La aceptación de la realidad, o de la enfermedad, es el primer paso hacia la curación o al menos hacia la resignación. Después de varias décadas de dispendio, incapacidad, incompetencia y populismo, rematada por una crisis de corrupción generalizada en el estado y la política, Argentina está en quiebra y no lo quiere reconocer ni decir y, lo que es peor, nadie quiere reconocerlo ni aceptarlo. Algunos porque es muy duro en lo afectivo hacerlo. Otros porque es muy duro en sus intereses. Otros porque son los culpables.
Así, el país termina haciendo acuerdos con varios organismos que supuestamente son para pagar su deuda en dólares, pero todos saben que no los cumplirá, empezando por los propios firmantes, tanto deudores como acreedores. Igual ocurre con los vencimientos de bonos nacionales y provinciales en poder de inversores privados. Simultáneamente, tiene una deuda en pesos indexada producto de papeles que vende a sus propias reparticiones, o a las reparticiones que custodian los dineros de los jubilados, que todos saben que no puede pagar. Pero todos parecen leer y repetir con entusiasmo las noticias de los diarios que anuncian con complacientes titulares: “El gobierno colocó ayer deuda por x mil millones al 85%” y todos saben que esa deuda se autocolocó a la fuerza o se vendió a fondos o fideicomisos de suerte dudosa. Los bancos compran letras del Estado que saben que nunca cobrarán, y con ese respaldo toman plazos fijos que rayan en la estafa, por montos e intereses crecientes en los que nadie puede pretender creer, y de los que nadie sensato puede pensar que se pagarán, ni siquiera que no se licuarán violentamente. Una estafa piramidal previsible, tolerada y apañada.
El país está en quiebra. Y nadie lo ignora. Fingen ignorarlo porque les conviene o porque no quieren imaginar el futuro. A veces por desesperación, otras veces por intereses. La palabra quiebra no es una metáfora, ni una parábola, ni un modo de decir que se está con serias dificultades financieras. El país está en cesación fatal de pagos, sin ingresos ni remotamente suficientes, sin capacidad de vender más, sin poder bajar sus gastos comunes y en manos de un management incompetente, con ninguna garantía de que, si fuera reemplazado, se conseguiría un management algo mejor. Tampoco existe ninguna garantía de que la sociedad apoyará un cambio hacia la seriedad. Los recambios de funcionarios que ahora impulsa la gran arrepentida son otra burla de la que se arrepentirán hasta los propios interesados.
Peor imposible
Ninguna empresa del mundo, por grande que fuera, podría subsistir ni un minuto a semejante situación sin declararse en bancarrota, o sin que alguien solicitase que la justicia lo declarase así. En las varias ocasiones en que se estuvo al borde de un default – algo que ocurre cada vez más a menudo, en una agónica sinusoide, se escuchó decir tanto interna como externamente, que nada sería peor que un default. Además de que en la práctica ya se ha incurrido en un default monstruoso e insalvable en lo económico, lo financiero, lo educativo, lo ético y lo moral, no es tan seguro que lo peor que puede pasar es un default. La columna ha expresado antes su opinión de que mucho peor es esta situación de hoy, en que el rey está desnudo y nadie lo dice, y no sólo desde el punto de vista de los acreedores sino de todos los cómplices. (Perdón, de todos los protagonistas)
Obvio que cualquier acreedor prefiere un arreglo que sabe que tendrá que renegociar mil veces a la pérdida de su acreencia, que debe dar de baja de sus libros. Se llama patear la pelota para adelante. También es obvio que un default en pesos crearía una dura situación a los proveedores privados del estado, o a los contratistas, que en buena parte también son responsables del exceso de gastos. Por eso se explica que se repita como en un coro rentado la necesidad de arreglar de algún modo, que en el fondo quiere decir “firmá y después vemos cómo lo arreglamos”. Pero ese mecanismo también posibilita que muchos sigan percibiendo ingresos de un fallido, lo que no estaría permitido por ningún juez de ninguna quiebra del mundo. ¿Permitiría algún juez de quiebra los planes de subsidio? ¿Permitiría la creación de reparticiones y cargos que son nuevos gastos innecesarios y sin contraprestación? ¿Permitiría usar el dinero para pagar sueldos para otros menesteres que no tuvieran que ver con la producción? Por último, ¿qué es la inflación sino la desesperada medida de quién está fundido y paga a sus trabajadores y proveedores con vales o pagarés que todos saben que no podrá honrar? La inflación es la moneda del fallido, es la monetización de la quiebra.
Esta hipócrita manera de ocultar su falencia final, puede servir a los políticos gobernantes y aspirantes a serlo para no tener que sacrificar sus ventajas, además, pero también sirve para hacerle creer a los planeros, piqueteros, subvencionados, subsidiados, que tienen derecho legítimo a reclamar que el quebrado les regale plata en detrimento de los factores de producción, o que se obligue al fallido a pagar mucho más que lo que producen o aportan sus operarios o empleados, o a pagar impuestos que colaboren a su cesación de pagos, como hacen los sindicatos dirigidos por millonarios. Billonarios, perdón.
