Lunes, 16 Agosto 2021 12:44

Un cachito de capitalismo, por favor - Por Carlos Salvador La Rosa

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Los camporistas de Cristina y los piqueteros de Grabois libran una interna oficialista con importantes diferencias, pero donde los unifica un vetusto y retrógrado anticapitalismo.

 

Juan Grabois tiene todas las características de personalidad de un enfant terrible, parecido a aquellos que abundaban por mayo de 1968 en Francia, aunque un poquito pasado en edad. Su pose de revolucionario new age, polemista feroz y provocador permanente, no deja de inhalar un aroma de autenticidad ya que a diferencia de la elite política con la que comparte preferencias ideológicas, y de su oficialismo precavido, él -siendo un hombre de clase media tirando a alta- vive cerca de los pobres y los conoce bastante más que los que hacen fiestas de cumpleaños en mansiones encantadas durante plena pandemia, o los que viven alternativamente en Recoleta, Puerto Madero o ese lugar en el mundo que es el paraíso de Calafate. 

Grabois, como su jefe espiritual, el Papa Francisco, desdeña las riquezas de las que está rodeado y trata de vivir con austeridad, lo que no es poco frente a tanta orgía de poder como la que presenciamos todos los días en la casta dirigente argentina.

Además, Grabois, por los sufrimientos reales que ve en directo todos los días, desarrolló un diagnóstico realista más allá de las anteojeras ideológicas que pueda tener: que es imposible seguir construyendo un país donde los planes sociales, el asistencialismo y el subsidio sean la única opción de lucha contra la pobreza, donde cada vez que se aumentan los planes es porque aumentó la miseria.

Al mismo tiempo, desde los sectores más kirchneristas del gobierno, un diagnóstico similar está apareciendo. Lo personifica el cuervo Larroque cuando afirma que la única solución contra la pobreza es crear trabajo.

Parece enfrentarse con los piqueteros, pero estos manifiestan multitudinariamente por las calles pidiendo algo parecido: tierra, techo y trabajo.

O sea que el diagnóstico entre piqueteros y camporistas es hoy similar. Tan parecido a los que reclamaron durante todos estos años los “gorilas”, a los que acusaban de todo el mal posible por decir que sólo el trabajo salvará a los pobres. Tan similar a lo que solía decir Perón, para el cual el asistencialismo era apenas la punta del iceberg de un proceso productivo que debía desarrollarse por abajo. O como sostenía el propio Martín Fierro: “Debe trabajar el hombre, para ganarse su pan...”. A la vez que proponía la meta: “Debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos”.

En síntesis, esta confrontación creciente entre piqueteros y cristinistas no difiere en el diagnóstico: que se acabó el tiempo de la asistencia y debe empezar el de la producción y el trabajo, aunque no se elimine del todo la primera, pero sí hegemonicen los segundos, al revés que ahora.

Sin embargo, los diferencia una clara lucha por el poder: los piqueteros quieren conducir ellos este proceso de inclusión a través de sus organizaciones, mientras que los cristinistas quieren que lo conduzca el Estado con cada vez menos intermediarios. Es algo similar a otro debate que de a poco se insinúa: que tanto los sindicalistas como Cristina se han dado cuenta que el sistema actual de salud hace agua por todos lados, como lo demuestra una pandemia donde estamos últimos en casi todas las mediciones internacionales que se realizan. Por eso proponen cambiarlo, para salvar sus prebendas, pero Cristina quiere estatizarlo del todo, mientras que los sindicatos buscan ser ellos los que dirijan cualquier cambio que se proponga, o ser al menos co-conductores.

Con realismo, Cristina ve que los piqueteros y los sindicalistas son parte del problema y no de la solución porque ellos viven de aquello que es preciso cambiar. Pero, con igual realismo, se puede deducir que estatizar lo que se refiere a la pobreza y a la salud en manos de un Estado como el que tenemos, sería peor el remedio que la enfermedad. Un Estado que, además de ineficiente, usa las estatizaciones como el menemismo usaba las privatizaciones, para acumular poder a través de cajas. Es lo que quisieron hacer con Vicentin, imponer en el campo lo que se proponen desde tiempos de la 125: crear un nuevo IAPI donde el productor agrario venda al Estado a precio fijado y el Estado venda al exterior a precios internacionales. O lo que hicieron con las AFJP, que, en vez de crear un sistema jubilatorio moderno, volvieron al sistema anterior porque lo único que querían era la caja de la ANSES.

