Eugenio Paillet
El presidente Alberto Fernández se decidió por otra extensión de la cuarentena obligatoria con apenas una docena de breves excepciones, apoyado en dos sentimientos contrapuestos: por un lado, el enamoramiento de su alta valoración en las encuestas como el comandante en jefe de la batalla contra la pandemia, que podría depararle incluso triunfos políticos y mayores cuotas de independencia dentro de la coalición que integra, una vez que esta tragedia haya pasado. Y si efectivamente logra vencer en ese combate contra su enemigo invisible.
El presidente Alberto Fernández ya tendría tomada la decisión de extender la cuarentena social obligatoria hasta el 10 de mayo, dividida en dos etapas, aunque antes de avanzar en semejante medida consulta cada paso con su equipo de infectólogos y epidemiólogos con los que se reúne invariablemente cada mañana.
El presidente Alberto Fernández resolvió trasladarle sin excepciones la responsabilidad a los gobernadores para que analicen y eventualmente apliquen medidas de flexibilización a la extensión de la cuarentena social preventiva y obligatoria que se extenderá en principio hasta el 26 de abril.
Para arrancar, una de las frases más repetidas por funcionarios y voceros habituales del gobierno durante la semana, mientras el presidente Fernández y sus equipos decidían los pasos a seguir con la ya larga cuarentena, se convertía en latiguillo: “Bajen la ansiedad, porque esto va para muy largo”, era la respuesta ante quienes buscaban precisiones.
Los ATN (Aportes del Tesoro Nacional) han sido históricamente una suerte de “caja no orgánica” que han utilizado todos los gobiernos desde la restauración democrática hasta la fecha, como una especie de botín político que sirvió para premiar a gobiernos amigos y castigar a los que no son del palo.
El Gobierno ya ha hecho su elección. El presidente Alberto Fernández dijo esta semana que, entre la economía y la vida, defenderá la vida.
Un informe que habría llegado en las últimas horas a manos del presidente Alberto Fernández no prevé por el momento un “desmadre de mal humor social” por la cuarentena obligatoria para combatir la pandemia de coronavirus en los sectores más postergados de la pirámide social que habita en 2.500 villas de emergencia.
Es un dato recurrente recordar, y nunca como en estas horas que vive el país viene al caso, que detrás de toda gran crisis se esconde una gran oportunidad.
El término en inglés remite centralmente en la historia al gabinete de emergencia que encabezaba Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. La War Room (literal, oficina de guerra), funcionaba en el subsuelo de Downing Street 10, la residencia oficial del primer ministro de Gran Bretaña.
“No hay peor gestión que la que no se hace”, reza un viejo proverbio. El Gobierno se subió un poco tardíamente, pero en un gesto no menos saludable, a la tarea, que se anticipa como descomunal, de atender la pandemia de coronavirus que alarma al mundo y ha provocado el peor terremoto financiero desde el lunes negro de 1987.
A María Eugenia Bielsa no le sucede nada distinto que a la mayoría de sus pares en el gabinete nacional: no hay fondos para gestionar, la renegociación de la deuda externa con el FMI y bonistas privados cubre todo el escenario del presidente Alberto Fernández, y no se avizora un horizonte cercano para salir de esa encerrona.
Alberto Fernández no pierde del centro de su mirada la idea de ser un presidente “moderado”. Ni débil ni exacerbado en la forma de gobernar.
Desde que el presidente Alberto Fernández anunció en la Asamblea Legislativa del 1º de marzo el envío al Congreso de proyecto de ley de despenalización del aborto, en el seno del gabinete se instaló la impresión de que esta vez habrá que batallar “más hacia adentro que hacia afuera” del oficialismo para que, a diferencia de lo ocurrido en 2018, la iniciativa pueda ser sancionada por el Congreso.
