Viernes, 24 Septiembre 2021 10:52

El Gobierno relanzado, en una fuga hacia adelante - Por Vicente Palermo

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Algo extraño nos afecta al sentir que aquello que sucede delante de nuestros ojos está más allá de toda humana comprensión. La expresión es exagerada, sin duda, pero no queda muy lejos de los hechos.

 

Sí, estoy hablando de lo que el lector piensa: en la campaña electoral que antecedió a las PASO, y luego de la derrota, durante varios días, un numeroso grupo de dirigentes oficialistas – que incluye por cierto a los principales – ha incurrido en una serie incontable de dislates asombrosos, tanto orales como escritos o actuados. 

Es verdad que el kirchnerismo nos tiene acostumbrados a estos disparates, pero la abundancia es llamativa. En su conjunto, esos episodios parecen desafiar las explicaciones convencionales.

Ponen a prueba nuestra comprensión. Y quizás muchos de los que escribimos prefiramos huir por la tangente: dando explicaciones que, en el fondo, sabemos que son apenas aproximativas o meramente descriptivas (“son autoritarios”, “se quieren quedar con todo”, etc.).

Todo este ciclo tiene una combinación de dos rasgos que lo hacen insólito, aunque los materiales que lo sostienen no superen necesariamente a infinidad de episodios anteriores.

Por un lado, se trata, al parecer, de una etapa en que todo es visible en un escenario sin bambalinas. De la observación surge la impresión de que lo vemos todo, que nada importante ocurre entre bastidores. Retos, cartas, declaraciones, grabaciones, videos, fotografías, tuits, son demasiado elocuentes como para permitirnos pensar que hay algo que no sea expresado ante el público.

Esta forma de politización es obscena y dañina, claro. La aparente inversión del panóptico, en la cual las vicisitudes de la escena política se tornan transparentes para cualquiera, y en la que los ciudadanos deberían controlar a tiempo completo a gobernantes que evidentemente no pueden controlarse a sí mismos, es sumamente inquietante. Y nos conduce al otro rasgo, a la otra cara de la moneda.

Porque, por otro lado, parece imposible siquiera entrever las intenciones de última instancia de aquellos a los que, no obstante, podemos observar perfectamente.

De Alberto y Cristina para abajo, no sabemos qué es lo que realmente quieren. Y cuál es el precio que están dispuestos a pagar, o a hacernos pagar a todos, para conseguirlo. Sus palabras y sus acciones son tan transparentes como oscuros son sus propósitos.

Quizás improvisen. Pero no lo sabemos. Como si estuviéramos todos a bordo de una nave en mares tormentosos y desconociéramos por completo su rumbo. Y tampoco en esto trasponemos el umbral de las pseudo-explicaciones (“no quiere ir presa”, etc.).

¿Por qué esta conjugación? Lo que hacen es demasiado visible porque el kirchnerismo siempre lo fue, hasta para ejercer la corrupción. Lo es porque es esencialmente inorgánico, y traslada esa carencia de organicidad a las instituciones. El mejor – lejos de ser el único – ejemplo es la fórmula presidencial estrambótica con la que accedió al gobierno.

¿Podrían acaso procesarse sus conflictos tras las bambalinas de la política tradicional? Al contrario, sólo pueden evitar que la sangre llegue al río apelando (aunque sea ilusoriamente) a un tercero, el “pueblo”, la opinión pública, el rating, la aprobación.

Entre tanto, a sus verdaderas intenciones, quizás incognoscibles para ellos mismos, nos podemos aproximar parafraseando al siniestro Ricardo III de Shakespeare: “he ido tan lejos en la sangre, que un crimen lavará otro crimen”.

Quitémosle hierro a la expresión, que no es para tanto: han ido tan lejos en una política catastrófica que un desastre lavará otro desastre. Históricamente, nada tiene de nuevo este tipo de cascada de los procesos políticos. Tapar un error con otro aún peor es una fuga hacia adelante demasiado común.

Tampoco son raros en la historia los tremendos desajustes entre el capital político genuinamente personal y el lugar de poder en el que una figura política se encuentra.

Cuanto mayor es la brecha, más inseguro será el ejercicio de ese poder. Por supuesto, esto es clarísimo en el caso del presidente, pero, si bien se mira, ¿no lo es también en el caso de la vicepresidenta?

Por diferentes razones. En Alberto F. tenemos a quien parecía un mediador, un armador, excepcionalmente competente, y que resultó un fiasco.

En Cristina, a alguien que heredó el grueso de su capital político (incluyendo aquel 54% resultante en gran medida del fallecimiento del fundador de la dinastía) y cuya capacidad de retenerlo ha sido y es sumamente precaria. Cristina es, en verdad, un tigre de papel, independientemente de sus muy irregulares performances electorales. Y se perfila un nuevo heredero, Máximo, de capital político aún más arenoso.

Podemos juntar los hilos; ¿dónde? En los resultados electorales de noviembre. Una victoria en provincia de Buenos Aires desestabilizaría aún más el tablado institucional nacional; más devaluada la figura del presidente, y reivindicada Cristina, ¿cómo enfrentarían los kirchneristas los dos años de mandato y las necesidades personales de la vicepresidenta?

Complementariamente, una derrota colocaría a Cristina en un lugar imposible, ya que gracias a sus reacciones desde el 12 de setiembre cargaría sobre sus hombros toda la responsabilidad por el resultado. Queramos o no, pagaremos para ver.

Vicente Palermo

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