Lunes, 22 Marzo 2021 13:41

Vacío psicológico de poder - Por Carlos Salvador La Rosa

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Algunos consideran al presidente como el de las puertitas del Señor López por sus sumisiones y otros como el Dr. Merengue por sus contradicciones.

«Un día soy un títere, al otro un soberbio, vieron cómo son estas cosas». - Alberto Fernández.

No es que en la Argentina falte poder político, al contrario, es tanto que hoy por hoy es más importante limitarlo que preocuparse por algún tipo de vacío o crisis de autoridad. El problema es que, como ya nadie ignora, está mal distribuido. El poder formal está depositado en la presidencia, pero el poder real lo está en la vicepresidencia. Hasta ahora se había logrado algún tipo de equilibrio entre ambas tenencias, pero de a poco, como era de prever, el poder real está agotando de manera extraordinaria al poder formal, al que ya le cuesta sostenerse incluso como tal.

Un viaje a la mente del presidente

Hace unas semanas atrás, eso se vio en el debate sobre el vacunatorio VIP. Creyendo poder controlar al tema, el presidente salió con los pelos de punta condenando duramente el hecho diciendo entre otras cosas que era imperdonable. Sacó a su ministro de Salud del tablero y bajó de su avión a dos legisladores de importancia, al vacunador y a los vacunados. Además, que Verbitsky se desprestigiara no le venía nada mal, porque ya no le tomaría más exámenes disfrazados de entrevistas. Pero no esperaba que aquello fuera apenas la punta del iceberg, que se hubieran vacunado infinidad de muchachos de la Cámpora y hasta el super poderoso Zannini. Allí, cuando se rozó de pleno al poder de Cristina, Fernández reculó y transformó lo imperdonable en apenas unos colados en la fila. Viró 180 grados.

Luego le tocó el discurso ante la Asamblea Legislativa en el que se despersonalizó aún más. Lució agresivo, provocador, histérico a más no poder en el tema Justicia, pero lo de él fue apenas un anticipo de lo que sería a fin de esa misma semana el alegato judicial de Cristina Kirchner. A eso había quedado reducido ya el presidente: a un prólogo de la vice.

Y la semana que pasó todo siguió en la misma dirección. Comenzó con el nombramiento de ministro de Justicia a apenas un matón de barrio, pero que piensa -o dice pensar- como Cristina. Que para colmo reemplaza a su mejor amiga, a la que debió entregar humillantemente. Y terminó la semana con una cadena nacional muy cortita donde Alberto no se cansó de decir naderías, como si se encontrara extraviado, como si necesitara demostrar algo que nadie, ni él siquiera sabe muy bien qué.

Algunos razonablemente creen que con estas actitudes él no obedece instrucciones directas de Cristina. Que, salvo generalidades conceptuales, su vicepresidenta no le da órdenes concretas ni de a quién debe poner o sacar. Que a Zannini lo salvó él, que a Martín Soria lo puso él, que su sobreactuación en el tema judicial hasta rozar el conflicto de poderes, lo ha decidido directamente él.

De ser así, lo que parece bastante posible, la cuestión sería algo bastante peor, porque no nos encontramos ante un simple sumiso que obedece órdenes de alguien superior, como claramente ocurre con Parrili, sino de alguien que ha incorporado a su interior, algo que no es. Es un problema político por la entidad de las personas de las que hablamos, pero más psicológico que sociológico.

Es como que el poder real ya hubiera penetrado dentro del poder formal y por ende no necesita dar órdenes ya que el presidente se les da a sí mismo, como si Ella estuviera en su cerebro, atacándolo o controlándolo con sus implacables ideas. Una disputa conceptual, pero en la mente del presidente, que se traduce por afuera pero que ocurre adentro.