Porque aquí estamos en la clave de la cuestión, tanto sindicalistas, como piqueteros, como kirchneristas, como la misma Cristina tienen un diagnóstico más o menos certero (como lo tenemos todo) del callejón sin salida en que se ha convertido la Argentina asistencialista, pero proponen soluciones de la mitad del siglo XX.

Los modelos en apariencia diferentes que postulan Grabois y Cristina, uno más cooperativista y otro más estatista, se unifican por su anacronismo al considerar enemigos a los que deberían ayudarlos a solucionar los problemas hoy insolubles: los productores del campo, la clase media urbana, las empresas internacionales o capaces de internacionalizarse y las inversiones tanto las nacionales que están en el colchón como las extranjeras que buscan seguridades inexistentes en la Argentina, pero no así en Paraguay, Uruguay o Bolivia.

Con su ideologismo retrógrado, tanto los que quieren recrear el viejo Estado Justicialista de los años 50 con pinceladas revolucionarias de los años 70, como los que quieren cooperativizar a los desempleados luchando contra supuestas oligarquías, clasemedieros cipayos e imperialismos varios, lo que logran es multiplicar las condiciones que durante toda la era K hicieron crecer la pobreza aún más que en las etapas anteriores.

Con esas ideas y esas personas conduciendo, acá no entrará ni un peso y la clase media seguirá en masa pensando cómo hace para sacar a sus hijos del país antes que se vuelvan clase baja, mientras que las empresas de mediana a alta dimensión son consideradas enemigas y también se fugan en masa del país salvo los capitalistas amigos que no son empresarios sino testaferros. En tanto las pymes no paran de cerrar.

Lo que pasa es que más allá de sus internas, los que confrontan dentro de la elite gobernante participan de una misma concepción: la de un capitalismo ideológicamente anticapitalista. O sea, un capitalismo que toleran porque no se animan o no pueden cambiar por otra cosa (como Cuba, Venezuela o Nicaragua que lo intentaron sin logros muy fructíferos a la vista) pero al que soportan con la nariz tapada. Por eso están encandilados con la Rusia de Putin a ver si allí el capitalismo de Estado o de amigos, puede imponerse y luego copiar aquí.

Deberían quizá mirar el sesgo capitalista que tuvieron algunos de sus “amigos” vecinos, que aún con su folklore revolucionario, en los temas de fondo fueron menos ingenuos. Como Bolivia que es un estado multicultural y socialista en lo adjetivo, pero en lo sustantivo le garantiza a la inversión extranjera lo mismo que un país del primer mundo. O_ como intentó Rafael Correa de Ecuador que definió a la educación como meritocrática y sostuvo al dólar como moneda local pese a su discurso antiyanqui. O como hizo Lula da Silva que mientras la Argentina se convertía en una fábrica de pobres, él -más socialdemócrata que populista- incorporaba 30 millones de pobres a la clase media. Todos con fórmulas donde el capitalismo era parte esencial de la solución, aunque no lo fuera todo. Eran anticapitalistas en el verso, pero no lo eran en las cuestiones sustantivas.

Acá creen que el estatismo es la solución fundamental o en todo caso el cooperativismo estatista. Elementos que pueden ayudar siempre que lo central sea encontrar la forma argentina de globalizarnos, o si no, en nombre de una inexistente revolución, dejar que otros nos globalicen. Pues no solo globaliza Estados Unidos, sino también los chinos que hace mucho entendieron las ventajas del capitalismo. Y lo entendieron porque pese a seguir declarándose comunistas, serán comunistas, pero no estúpidos.

Carlos Salvador La Rosa

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