Miércoles, 09 Febrero 2022 10:45

Zelig en Rusia y China - Por Jorge Enríquez

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En su gira internacional, Alberto Fernández hizo gala de un discurso de cabotaje, destinado únicamente al consumo nacional

El extravío general del gobierno de Alberto Fernández se manifiesta con especial claridad en el plano de las relaciones internacionales, como se ha visto en la reciente gira por Rusia, China y Barbados. El presidente Fernández, como sus antecesores los Kirchner, despliega en cualquier lugar del mundo un discurso de cabotaje, destinado únicamente al consumo nacional. Todavía recordamos sus admoniciones en el G-20 contra el capitalismo y el FMI. Por suerte para él y para la Argentina, nadie lo escuchó. La foto de un recinto casi vacío mientras el presidente argentino pronunciaba su discurso fue una imagen perfecta del aislamiento de nuestro país. 

Pero Fernández se ocupó, de todas formas, de que se hablara de él. No consiguió ninguno de sus dos objetivos, que eran una reunión con el Papa y una con el presidente de los Estados Unidos, pero se cruzó con este en un pasillo. Disponía de pocos segundos más allá de los saludos de cortesía. Empezó: “Como yo siempre digo…”. No sabemos si el traductor fue fiel o, en un gesto humanitario, mejoró esas palabras autorreferenciales. Luego, sin saber mucho qué agregar, Fernández se dedicó al que sería uno de sus hits en la cumbre: toquetear a otros jefes de Estado. El mismo Joe Biden, que, para los hábitos norteamericanos, es más afectuoso de lo que se considera admisible, se sorprendió ante los interminables masajes que le propinaba ese oscuro presidente de un país sudamericano al que le costaría ubicar en el mapa.

Los tocamientos continuaron con el enviado especial de los Estados Unidos para la cumbre climática, el célebre dirigente demócrata, ex Secretario de Estado y candidato a presidente, John Kerry, quien no disimuló su fastidio por la conducta de ese extraño confianzudo. Angela Merkel, como se vio en una imagen muy difundida, logró sortear ese destino apretando el paso antes de que las manos de Fernández la alcanzaran.

No hay que subestimar la importancia de esos gestos. Son más que un episodio gracioso: revelan una actitud tosca, primitiva, ante las relaciones internacionales, que perjudican la ya muy pobre imagen argentina e influyen negativamente sobre los intereses de nuestro país.

En la gira que realizó en estos días, horas después de anunciar un principio de acuerdo con el FMI, Fernández también se dedicó a ofrecerle una compensación simbólica al kirchnerismo, luego de esa capitulación que originó la renuncia a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos de Máximo Kirchner, hijo de la vicepresidente. Así, no le bastó tener buenas relaciones con Rusia, lo que nadie objetaría, sino que tuvo que hablar mal en Moscú de los Estados Unidos, el país al que había mendigado ayuda para la refinanciación de la deuda. Y agregó, en un giro que habrá sorprendido a su mismo anfitrión por lo ridículo, que quería que la Argentina fuera la puerta de entrada de Rusia a Latinoamérica. Las carcajadas en el Kremlin habrán alegrado la gélida noche moscovita.

En China continuó con su papel de Zelig, un Zelig desdoblado porque debe hablarles a sus interlocutores ocasionales y también a sus tutores permanentes, el Instituto Patria y Cristina Kirchner. Pero en el extremo oriente las palmas se las llevó el curioso embajador argentino, Sabino Vaca Narvaja, que más parece un representante de China en nuestro país que un diplomático que defiende los intereses argentinos. Cuando junto al presidente se retiraba de una reunión con Xi Jinping, le dijo a este, en chino: “Sin el Partido Comunista, no habría una nueva China”. El señor Vaca Narvaja tiene el derecho de pensar lo que quiera del Partido Comunista chino. Si fuera un simple político, sería muy bueno que lo expresara, porque nos permitiría conocer su preferencia ideológica por el autoritarismo. Pero como embajador no debe involucrarse en cuestiones internas del país en el que cumple su misión. Sin embargo, esta es una actitud habitual de los embajadores políticos del kirchnerismo.

Por otro lado, no estamos en condiciones de sermonear a nadie. Solo a partir de la plena aceptación de nuestra triste realidad y de que ella no ha sido obra de nadie más que de nosotros podremos empezar a transitar un camino que nos saque del atolladero. Así, por ejemplo, no será echándole la culpa al acreedor que nos prestó como solucionaremos el tema de la deuda.

La Argentina necesita un rumbo claro, que aliente la inversión y la creación de empleos, en un marco de seguridad jurídica. Para lograrlo, el mundo es una oportunidad, no una amenaza, que hay que explorar con inteligencia. La política de decir una cosa en reuniones privadas y luego la contraria en declaraciones públicas destinadas al consumo interno solo socava cada vez más nuestra credibilidad internacional.

Una cosa es privilegiar los intereses permanentes de la Argentina, más allá de las posturas ideológicas, y comerciar con todos los países. Otra, exhibir a cielo abierto que nuestra palabra carece de todo valor y que en el tablero mundial, tanto como en el doméstico, nuestra reputación es la que una expresión lunfarda derivada del italiano describe con justeza: somos unos chantas.

Jorge Enríquez
Presidente Asociación Civil Justa Causa

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