Se acabó lo que se daba
Esto se ve más claro en el concepto del Chapter Eleven de los procedimientos de quiebra estadounidenses, creado para proteger a la empresa de esos excesos, no para colaborar a su desaparición, como ocurre con el Estado argentino. Se suele oír que no se pueden hacer ahorros o dejar de repartir plata, dádivas y prebendas sin que quemen el país, e inclusive se clama por un acuerdo político que nadie sabe muy bien en qué consistiría, ni entre quienes se pactaría, ni si sería aceptado y digerido por el pueblo. Eso lleva de nuevo al gradualismo, que es el modo de no hacer nada. Justamente, un default total, una quiebra, podría ser un modo de empezar de nuevo, de matar todas las prebendas de golpe. De informar a todos que se acabó lo que se daba. Y esto vale para piqueteros, sindicalistas, empresarios amigos, contratistas, constructores, beneficiarios de tercerizaciones, entongados, prebendarios, gobernadores sátrapas, intendentes punteros, punteros a secas, monopolistas, socios del gobierno que fuere, financiadores de políticos, que ha quebrado su gran benefactor, el Estado y que nada más pueden reclamar, exigir o esperar de él.
Si dirá que no es lo mismo un país que una empresa. Como se dice que no es lo mismo un país que una familia. Si se reemplaza la palabra Estado por “cada uno de los ciudadanos”, se verá que no hay ninguna diferencia, salvo que por Estado se entienda “todos los otros ciudadanos, salvo yo”. Que es exactamente lo que ha conducido a esta situación de hoy. Los quebrados no tienen margen para dar subsidios ni limosnas, ni derecho a hacerlo. Se habla de dolarizar, de fijar un cepo al gasto vía constitucional, de organizar el país en regiones para que las provincias sean autosuficientes, de prohibir los déficits, de parar la inflación con recursos diversos. ¿Quién lo hará? Nada mejor que exponer y asumir la quiebra para que todos tomen conciencia de que ya no hay nada más que pedirle ni qué repartirse del muerto que han matado. Seguramente habrá muchos perjudicados. Pero no serán más sufrientes e injustos que los perjudicados de hoy. Y habrá una esperanza.
Suecia, que solía usarse como ejemplo del estado de bienestar, quebró en 1993, como Islandia quebró hace poco. No desaparecieron del mapa. No perdieron el crédito. No se sepultaron. Al contrario, renacieron con administraciones mucho más honestas, y con nuevos políticos más honestos, con menos estado, con más transparencia, con más actividades estatales pasando a manos de los propios interesados, como las escuelas y las jubilaciones.
Morir mil veces
Esta columna también propende la confección de presupuestos base cero para la nación, las provincias y las municipalidades, actividad con la que se podría bajar drásticamente el sobregasto atacando las trampas, la prebenda, los ilícitos, el favoritismo y el favor político, otro imposible mientras no se tome dimensión de que el país ya ha quebrado y que no puede pensar en salir adelante desde este basurero moral, político y económico en que se ha terminado de caer, y no hay manera de construir sobre el lodo, donde “estamos todos manoseaos” al decir de Discépolo, el excluyente mayor filósofo nacional. Desde una quiebra, se resucita. De la miseria humana y la corrupción se muere mil veces.
Por supuesto que semejante decisión implica sacrificios. Pero no serán mayores que los de hoy, ni mayores de los que se deberán padecer si se sigue en este camino de conveniente hipocresía donde todas las sanguijuelas siguen prendidas del cadáver ya exangüe, chupando como si no se dieran cuenta de que la sangre se ha agotado. Y sí, allí se incluyen los piqueteros, planeros y subsidiados de todo tipo, incluyendo los observatorios y los amantes. Y sí, también incluye a los empresarios prebendarios, los retornadores, los de los cuadernos, los de las licitaciones dirigidas y demás salvadores de la patria. Y sus socios sindicales, obvio, asesinos del empleo nacional. Porque, de paso, nadie cree que Cristina instó a los ganadores de la licitación del gasoducto a aportar sus propios dólares. Los ganadores se lo ofrecieron. Y ya ganaron. Apueste.
La quiebra se puede generalizar. También el sistema político está en quiebra, tanto en las leyes como en las conductas y las ambiciones de poder. Como lo está el sistema social, degradado y confundido por los ejemplos y la desfachatada exhibición de toda clase de impudicias. ¿Quién firmará el acuerdo para las políticas de estado, el pacto de la Moncloa con el que se sueña? ¿Quién creerá en él? ¿Quién lo cumplirá?
Esquilmando al productor
No tiene ya caso analizar la cordura de un país que “cuida” los dólares que ha robado al productor y se los niega hasta impedirle que compre fertilizantes, con lo que el Estado perderá todos los dólares que se robó. Ni un país que le paga a los piqueteros y otros vagos más que a los jubilados con 30 o más años de aportes, casi un delito a esta altura. O que está analizando el delirio de pagar un salario universal sin trabajar. El país está en quiebra. En dólares, en pesos, en moral y en vergüenza. Hay que cambiar Maquiavelo por Tocqueville urgentemente. La razón de la política no es el poder. Es la grandeza. Principio del liberalismo que tanto odian los burócratas. Tampoco tiene ya caso puntualizar que mientras el gobierno cristinista pretende ahorrar dólares, los gasta pagando los costos de los juicios internacionales que su propia impericia, avaricia, soberbia y enojo con sus socios hicieron caer sobre el país.
La pura verdad es que nadie cree en un acuerdo patriótico que garantice nada. Porque nadie cree en los firmantes. La quiebra es absoluta, total y de amplio espectro. La remota esperanza es aceptarlo y declararlo así. Todos saben que no se hará. Porque nadie quiere dejar de hacer lo que hace, de tener lo que tiene ni de ser lo que es. Eso es lo más grave.
Dardo Gasparré
Twitter: @dardogasparre


Además de todos los padecimientos, manoseos, despojos, apoderamientos e injusticias que se viven, la negación de la realidad es el peor síntoma.