Vicente Palermo

Afortunadamente, no han llegado los tiempos en que precise aclarar todo lo que no soy, para escribir este artículo, y espero que no lleguen nunca. He estado presente en la protesta pública del sábado 1 de febrero pasado, y regresé contento de ella principalmente por la mesura con la que transcurrió. Y no hubo discursos, no hubo gritos, apenas la algarabía elocuente de la protesta que consistía simplemente en estar ahí. Así de simple, así de sobrio.

El Presidente tiene cuatro logros en su haber: la reducción de la inflación, el restablecimiento del orden público, la permanencia de la oposición en el mismo lugar y la reconstrucción de la autoridad presidencial. Pero aún hay muchas cuentas pendientes.

Luego de ponerle el título a esta nota, me di cuenta de que me había equivocado. Me había equivocado fiero. Para que el título sea el correcto, hace falta introducir una palabra: “no”. ¿De qué no hablamos cuando hablamos de Malvinas?

Esta segunda parte discute nuevos dilemas: qué hacer frente a las mutaciones culturales y socioeconómicas que procura imprimir Milei de modo indeleble sobre la sociedad argentina.

En esta primera parte, se abordarán dos cuestiones inherentes al posicionamiento político de una oposición constructiva y eficaz frente al gobierno. En la segunda parte, que se publicará el próximo domingo, se analizarán las mutaciones culturales y socioeconómicas que procura imprimir Milei de modo indeleble sobre la sociedad argentina.

El primer gobierno desde 1983 que no ha conseguido aprobar ninguna ley en sus primeros seis meses. Y un Congreso que ha trabajado como pocas veces. Hay algo que falta en el medio: destreza, experiencia y paciencia democrática.

El gobierno obtuvo –se dice– una victoria consiguiendo la aprobación parcial de la ley Bases en Diputados. Me parece que más allá de los contenidos convalidados, vale la pena analizar el proceso político de esta reforma legal de gran alcance.

El presidente Milei carece de la fuerza política necesaria para este ejercicio tan vasto de imposición, aunque se crea Aquiles.

En el discurso de apertura de sesiones ordinarias de Congreso, abundaron torvas amenazas y la tesitura de prevención normativa severa fue apenas más leve que la de cuando Perón amonestaba anunciando que haría “tronar el escarmiento”.

La presente experiencia se da en el contexto creado por una gestión calamitosa, la kirchnerista, y una demanda de nuevo orden comprensible. Pero no ofrece esperanzas en términos de democracia, prosperidad, equidad y libertad.

Desde 1982, hay una fusión histórica entre la causa Malvinas y la guerra. El conflicto bélico nos ha dejado un legado, un pasado que se impone sobre nuestro presente y nuestro futuro, inescapable.

Aún con el riesgo de que la hiperinflación se saque la máscara, gobierno y oposición no parecen encontrar incentivo suficiente para dialogar y menos para cooperar.

Los presidentes hacen siempre todo lo que legalmente pueden hacer; aunque no siempre esto sea prudente. No tiene mucho sentido formular contra ellos imputaciones si actúan dentro de los límites de la Constitución, o reprochar a la Constitución por algo que ella no ha establecido. En todo caso, la Constitución dejó abierta una puerta.

El Presidente tiene que llenar de política la brecha entre sus números y los números del Poder Legislativo. Según la magnitud de la brecha, podrá conducir en mayor medida que persuadir y negociar. O podrá, por el contrario, inclinarse por el unilateralismo desestimando la persuasión.

Más allá de declaraciones y aclaraciones, el curso de acción que propone la administración entrante en su relación con Gran Bretaña consistiría en mejorar el vínculo, profundizando y diversificando los temas posibles y apartando de la agenda inmediata la cuestión de soberanía.

Tenemos como opciones una fuerte continuidad, con el gobierno K y todas sus lacras, y una fuerte discontinuidad, con peligros para el régimen constitucional.

El Presidente y la Vice son dos fantasmas. ¿De dónde había que expulsarlos en las Primarias si ya no estaban? Podemos deducir que esto tuvo su efecto: la ausencia del pararrayos permitió que la tormenta eléctrica se descargara sobre el edificio entero. Fue la casta entera lo que se buscó desalojar.

El voto popular, quizás, esté sustituyendo una pesadilla por otra, que lo será también para muchos de los votantes del propio Milei.

El caso de Jujuy encendió las alarmas. ¿Quién será el garante del orden legal en el país? ¿Con qué medios? Los argentinos nos debatimos entre el amor por los derechos y el desdén por los deberes.

La experiencia cercana e inmediata muestra que se precisan lazos más duraderos, de confianza y de adhesión expresa a reformas que son necesariamente conflictivas.

Los problemas tienen por telón de fondo la despartidización, que les hace casi imposible a los políticos cooperar para concebir innovaciones.

Semanas atrás La Cámpora anunció su propósito de marchar el 24 de marzo contra la “proscripción” de Cristina Fernández. La titular de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, objetó esa intención.

La palabra muy utilizada en la cumbre de la CELAC unifica democracia con regímenes donde se violan los derechos humanos.

