“Yo quería a la Argentina, hasta que los propios argentinos se ensañaron con ella”, escribió Giovanni Sartori en 2001, en referencia a la recurrencia de las crisis y la responsabilidad de dirigencia y sociedad en cada una de ellas.
¿Qué diría hoy el politólogo italiano sobre una sociedad donde las familias se endeudan para llegar a fin de mes y donde los canales de televisión están plagados de publicidades de joyerías que compran oro y alhajas? Ahora, además del Estado, son los ciudadanos los que están vendiendo “las joyas de la abuela” y las propias para mantenerse.
Sartori no fue el único en cuestionar a la sociedad que ahora, ni bien acabó el Mundial, encontró una ola de críticas y acusaciones. Algunas descabelladas, otras lanzadas sin conocimiento ni autoridad moral, pero incluyendo señalamientos acertados de ciertos rasgos reprochables o abiertamente deplorables.
Cuando salíamos al mundo a disfrutar el “deme dos” por obra y gracia del “uno a uno”, Alain Touraine se preguntó “cómo respetar a la Argentina, un país con vocación de consumo y no de producción”.
El momento que llevó al sociólogo francés a su demoledora pregunta fue comparado por el economista norteamericano Paul Krugman con la secta de Jim Jones, el lunático pastor que causó el suicidio masivo de sus seguidores: “Los argentinos creen estar en una realidad celestial pero, vista desde afuera, resulta evidentemente absurda”.
Escribiendo sobre lo mismo, el lúcido Thomas Friedman habló del país que, sin percibirlo, “se sacrifica en altares de políticas económicas desprestigiadas”.
Todos veían desde afuera lo que demasiados argentinos no veían desde adentro. Ahora, además de la hipocresía del mundo y de la exacerbación que producen las redes y masifican los algoritmos multiplicadores del odio, así como también de las razones objetivas con que los argentinos generamos antipatías, hay realidades políticas del país que causan rechazo en el exterior.
El fervoroso respaldo del presidente argentino a Donald Trump y a Benjamín Netanyahu forma parte de la explicación. Entre otras políticas repudiables, la brutal cacería de inmigrantes en Estados Unidos salpica a la Argentina, por la devoción que Javier Milei profesa a Trump.
También salpica desprecio al país el apoyo acrítico de Milei al primer ministro israelí, al que buena parte del mundo considera un criminal de guerra.
A eso se suman los ataques personales del Presidente a varios mandatarios extranjeros, entre ellos el español Pedro Sánchez.
Las numerosas visitas de Milei a España sin saludar a los representantes de ese Estado, para participar en actos de la ultraderecha de ese país, es un gesto político violento que, sumado a su ensañamiento con Sánchez, son percibidos como agresiva injerencia en los asuntos internos de España.
También molesta a las dirigencias centristas europeas la participación de Milei en las liturgias de las extremas derechas que, como Trump, procuran reemplazar la democracia liberal por autocracias como la que impera en Rusia.
Igual que Touraine, Sartori, Krugman, Friedman y tantos otros que en décadas pasadas cuestionaban a los argentinos por avalar liderazgos mesiánicos con políticas extravagantes, hoy intelectuales, dirigentes y analistas miran sin comprender el apoyo de muchos argentinos a un presidente que parece empeñado en desarmar el programa nuclear, desfinanciar la investigación científica y debilitar el sistema universitario.
Incluso llama la atención la facilidad con que Milei entrega riquezas mineras sin siquiera imponer serias exigencias de protección ambiental. Y cómo procura el acceso de extranjeros a la posesión de extensiones territoriales, además de impulsar leyes a la medida de las pretensiones de tecno-plutócratas como Peter Thiel.
No habla bien de Argentina que su presidente haya atemperado los reclamos por Malvinas, ni la falta de reacción cuando, días atrás, su ministro de Defensa Carlos Presti dijo que el hundimiento del crucero General Belgrano no fue “un crimen de guerra” sino “un acto de guerra”, como sostuvo siempre Margaret Thatcher.
Hay quienes dicen que el mundo woke y la izquierda impulsan la “campaña anti-argentina”. Pero no hay que ser woke para, por ejemplo, considerar despreciable el ataque de Milei a un niño con autismo, y sus homofóbicas y obscenas alusiones al sexo anal para descalificar a críticos y opositores.
Las absurdas acusaciones de racismo a los argentinos revelan desconocimiento. Aunque en el fútbol local se han vivido episodios vergonzosos, como cuando jugadores de Independiente cantaron en el vestuario, tras ganar un campeonato, que “Boca está de luto porque son todos negros p... de Bolivia y Paraguay”, lo que un conocido periodista deportivo reprochó diciendo que quienes entonaban ese cántico vulgar y racista “no eran precisamente suecos”.
En esos tiempos cercanos, era común que las tribunas argentinas usaran los adjetivos “boliviano” y “paraguayo” como insulto. No generó estupor que un periodista deportivo famoso se refiriera a un jugador alemán, hijo de padre tunecino y madre germana, diciendo que “una alemana se tiró una canita al aire y nació David Odonkor”.
Esas cosas manchan. También idolatrar como una genialidad de Diego Maradona un gol hecho con la mano; o la aprobación general al gesto obsceno del “Dibu” con el Guante de Oro que ganó en Qatar, así como la prepotencia y fanfarronería que muchos turistas argentinos muestran en el mundo.
Claudio Fantini
Fuente: https://www.lavoz.com.ar/opinion/palos-argentinidad_0_0tSdYtvJoX.html

Las críticas internacionales a las políticas argentinas resucitan viejas tensiones, mientras figuras políticas contemporáneas avivan el fuego del descrédito. 