Viernes, 29 Enero 2021 13:33

Sin clases, el gobierno fomenta la desigualdad social - Por Jorge Enríquez

Escrito por

 

Al igual que en la economía, la respuesta del gobierno nacional a los desafíos de la pandemia en el ámbito educativo fue la más simple y brutal: cerrar completamente las escuelas. Ahora, el tibio e impreciso anuncio del ministro de Educación de un eventual retorno a la presencialidad recibió el contundente rechazo de los gremios docentes.

Ese anuncio no era sincero. Fue la respuesta a la decisión del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, de restablecer las clases presenciales.

El cierre de los establecimientos educativos no soluciona los problemas sanitarios del coronavirus (la experiencia argentina lo demuestra con creces), pero profundiza muchos otros. En primer lugar, como es obvio, conspira contra el aprendizaje en un país que en las últimas décadas fue perdiendo posiciones dramáticamente en la formación de sus ciudadanos. Pero lo más grave es, en ese campo, el incremento pavoroso de la desigualdad. Ya era notoria, antes de la pandemia, la diferencia de calidad entre las escuelas de gestión privadas y las públicas, a tal punto que aún las familias de menores ingresos procuraban que sus hijos asistieran a aquellas, que por lo menos les garantizaban el dictado regular de clases. Desde marzo del año pasado, esa brecha se agigantó.

Las escuelas privadas continuaron con las clases a través de herramientas como el Zoom o el Meet. En las públicas el contacto de los alumnos con sus maestros fue casi inexistente, con las excepciones de la provincia de Mendoza y de la Ciudad de Buenos Aires. Más aún, en las primeras la presencia en los hogares de los padres, muchos de ellos profesionales, contribuyó a la enseñanza: además de los docentes escolares, los chicos contaban con docentes familiares a quienes podían consultar en caso de dudas o para que los ayudaran en algunas tareas. Ese "suplemento" era improbable en familias humildes, con padres poco formados y que debían salir de alguna forma a ganarse el sustento, porque no podían trabajar de forma remota.

A esos inconvenientes hay que sumar los efectos perniciosos en los niños del encierro y la falta de sociabilidad, que no son menores y pueden derivar en cuadros patológicos, como lo han señalado, entre otros, la Organización Mundial de la Salud, la Sociedad Argentina de Pediatría y Unicef.

Las autoridades nacionales pretenden justificar esas restricciones en las similares medidas que se adoptaron el todo el mundo. Pero se trata, una vez más, de datos falsos. En los países más avanzados, hubo clases. Con limitaciones, con protocolos estrictos, con "burbujas", con intensidades diversas, con idas y venidas, pero las hubo. El cierre absoluto que dispuso la Argentina nos convierte seguramente en campeones mundiales de la antieducación.

Es penoso que los mayores enemigos de la educación sean los gremios docentes. Sus dirigentes se llenan la boca con loas a la educación pública, mientras sus actos, desde hace muchos años, no hacen más que socavarla. El gobierno nacional flota en este como en todos los temas a la deriva, temeroso de afectar privilegios corporativos. El contraste con las gestiones de la Ciudad de Buenos Aires y de la provincia de Mendoza se agiganta día a día.

La Argentina moderna se edificó sobre la base de la educación pública, el más formidable instrumento para tener hacia la igualdad de oportunidades. ¿Qué hubiera hecho Sarmiento en nuestros días? Es imposible saberlo, pero es fácil imaginar qué no hubiera hecho: quedarse de brazos cruzados. Nadie pretende que se vuelva a las clases de la misma forma en que antes de la pandemia. La realidad que estamos viviendo es compleja y muy cambiante. Pero las dificultades no deben llevarnos a la paralización. Hay que poner manos a la obra, con esfuerzo e imaginación, para que nuestros chicos, sobre todo los más pobres, estén donde deben estar: en la escuela. En ella se forman como personas libres y como ciudadanos; fuera de ellas, solo integrarán las legiones, cada vez más numerosas, que deben agachar la cabeza para vivir de las dádivas de gobiernos populistas.

En medio de un panorama tan sombrío, se destaca una nota esperanzadora: la reacción de la sociedad civil. Iniciativas como las de Padres Organizados son conmovedoras. La Argentina de Sarmiento no está hoy en las grises burocracias, sino en la resistencia de ciudadanos de a pie que, al defender el derecho a la educación de sus hijos, defienden el único destino posible de un país que no se resigne a vivir en el atraso y el autoritarismo.

Jorge Enríquez
Diputado Nacional (Juntos por el Cambio- PRO) - CABA

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…