos y de otra índole que le corresponde solucionar fronteras adentro del país. Son los problemas con la propia tropa que, confiesan esos confidentes, le provocan más de un dolor de cabeza cuando por lo general le reclaman un ADN cristinista del que carece, salvo en las obligadas formas.
El presidente, se suele escuchar, a la par de la monumental tarea que le ha tocado en suerte para sacar el país adelante, debe lidiar a veces con la impresión ciudadana y de no pocos observadores y analistas de que en realidad juega un rol de primer ministro de Cristina Fernández, que es la que se queda con la última palabra en todos los temas, sin obviar ninguno.
Justamente porque quiere desterrar esos fantasmas, es que gestiona y se mueve cada vez que puede como un moderado. Acaba de ocurrir con uno de los varios frentes abiertos que tiene el gobierno que es el conflicto con el campo.
En medio de fuego cruzado de uno y otro lado, que de ningún modo comparte, Alberto habló, escuchó, negoció, explicó sus razones para aumentar las retenciones con las características ciertamente no confiscatorias que tuvieron en aquella oportunidad, y dio por cerrada las negociaciones.
“Ya negocié, les hablé, y si no quieren aceptar no es por razones de bolsillo, es político”, le dijo el presidente a sus colaboradores, en medio de convicciones acerca del apoyo que los chacareros reciben de Juntos por el Cambio y de la filiación claramente opositora de algunos de los integrantes de la Mesa de Enlace.
Para entenderlo, habría que agregar con datos de fuentes irreprochables que el presidente no comparte nada las embestidas contra el campo del senador Parrilli, cuya sumisión a los dictados de la vicepresidenta no hay duda.
Del mismo modo que tampoco comparte, por otra cuerda, ni una coma de la andanada del exministro Julio De Vido que se declaró “no oficialista” y cuyo descomunal fallido (“el odio siempre vencerá al amor”) lo define de cuerpo entero.
Es un secreto a voces que el presidente en más de una oportunidad no ha tenido más remedio que subirse a la defensa colectiva que hace el cristinismo del concepto de lawfare, del que descree absolutamente.
El presidente cree que el impulso de su gobierno a una profunda reforma judicial y de los servicios de inteligencia es un paso que la política argentina se debía desde hace décadas. Y presentó del mismo modo el proyecto de ley para regular las jubilaciones de jueces y fiscales, francamente obscenas si se las compara con el resto o apenas separadas por semanas del ajustazo que cayó sobre los jubilados que no cobran la mínima. Pero otra vez aquí surge de su accionar que no hizo ni hará de este intento una “guerra santa”, sino a través de la búsqueda de consensos con las restantes fuerzas opositoras del Congreso.
El buen dialogo que el presidente tiene con los gobernadores radicales de Juntos por el Cambio, en especial con Gerardo Morales, con quienes ha analizado esta y otras reformas en un formato de diálogo y no de imposición según reconoce el jujeño, sumaría a aquella impresión sobre la moderación.
Del mismo modo que el presidente a través de sus espadas en el albertismo parlamentario hizo saber que no comparte el proyecto para intervenir el poder judicial de Jujuy, que en cambio cuenta con el apoyo del kirchnerismo de la cámara alta.
Fernández viene de rechazar algunos embates desde el sector más duro del cristinismo para castigar a los empresarios por la constante suba de los precios y volver a etapas morenistas de la gestión de Cristina, en especial durante su segundo mandato.
“Ya hice lo que tenía que hacer, les hablé y les pedí comprensión, ahora es responsabilidad de ellos que no suban los precios, no se puede querer ganar siempre”, se autoexcluyó de aquella estrategia más guerreadora.
Alberto está molesto con esa radicalización del conflicto, de todos los conflictos, que le proponen desde el sector ligado a la vicepresidenta. Incluido el espinoso tema de la deuda externa y del arreglo con los bonistas, donde hay halcones y palomas.
¿Ganará esa batalla?
De ello depende la moderación a la hora de gestionar con la que quiere ser recordado.
Eugenio Paillet


Alberto Fernández no pierde del centro de su mirada la idea de ser un presidente “moderado”. Ni débil ni exacerbado en la forma de gobernar.
