Lunes, 03 Febrero 2025 12:07

Milei no es mi ley - Por Vicente Palermo

Afortunadamente, no han llegado los tiempos en que precise aclarar todo lo que no soy, para escribir este artículo, y espero que no lleguen nunca. He estado presente en la protesta pública del sábado 1 de febrero pasado, y regresé contento de ella principalmente por la mesura con la que transcurrió. Y no hubo discursos, no hubo gritos, apenas la algarabía elocuente de la protesta que consistía simplemente en estar ahí. Así de simple, así de sobrio.

Pero quiero decir dos palabras sobre la demonización del wokismo, ese mal viento que nació a fines de los 80 y pareció convertirse en un huracán de oportunismo, atropellos y dislates pero que, ahora, está siendo manipulado como hombre de paja por corrientes políticas y autoridades presidenciales que, paradójicamente, quieren imitarlo, pero de un modo más virulento y amenazador. 

Tomo una discusión como ejemplo de lo que creo que está ocurriendo: una cierta ceguera en la que, por fortuna, la marcha del sábado no incurrió, frente a la utilización desenfrenada de este nuevo hombre de paja por la derecha radical. Leí el excelente artículo de Paul Graham sobre wokismo en la revista Seúl. Al alcance de todo el mundo, está escrito indudablemente por un tipo que sabe, ha vivido y piensa. Desmenuza y tritura apropiadamente al wokismo.

Pero su final me desconcierta un poco. Dice: "¿hay alguna forma de prevenir cualquier brote similar de moralismo agresivamente exhibicionista en el futuro, no sólo un tercer brote de corrección política, sino el siguiente? Porque habrá un próximo brote".

Me desconcierta porque, creo, tiene al elefante delante de sus ojos y no lo ve. Ese moralismo agresivamente exhibicionista que él quiere prevenir en el futuro, ya está, a mi juicio, presente. Es la batalla cultural que hace de la incorrección política su bandera. Creo que yo desprecié y también subestimé, al woke en lo que se refiere a los daños que podía ocasionar; con displicencia, siempre consideré que se edificaba, aunque pésimamente mal, sobre unas bases que se podían compartir desde un ángulo universal. Digamos, el woke era deleznable porque arruinaba cosas apreciables, como la superación del racismo, la igualdad de género, etc. Creo que frente a la actual batalla cultural soy más sensible porque se edifica sobre unas bases alevosas – a mi juicio. Hablar de libertad, por ejemplo, y que quede claro de inmediato que es la libertad del mercado en su forma más crasa, es decir, la que no tiene contención para producir desigualdad exponencial, concentraciones monopólicas, que es la libertad del poder para ponerse encima de la ley cuando hace falta, etc., no es algo que yo pueda ver con ojos favorables. Pero como sea, la batalla cultural tiene todos los mecanismos de la “corrección política” que explica brillantemente Graham y que desembocaron en el woke. La ultraderecha cultural no ha aprendido nada de Gramsci, aunque lo mencione; ha aprendido las técnicas de producción política del wokismo. Incluyendo la formación acumulativa de tornados de indignación en las redes sociales. No entiendo cómo Paul Graham y muchos otros no lo ven.

Creo que la gigantesca ola de derecha cultural que aún no ha alcanzado su cresta es equivalente a una nueva religión como las equiparadas, en un examen afinado, con la (in)cultura woke. Por eso estimo que esta negación a ver el peligro ya presente es un poco simplista. El ejemplo que da sobre cómo tratar al lenguaje inclusivo es elemental, es el que muchos, desde hace años venimos adoptando. Claro, debemos ser un poco comprensivos, y reconocer que la nueva derecha radical también, como el wokismo, arruina valores estimables, como el mercado, la defensa de la propiedad, inclusive, por qué no, algunos saludables principios conservadores. Pero la (in)corrección política en su nueva versión es mucho más peligrosa que el wokismo porque lejos de enseñorearse apenas en los bastiones universitarios y las redes sociales, está dominando dimensiones cada vez mayores del poder, y lo hace con una determinación más intensa. Es desconcertante que Graham equipare las dos olas de corrección política woke experimentadas, con la Revolución Cultural china. Sería como comparar la expulsión de Ramiro Marra de LLA con la Noche de los cuchillos largos (Alemania 1934). Está ahí haciendo un ejercicio que no tiene sentido. En cambio, la batalla cultural se convoca desde el poder, como lo fue la Revolución Cultural, de ahí su letalidad.  Sí, sería bueno prevenirnos con poderosos anticuerpos contra el concepto de herejía. ¡Por supuesto! El problema es que socialistas, keynesianos, garantistas, los inclinados a reconocer las fallas del mercado, los inclinados a defender el poder limitado del liberalismo político y la división de poderes de la república, a valorar la justicia social, la educación sexual integral, el feminismo, el progresismo, la despenalización del aborto, ya estamos pasando a ser los herejes para muchos seguidores exaltados de Trump o Milei. El wokismo puede convertirse en un mal recuerdo o un cuento para niños. Si no reaccionamos, quedaremos más y más arrinconados. Atribuir al kirchnerismo la capacidad política de organizar la protesta del sábado, es una redonda necedad.

Vicente Palermo

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