El mecanismo es bastante simple: agarran el rechazo absolutamente lógico que millones de argentinos sienten hacia el kirchnerismo —después de años de corrupción obscena, saqueo del Estado, destrucción económica y demolición institucional— y lo transforman en un blindaje emocional para justificar cualquier cosa.
Entonces ya no importa nada. No importa si dentro del gobierno empiezan a reciclarse operadores de la vieja política con nuevos logos, nuevas consignas y discursos supuestamente antisistema. No importa si detrás de la épica moral aparecen internas feroces por poder, cajas, negocios y control territorial. No importa si algunos funcionarios viven encapsulados en una burbuja de privilegios mientras la clase media se desangra haciendo cuentas para llegar a fin de mes. No importa si parte del ecosistema mediático que se vendía como “independiente” terminó funcionando como brigada digital del oficialismo, entre pauta disfrazada, favores, contratos, operaciones y obediencia cuidadosamente maquillada de convicción ideológica.
Porque el argumento siempre es el mismo:
“¿Querés que vuelvan los K?”
Y así convierten el miedo en una herramienta de domesticación política. El problema es que una sociedad aterrada deja de pensar. Solamente reacciona.
El kirchnerismo fue una maquinaria de destrucción nacional. Nadie con memoria quiere volver a ese pantano de corrupción estructural, cinismo y decadencia administrada. Pero reconocer eso no obliga a transformarse en fanáticos incapaces de discutir absolutamente nada.
Y ahí aparece una de las grandes ironías argentinas de esta época: la casta no desapareció. Pasó por vestuario. Cambió el packaging, cambió la estética, cambió el algoritmo, pero muchas mañas siguen intactas.
Ahora desfilan con trajes perfectamente planchados, estética de aristocracia libertaria, frases mesiánicas, marketing de rebeldía y pose de salvadores iluminados. Una mezcla extraña entre empresarios victorianos, financistas de serie y predicadores de batalla cultural. Pero abajo del maquillaje siguen apareciendo viejos vicios demasiado conocidos: operaciones, roscas, aprietes, culto personal, obediencia ciega, armados de poder, militancia fanática y funcionarios convencidos de que cuestionar al líder es poco menos que traicionar la patria.
La política argentina cambió de uniforme. No siempre cambió de conducta.
Incluso los ejércitos digitales mutaron de estética pero no de lógica. Antes eran militantes del relato nacional y popular. Ahora muchos juegan a ser cruzados de un imperio libertario imaginario, con nombres grandilocuentes, delirios civilizatorios y fanatismo de patrulla virtual. La diferencia muchas veces es visual. El mecanismo sigue siendo exactamente el mismo.
Y mientras toda esa batalla teatral explota en Twitter, abajo, en la Argentina real, hay millones de personas tratando simplemente de sostener una vida digna. Sí, la macroeconomía se estabilizó. Sí, había reformas inevitables. Sí, alguien tenía que animarse a ordenar el desastre explosivo que dejó el kirchnerismo. Pero hay algo que demasiados oficialistas prefieren fingir demencia antes que reconocer para no mear el relato heroico: el costo social fue brutal para muchísima gente.
Comercios destruidos, PyMEs asfixiadas, profesionales cayendo en la angustia económica, jubilados abandonados y familias enteras entrando en modo supervivencia. Y cuando alguien se anima a decirlo, enseguida aparecen los custodios digitales del régimen explicando que cualquier crítica “pone en peligro el cambio”.
No. El cambio no se destruye por discutir. El cambio se destruye cuando el poder se convence de que ya no necesita escuchar a nadie.
Y ahí aparece otro dato políticamente revelador: el macrismo pasó de ser aliado indispensable a convertirse en enemigo a domesticar. Desde ciertos sectores del gobierno y desde buena parte del aparato mediático oficialista empezó una demolición sistemática contra todo lo que huela a Mauricio Macri, incluso después de que el PRO ayudara a sostener gobernabilidad, leyes clave y respaldo parlamentario en los momentos más delicados.
Ahora resulta que Macri es “el pasado”, “la vieja política”, “la tibieza”, “el problema”. Curioso. Porque sin el PRO este gobierno probablemente no habría podido aprobar ni una sola reforma estructural importante.
Pero necesitan destruir cualquier referencia republicana alternativa antes de 2027. Necesitan convencer a la sociedad de que esta es “la última bala”. Que después de esto solamente existe el caos. Que hay un único liderazgo posible, una sola voz válida y un único camino autorizado.
Todas las demás opciones o se someten a Milei o deben ser ridiculizadas, erosionadas o directamente eliminadas del mapa político.
Es la lógica del pensamiento único disfrazado de rebeldía antisistema.
Y cuidado con eso. Porque los países no se destruyen solamente por corrupción o por malas políticas económicas. También se destruyen cuando una sociedad pierde la capacidad de pensar fuera de los extremos que le imponen.
El kirchnerismo durante años gobernó sembrando miedo al “neoliberalismo salvaje”. Ahora algunos sectores libertarios intentan gobernar sembrando miedo al regreso K. Dos tribus distintas administrando el mismo negocio emocional.
Y los pueblos que viven aterrados terminan aceptando cualquier cosa: aceptan silencios, aceptan contradicciones grotescas, aceptan abusos, aceptan operaciones, aceptan mediocridades envueltas en épica y aceptan dirigentes que no quieren ciudadanos libres sino soldados emocionales. Hasta que un día descubren que ya no están defendiendo ideas. Están defendiendo estructuras de poder.
La Argentina necesita salir de esta cárcel psicológica donde nos quieren encerrados hace décadas. Necesita recuperar algo mucho más revolucionario que cualquier consigna partidaria: la capacidad de pensar libremente sin que le administren el miedo desde un extremo o desde el otro.
Porque no estamos condenados a elegir eternamente entre el delirio populista y el fanatismo mesiánico. No estamos obligados a vivir atrapados entre el saqueo y el culto personal. No estamos destinados a votar siempre aterrados.
Hay otro camino. Un camino donde las reformas económicas no impliquen destruir sensibilidad humana; donde defender la libertad no signifique justificar cualquier cosa; donde la institucionalidad vuelva a valer más que los trolls; donde discutir no sea traicionar y donde un gobierno entienda que ganar una elección no convierte a nadie en dueño del país.
Pero para llegar ahí primero hay que romper la trampa. Hay que animarse a salir de este corral mental donde hace años nos empujan a vivir enfrentados, fanatizados y emocionalmente agotados. Y el primer paso para salir de una manipulación es reconocer que existe.
Porque el día que millones de argentinos vuelvan a pensar por sí mismos, sin miedo, sin fanatismos y sin esta extorsión permanente de “o nosotros o el abismo”, se termina el negocio más rentable de la política argentina. Ese día empieza de verdad la reconstrucción nacional.
Y cuando una sociedad deja de comportarse como una hinchada emocional y vuelve a convertirse en ciudadanía consciente, no hay aparato de propaganda, ejército digital ni grieta artificial capaz de frenarla.
Porque la salida empieza el día que dejamos de obedecer el miedo y volvemos a pensar en libertad.
Fuente: https://ricardobenedetti.com/2026/05/20/el-negocio-del-miedo-como-convierten-la-angustia-en-poder-y-por-que-quieren-que-creas-que-no-hay-alternativas-por-ricardo-raul-benedetti/