La historieta nacional y popular

En el pasado nacional hubieron dos grandes historietas que marcaron sus respectivos tiempos. Una fue “El otro yo del Dr. Merengue”, de Divito, el creador de la famoso revista “Rico Tipo”. La otra fue “Las puertitas del Sr. López”, de Trillo. Ambas siguen teniendo que ver con la actualidad.

Pablo de Santis define al Dr. Merengue como una especie de Mr. Hyde criollo. Un señor serio y encumbrado al que las normas sociales le imponen callar muchas de las cosas que quiere expresar. Entonces su otro yo, aparece, como un fantasma, y nos muestra lo que realmente piensa o siente. El Dr. Merengue es intachable, es el modelo de hombre formal, una especie de maestro de la juventud que sólo dice lo políticamente correcto. Pero su otro yo, afirma todo lo contrario, es un barra brava al que le gustaría romper con todas las normas sociales con tal de satisfacer sus necesidades más elementales, las únicas que le dictan como actuar.

El señor López es un oficinista que vive una vida mediocre dominado por todos, especialmente por su durísima esposa que lo tiene todo el día controlado y le critica todo lo que hace, despreciándolo a la vez. Entonces, cada vez que entra a un baño, se introduce en un mundo de fantasía donde todo se transforma en una aventura donde él es el héroe o el villano, pero siempre el principal protagonista, frente al cual todos los demás se doblegan. Hasta llega a hablar con el mismísimo Dios.

Un presidente protocolar

El otro día, para mostrar las falsedades de los que lo critican, el presidente dijo que algunas veces lo acusan de títere y a veces de soberbio, como si se tratara de dos cosas incompatibles. Podría también decir que algunos lo consideran como al Sr. López por sus sumisiones y otros como al Dr. Merengue por sus contradicciones, mostrándose a veces como un reputado profesor de derecho y otras como un destructor de instituciones.

Fernández en realidad es un burgués pequeño que nunca esperó tener lo que tiene y por eso lo excede y está dispuesto a lo que sea por retener la institución que le ha sido conferida, aunque esté cada vez más vaciada de poder. Está en una situación extraordinaria, pero es un hombre ordinario que en vez de subir a su dignidad institucional pretende que esa dignidad baje a su estatura. Mientras tanto, es ella quien define los límites del cuadro y de a poco tiñe a la pintura con la totalidad de su estilo. Y el otro se tiene que conformar con ser presidente protocolar. Con lo cual el poder va cambiando de sitio con casi todas las decisiones que se toman.

Cristina entre Alberdi y Putin 

El esquema constitucional argentino es el de un presidencialismo mediado por una serie de instituciones muy fuertes que lo limitan. Luego la reforma del 94 le agregó algo de parlamentarismo al sistema pero sigue siendo presidencialista porque cuando se pensó la Constitución nacional se supuso que para evitar el retorno de un régimen como el rosista se debería crear una república liberal con mucho control del poder, pero dentro de esas limitaciones, por el tiempo que durara, el presidente podría ser una especie de rey constitucional para satisfacer la cultura propensa al caudillismo de los argentinos, pero evitando caer en el caudillismo eterno de nuevo. Un rey poderoso acotado a un período y con grandes controles.

Precisamente el modelo político que se está conformando desde hace un año va a contramano de esa caracterización constitucional ya que el presidente ni pincha ni corta y una persona que manda en el Senado lo reemplaza de hecho, pero no desde un esquema parlamentario sino desde un presidencialismo tan connotado como el que ella ejerció cuando era la primera mandataria. Es el poder por sobre el trono presidencial. Reina y no gobierna, pero manda más que nadie en la Argentina. Es una relación como la que Putin tuvo con Dmitri Medvédev cuando lo nombró presidente por un periodo, pero mandando de hecho él. Claro que Rusia tiene otra conformación política cultural muy distinta a la nuestra. Y, aun así, allí se está creando un nuevo despotismo al modo de los viejos zares. No es un ejemplo a mirar ni a imitar.

Carlos Salvador La Rosa

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