Lunes, 28 Diciembre 2020 12:57

Un año sin otro rumbo más que la impunidad - Por Jorge Enríquez

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Ese rol secundario del Presidente, tan dañino para la institucionalidad, ya no es un secreto para nadie. Cristina no tiene reparos en fijar la agenda económica y en insistir en sus diatribas contra la independencia judicial.

 

Nunca tuve muchas expectativas favorables sobre la presidencia de Alberto Fernández. Lo dije y lo escribí antes de que asumiera. Era evidente que nos enfrentábamos a un experimento que tenía grandes chances de salir mal: un presidente que no era el líder de su agrupación política (y que no había sido nunca un líder político, sino un operador al servicio de distintos dirigentes), designado como candidato a ese cargo por quien sí lideraba una importante fracción del electorado, pero que encontraba un techo difícil de perforar por la pésima imagen que proyectaba en otros sectores.

Esta última, que fue, para que nadie pudiera confundirse, la que anunció esa postulación, se reservaba la vicepresidencia, órgano que por primera vez en la historia habría de adquirir un poder notable, a tal punto que el constitucionalista Daniel Sabsay habló tempranamente de un “régimen vicepresidencial”.

Sin embargo, los seres humanos necesitamos albergar algunas esperanzas. Necesitamos creer, con Almafuerte, que todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte. Acaso la delicada situación del país podía empujar a las nuevas autoridades a la sensatez. El discurso inaugural de Fernández hizo hincapié en su propósito de cerrar la grieta. Y si esas intenciones fueran sinceras, pensábamos entonces, convendría deponer viejos enconos para apoyar todo aquello que contribuyera al bienestar del país.

Pero esos objetivos no pasaron de ser una retórica hueca, desprovista de toda sustancia. A la manera kirchnerista, el presidente inició su mandato con numerosas leyes de emergencia. Otra vez la democracia delegativa, que tan bien describiera Guillermo O´Donnell. En lugar de acuerdos con la oposición parlamentaria, más concentración de atribuciones en el Poder Ejecutivo.

Pronto llegó la pandemia. Algunos gestos iniciales del presidente, como sus conferencias de prensa junto a Horacio Rodríguez Larreta, despertaron en algunos nuevas esperanzas. La oposición apoyo sin fisuras las medidas adoptadas ante la llegada del coronavirus. Pero, otra vez, en lugar de servir como un impulso para la concertación, la emergencia sanitaria fue usada para asumir más facultades, suspendiendo de hecho la división de poderes y el federalismo.

Fernández se envalentonó con las encuestas que le señalaban un notorio aumento de su imagen. Como la causa era la pandemia y la cuarentena, creyó ingenuamente que la mera prolongación del aislamiento mantendría alta su popularidad. Planteó entonces un falso dilema entre salud y economía. Demostró, con el paso del tiempo, que podía destruir simultáneamente a las dos. Hoy somos uno de los países con peores índices en el manejo de la pandemia y con la más brutal caída de su actividad económica.

Tampoco aprovechó ese “veranito” para lograr mayores niveles de autonomía respecto de su mentora. En forma inexplicable, se fue mimetizando con ella. Los pocos gestos de independencia que mostró fueron muy tibios o cortados de cuajo sin piedad desde el Instituto Patria. Hoy ya perdió toda autoridad como presidente y debe ejecutar un ajuste severísimo, que castiga a la clase media y a los jubilados. Necesita acordar con el FMI, mientras los más encumbrados dirigentes kirchneristas lanzan consignas pueriles contra el imperialismo norteamericano.

Para colmo, su política exterior es un fiel reflejo de tantas ambigüedades. El caso de Venezuela lo ilustra de manera muy clara. Temeroso de disgustar a la vicepresidente, no condena, como la casi totalidad de los países democráticos, a la dictadura de Maduro. La farsa de las recientes elecciones legislativas en ese país solo mereció de nuestro gobierno un sonoro silencio. Felipe Solá, por su parte, ya de canciller solo conserva el cargo formal. No dice nada, no sea cosa de que el propio Fernández ordene a sus voceros que salgan a desmentirlo en off ante los medios de prensa.

Ese rol secundario del presidente, tan dañino para la institucionalidad, que algunos señalamos tempranamente, sin preocuparnos de que nuestro diagnóstico contradijera los altos índices de imagen positiva que Fernández alcanzó en el primer tramo de la pandemia, ya no es un secreto para nadie. El presidente y sus ministros no hacen más que agachar la cabeza ante los cada vez más sonoros retos de la vicepresidente.

El acto en el que ambos participaron hace unos días fue penoso. Ella no tuvo reparos, no solo en fijar la agenda judicial y económica que debe seguir el gobierno, y en insistir en sus diatribas contra la independencia judicial, sino en tratar en forma descalificatoria y grosera a los ministros que no son de su agrado (a los que no identificó), instándolos a que se busquen “otro laburo”. Fernández, por toda respuesta, le dijo, como un niño que procura evitar el enojo de su madre: “Hice lo que me pediste”.

En medio de este panorama tan sombrío, Fernández lanzó una cortina de humo con el proyecto de legalización del aborto. En lugar de unir a los argentinos, profundiza las divisiones. Acaso tenga en esto su único triunfo, si por triunfo puede entenderse la legalización de la muerte de seres humanos inocentes.

Pero el efecto mediático será también efímero. La Argentina lleva décadas de estancamiento. Aquel país orgulloso de su clase media y de su educación popular, es hoy el que más ha incrementado sus niveles de pobreza en el mundo. Revertir esa profunda decadencia requerirá grandes acuerdos para sentar las bases de un cambio estructural profundo, que se centre en el aliento a las inversiones y la creación de empleo genuino. Nada de esto se vislumbra en el horizonte. Se cumple un año de fracasos rotundos en todos los campos y se espera en lo inmediato más recesión, más inflación y más amenazas a la propiedad y a la seguridad jurídica. El único plan discernible entre tantas marchas y contramarchas es el de impunidad.

La corrupción y el autoritarismo no son anécdotas. Son la causa misma de nuestra situación actual. El gris gobierno de Fernández ha mostrado con creces que facilita los problemas, no las soluciones. Solo una ciudadanía activa y enérgica, como la que sale a las calles para combatir la impunidad y todos los otros atropellos, nos permitirá salir de este atolladero.

Jorge Enríquez

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