Cuentan confidentes de la Casa Rosada que las últimas dudas que había entre ellos respecto del manejo del gobierno y de los roles que les compete a cada uno, si es que efectivamente tales diferencias existían en medio de catarata de análisis y trascendidos sobre el fondo de esa relación, terminaron de zanjarse durante aquel desayuno del viernes pasado que se extendió por espacio de casi tres horas.
Una primera comprobación que es a estas alturas de perogrullo: Alberto Fernández tiene más problemas a resolver adentro de su propia coalición de gobierno que fuera de ella.
Un funcionario que trabaja cotidianamente en los despachos del área presidencial reconocía que, allá por agosto del año pasado, tras el rotundo triunfo en las PASO que los convenció que el desembarco en la Casa Rosada era irreversible, el entonces ganador de esas primarias y su equipo intuían que los roces con las otras corrientes del Frente de Todos, en especial con el cristinismo duro, en algún momento se iban a manifestar.
Para entender en todo su alcance la prioridad que Alberto Fernández le otorga en su agenda internacional a la necesidad de volver al “lationamericanismo” en la región, más acorde con los tiempos del matrimonio Kirchner que con los de Mauricio Macri, vale rescatar una frase que el presidente dejó picando delante de la alemana Angela Merkel durante su reciente paso por Berlín.
¿Puede hablarse del “relanzamiento” de un gobierno que apenas lleva 50 días en el poder? Pues sí. O al menos ese es el discurso que baja desde la Casa Rosada luego del arranque de la segunda gira al exterior del presidente Alberto Fernández que empezó el viernes con la visita al Papa Francisco en el Vaticano.
Alberto Fernández buscó puntillosamente esta semana dejar en claro que el kirchnerismo del que forma parte dentro del Frente de Todos no es aislacionista, y que la cantinela del gobierno anterior acerca de que la vuelta del peronismo a la Casa Rosada supondría un regreso al eje bolivariano no era más que una burda chicana para meterle miedo a la gente.
El presidente lo ha desgranado en conversaciones de los últimos días con sus colaboradores directos, pero también en reuniones reservadas con empresarios, dirigentes sindicales y algunos periodistas. “Su obsesión es la deuda, acordar con el Fondo y con los tenedores privados de bonos”, lo interpretan a su lado y a la vez reflejan el tenor de esos diálogos.
"Cero alboroto, no busquen elefantes bajo el agua porque no los van a encontrar". Con esa curiosa, pero a la vez tajante definición, un vocero presidencial buscó quitarle dramatismo o al menos expectativa al hecho de que a partir de esta tarde, y por espacio de cuatro días, Cristina Fernández de Kirchner volverá a ser, aunque sólo en las formas, presidenta de la Nación.
Tras una reunión fuera de agenda realizada a media mañana entre el presidente Alberto Fernández y el ministro de Hacienda, Martín Guzmán, una alta fuente de la Casa Rosada aseguró que la decisión "política" está tomada: la Nación no dejará que la provincia de Buenos Aires declare el default de su deuda con acreedores privados.
Alberto Fernández acaba de cumplir su primer mes como presidente de los argentinos. Por lo tanto, era de esperar que abundasen los análisis y comentarios, las revisiones y hasta las proyecciones, luego de estos 30 días de gestión.
Alberto Fernández buscará "pararse en el medio" en el marco de la crisis regional que tiene su origen en la Venezuela de Nicolás Maduro y que en las últimas horas provocó reacciones a ambos lados del arco ideológico como consecuencia de lo que algunos definieron como "golpe de Estado" del presidente venezolano contra la legítima Asamblea Nacional que encabeza Juan Guaidó.
Quienes lo han escuchado en los últimos días, entre colaboradores, hombres de negocios y periodistas, asumen que el presidente Alberto Fernández tiene dos grandes obsesiones. Que no son de ahora ni mucho menos, sino que lo atosigan incluso desde antes de calzarse la banda presidencial el 10 de diciembre y poner el carro en movimiento.

