Lunes, 26 Octubre 2020 14:55

Si Woody Allen fuera peronista - Por Carlos Salvador La Rosa

Escrito por

 

El presidente enfrenta una realidad que ya no puede controlar. Y el relato crea una realidad donde el delirio es su único contenido. Muy difícil gobernar así.

 

Tanto Menem como los Kirchner son continuadores de Perón, pero también son distintos. Analizar al menemismo y al kirchnerismo solo se puede hacer bien si se es capaz de comprender tanto las similitudes como las diferencias con los gobiernos de Perón. Julio Bárbaro solo ve diferencias, Fernando Iglesias solo ve similitudes.

Perón explicó así cómo creó el movimiento que llevaría su nombre: “Los obreros eran comunistas, y yo entonces les hablaba algo en comunista, pero de a poquito les iba metiendo mis ideas que eran anticomunistas, hasta que un día, sin que se dieran cuenta, les hablé solo en peronista y ellos ya habían dejado sus ideas y adoptado las mías”. Si bien a cada uno Perón le hablaba como si pensara igual a ellos, lo que quería era convencerlos de que pensaran como él.

Al peronismo de Perón se podía entrar desde cualquier lado, pero adentro jefe había uno solo y él permitía el margen de disidencia ideológica. No se trataba de cambiar de idea de acuerdo a las predominantes en cada momento. Él sostenía que había que cabalgar la evolución, o sea ir siempre para el lado donde iba la historia, pero cada uno hacerlo con sus propias ideas. Aunque al final Perón fue víctima de su propio método porque para recuperar el poder sumó tantas ideas inconciliables entre sí que el día que no pudo encuadrar a todos, el movimiento devino un caos que ya ni él pudo controlar.

El menemismo fue eso y no fue eso. La habilidad de Menem consistió en adaptarse enteramente a las ideas opuestas, pero no para ir cambiándolas y así incluirlas en la doctrina del movimiento como quería Perón, sino para convertir al movimiento a esas ideas contrarias. Un camaleonismo al estilo Zelig, el personaje de Woody Allen que siempre se convertía en una copia de lo que tenía enfrente. Menem, en plena hegemonía neoliberal mundial, convirtió en eso al peronismo. Convocó al numen mayor del liberalismo, Álvaro Alsogaray y le dijo: “En lo que hace a las ideas, el gobierno es suyo ingeniero, apliquemos las que usted quiera y si alguna no la podemos concretar es porque no nos da la correlación de fuerzas, pero usted siga predicándola hasta que nos dé”.

Menem convirtió a su gobierno en ideológicamente liberal por completo. Pero no entregó más que eso. Agregó algunos pocos liberales a la gestión, pero continuó gobernando con todos los cuadros peronistas de siempre. Y siguió con el mismo estilo peronista de gobernar. Cambió de ideas y de programa económico, nada más. Les regaló lo que para los liberales era lo más preciado: las ideas para gobernar (lo que jamás hubieran soñado que les regalase justo un peronista), sin imaginar que para los menemistas era regalarles lo que a ellos menos les importaba. A un movimiento antiliberal lo volvió ultraliberal sin que por ello cambiara todo lo demás. El peronismo siguió siendo peronismo, aunque ya no cabalgara la evolución, sino que se dejara arrastrar por ella.