La idea central de este ensayo es que hay en Argentina dos mundos políticos bastante consistentes en sus dimensiones, y que el anhelo de que los mismos puedan concretar acuerdos comprensivos y de largo plazo entre sí, como motor de reformas, es ingenuo, porque esos mundos no son conmensurables, sino más bien tienen muy poco en común, y peor, son profundamente hostiles entre sí. Lo que tienen en común, en gran medida, lo tienen de peor. Las piezas del rompecabezas que se examina aquí probablemente no sean nuevas, pero se encastran de un modo quizás diferente. Sobre todo, de un modo que no es fácil de digerir ni para tirios ni para troyanos.

Dos estilos mandan en la Argentina desde hace décadas. La ilusión de disipar el conflicto se hace aún más nítida si se toma en cuenta que la magnitud de los intereses económicos que habría que afectar para reencarrilar al país por una trayectoria de recuperación es descomunal.

Parangonar ambos casos, como lo hacen muchos con bombos y platillos, es completamente forzado. Si comparamos, se cae rápidamente el argumento de que la devolución de Chagos significa algo a “nuestro” favor.

Para referirse a nuestra querida patria, la expresión “un país al margen de la ley” se ha tornado parte del sentido común periodístico, académico, y hasta con cierta ironía, político. Y del sentido común de los comunes, para qué negarlo. Y la frecuencia creciente en el uso del dicho tiene sus razones.

Partidarios de Cristina Kirchner enarbolan el discurso del odio y la violencia, tras el ataque a la vicepresidenta

Equiparar el atentado a CFK al proceso que enfrenta la vicepresidenta es un parangón alevoso y degrada la justicia positiva.

Hace siglos que sabemos que el poder de los humanos sobre los humanos no descansa en la fuerza bruta, sino en el consentimiento, expreso o tácito, consciente o inconsciente. Pero no hay una sola clase de poder.

“Donde hay una necesidad nace un derecho”, expresa una noción vertical, estatalista, sino paternalista.

Comencemos por lo obvio: si estamos delante de una coalición opositora con pretensiones de gobernar, esa aspiración exige un grado de consistencia política mucho más alto que aquel que pueden tener unas fuerzas que se unen meramente para derrotar al gobierno. 

Me gusta que el presidente trasandino, Gabriel Boric, diga que en la Patagonia no hay frontera.

La decadencia argentina ha alcanzado magnitudes espantosas. Pero la regeneración es un imposible: es creer que se puede revertir todo de un golpe. El libertario hace punta en leer el estado de ánimo antipartido.

Nuestra obsesión por 1982 nos cierra el paso para pensar mejor sobre Malvinas. El mundo cambió, pero seguimos diciendo y sintiendo las mismas cosas que hace 40 años.

 

No nos miente Fernández: con el programa anunciado tendremos (parafraseando a Borges) todo el pasado por delante

 

Nació en el mundo del ajedrez la sentencia que afirma que la mejor defensa es un buen ataque. Quizás alguien pensó en ella cuando el último día de enero - y en vísperas de la movilización para echar a los jueces de la Corte - presentó Máximo Kirchner su renuncia a la presidencia del bloque.

 

En democracia y en un régimen representativo, hay algo peor a que un dirigente nos tome por tontos: que él lo sea.

 

 

Las típicas urgencias de las crisis no marcan un buen precedente. ¿Y si miramos al Brasil de Fernando Henrique Cardoso o al Japón de la posguerra?

 

Algo extraño nos afecta al sentir que aquello que sucede delante de nuestros ojos está más allá de toda humana comprensión. La expresión es exagerada, sin duda, pero no queda muy lejos de los hechos.

 

 

Somos contemporáneos de una época en que élites y sociedad no se relacionan con vínculos duraderos. En la Argentina, tanto Mauricio Macri como Alberto Fernández fueron tremendos destructores de confianza política.

 

 

A lo largo de mi vida, el peronismo me pone a prueba. Puso a prueba mi sensatez y mi responsabilidad políticas durante mi juvenil militancia. Desde el colapso militar en 1982, pone a prueba mi capacidad para ir más allá de la tolerancia.

 

 

Hay un consenso: es grave que el presidente de la República viole la ley, y acerbamente irónico que transgreda la ley que a su arbitrio ha fijado. Pero el hecho revela otras aristas.

 

 

Por supuesto que Beatriz Sarlo no es ninguna vendepatria, por más que haya tenido a bien desenterrar ese término arcaico - que no sirve más que para provocar innecesariamente.

 

 

Nuestros políticos sonríen con frecuencia. En ciertos contextos, se puede sospechar estar delante de un engaño. Una vez que la sonrisa cayó en la desconfianza, es difícil que pueda salir de ella.

 

 

El sistema capitalista consiste en capitalizar a un cinco por ciento de la comunidad, mediante la descapitalización absoluta del otro noventa y cinco por ciento, que es el Pueblo… El capitalismo, [es] incapaz de desprenderse de nada y demasiado egoísta para ofrecer algo concreto…”.

 

CFK es poderosa. Muy bien, pero ¿por qué? Y ¿cuál es la naturaleza de su poder? A mi juicio, CFK es un tigre de papel. A mediados del siglo XVI, un joven francés, Étienne de la Boétie, pensó el problema de la servidumbre, observando que ésta es básicamente voluntaria.

 

 

La Argentina está tan empantanada, y su política tan desencantada, que sólo la audacia podría sacarlas a ambas del atolladero.

 

Top