Néstor Kirchner en eso fue más discípulo de Menem que de Perón. No tenía mucho poder al subir. Venía de ser un gobernador feudal que había arrasado con todas las instituciones en Santa Cruz y había hecho desaparecer mil millones de dólares entregados a su provincia por Menem. Todo eso lo hacía ideal para ser criticado lapidariamente por la izquierda y el progresismo, incluso peronistas, que habían criticado a Menem y que por eso se creían con superioridad moral. Entonces se ocupó de seducir a esa gente en primer lugar. Hizo lo mismo que Menem, los llamó a todos, en particular a Horacio Verbitsky y a todo intelectual peronista (o no) de izquierda. Incluso a la más extrema, a Hebe de Bonafini, que terminó cumpliendo para Kirchner algo parecido a lo que Alsogaray cumplió para Menem. Le dijo que venía a aplicar sus ideas, que le aportara todos los hombres y mujeres que tenía (total no eran tantos) y si alguna propuesta no se podía aplicar de un día para otro le prometió que la haría cuando se diera la correlación de fuerzas, pero que ella la siguiera predicando. Por lo tanto, cuando Hebe advertía que no se estaba haciendo tal cosa, no culpaba al gobierno, sino al “verdadero” poder, al imperialismo, la oligarquía y la clase media gorila, cómplices del genocidio militar, que no lo dejaban gobernar al bueno de Kirchner. Así, Néstor consiguió un salvoconducto de izquierda para hacer lo que quisiera. O, mejor dicho, para hacer lo que siempre hizo pero ahora en nombre de ideas de izquierda.

Menem les enseñó a los Kirchner que mientras mantengan los mismos cuadros de siempre (la burocracia peronista) y el mismo modo de gobernar, las ideas e incluso los programas a que conducen esas ideas, pueden ser cambiadas drásticamente. A cambio de regalarles las ideas, esa izquierda lo indultó de su pasado, le permitió hacer lo que quisiera si cada dos por tres estatizaba algo y si hablaba en revolucionario. Y ellos se hicieron militantes orgánicos del oficialismo. Aunque los Kirchner siguieran sin respetar ninguna institución como en Santa Cruz o enriqueciéndose desde el Estado más que en Santa Cruz.

Aliándose con el liberalismo, Menem se mantuvo 9 años y medio en el poder. Aliándose con la izquierda populista el kirchnerismo tuvo 12 años y medio. Y casi la totalidad de los peronistas se hicieron primero menemistas y luego kirchneristas sin importarles la contradicción entre ideas tan diversas. Y hoy el peronismo está más unido que nunca hacia afuera. Pero hacia adentro, cada día sabe menos quien es ni qué hacer. La imitación a lo Zelig como modo de gobernar tiene sus límites. A veces uno debe ser lo que realmente es, no solo la imitación en la que se convierte. Y eso lo vivimos hoy ante un Zelig con menos personalidad que los otros.

El nuevo presidente avanzó en el camaleonismo aún más que Menem y los Kirchner. Ellos se transformaron en lo que nunca habían sido, pero luego siguieron siendo eso en que se habían transformado. Fueron Zelig una sola vez. Alberto Fernández, en cambio, se transforma todos los días según con quien converse. Si habla con Bachelet considera dictadura a Venezuela, si habla con Verbitsky la considera una patria liberada en dificultades por culpas ajenas. Y luego explica por qué sus contradicciones no son tales. Al carecer de toda idea propia ha hecho suya todas las ideas ajenas. Para colmo, enfrente o al lado (según quien lo diga) tiene a una persona que mantiene casi todo el poder de su pasado pero que por ahora sólo está ocupada en usarlo para borrar las cuentas que le quedaron de ese pasado. Con tanto poder en manos de la vicepresidenta utilizado en lo que no le importa a nadie excepto a ella y con tan poco poder en manos del presidente para aplicarlo en lo que verdaderamente importa, el país navega a la deriva batiendo todos los récords mundiales de ineptitud económica y sanitaria. Mientras que, desbocadas, las huestes K -como gauchos mazorqueros liberados a la buena de dios- toman tierras, ocupan juzgados, crean organismos de censura, hacen operaciones puf, eliminan organismos anticorrupción y juegan con fuego en un país dinamitado.

Como si se tratara de dos mundos paralelos, el presidente enfrenta una realidad que ya no puede controlar, y el relato crea una realidad donde los delirios son su único contenido. Bastante difícil gobernar así.

Carlos Salvador La Rosa

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…