Los uniformados de entonces también levantaron la bandera de una supuesta campaña anti argentina en el exterior, cuando más allá de las fronteras se empezaban a preguntar qué pasaba aquí con los derechos humanos. También recuerda el intento del gobierno de Carlos Menem de condenar penalmente eventuales delitos de violación del secreto de Estado y de poner en riesgo la seguridad nacional. Se le llamó en los años 90 la “ley mordaza” porque significaba un serio riesgo para la libertad de prensa y de expresión. Como ahora. Pero el Congreso le hizo saber entonces a Menem, un poderoso líder peronista en aquellos tiempos, que era imposible que se aprobara esa iniciativa. La idea dejó de existir.
Otra “ley mordaza” asoma en el paisaje con aquel proyecto sobre las Malvinas. Siempre hay con esas islas usurpadas una mezcla de sentimiento nacional colectivo y, a la vez, de aprovechamiento político de los gobernantes con problemas. La falta de precisiones en el proyecto puede terminar en el absurdo de que una simple crítica al gobierno de Milei sea considerada parte de una campaña anti argentina, delito que prevé, según se anticipó, penas de hasta 15 años de prisión.
Se lo mire por donde se lo mire, ese proyecto es inconstitucional y exhibe una incontrolable inclinación del Presidente hacia el autoritarismo. También es una prueba de su debilidad. ¿A qué político fuerte se le ocurriría amenazar con prisión a los que ejerzan la libertad de expresión y de prensa? Los políticos en serio nunca amenazan que llegarán a tanto sin averiguar primero si podrán llegar. Y si la Constitución y la ley se lo permiten. Hay claros rasgos de autoritarismo en ese proyecto, pero también una patética confusión intelectual.
Milei no es Menem; hasta ahora, ni siquiera pudo imponer su proyecto para derogar o suspender las primarias obligatorias y, de paso, anular los imprescindibles debates por televisión de los candidatos en las elecciones presidenciales. Milei no tiene un buen recuerdo de su último debate presidencial con Sergio Massa, cuando se enfrentaron un político profesional, diestro en el arte de manipular a la opinión pública, y un outsider que solo había aprendido a gritar en los caóticos paneles políticos de televisión. Si no pudo con ese proyecto, mucho menos podrá con un proyecto de ley que contempla la persecución penal de ciudadanos. Los proyectos sobre cuestiones penales deben pasar forzosamente por el Congreso; según la Constitución, ni siquiera puede haber decretos de necesidad y urgencia sobre temas penales y electorales.
Vale la pena detenerse en el proyecto que deroga las PASO y los debates, actualmente analizado por el Senado, porque pueden resultar un termómetro infalible sobre el estado de la política. Los gobernadores amigos comienzan a alejarse y, por consiguiente, también sus senadores. Ya son una nostalgia los tiempos en los que la enorme popularidad del Presidente, cuando comenzó a bajar significativamente la inflación, disciplinaba al Congreso, aun cuando Milei tenía menos legisladores que ahora.
“Necesitamos 39 senadores en el recinto dispuestos a votar la eliminación de las primarias y ese es ahora un horizonte demasiado lejano”, dice un legislador oficialista. En rigor, se precisan 37 senadores, la mayoría absoluta, pero puede haber algunos a los que les surja un problema de último momento y que abandonen la sesión. Un margen de dos o tres senadores más es siempre necesario cuando se tratan asuntos de especial interés político del Gobierno. Un fracaso parlamentario con el proyecto sobre las primarias sería también, a estas alturas, una grave derrota política.
Culpar de la actual escasez de votos a Patricia Bullrich, líder del bloque de La Libertad Avanza, es inmerecido porque los gobernadores, aliados o amigos, quieren negociar con el ministro de Economía, Luis Caputo, no con los representantes políticos de la administración. Patricia Bullrich está, eso sí, tomando cierta distancia de las palabras y las decisiones arbitrarias del Gobierno. “No me tomen por tonta”, fue su última frase, y tal vez la más célebre, dedicada al Gobierno y, especialmente, al ministro Caputo. Se refería a los cambios imprevistos e inconsultos en el proyecto de ley sobre la discapacidad que llegaron al Senado.
Dicen cerca de la senadora que ella está buscando una forma de participación social en la elección de candidatos, aunque esa participación no sea obligatoria para la gente. ¿Primarias simultáneas, con el control de la justicia electoral, con la financiación del Estado y sin la obligación de participar para los partidos que tengan un solo candidato? Tal vez. Lo cierto es que Bullrich tiene razón. No se puede volver a la época en la que una oligarquía política decidía con el dedo quiénes serían los candidatos y a qué cargos. Para un proyecto o para el otro, los funcionarios de Milei deberán buscar un farragoso acuerdo con gobernadores y senadores otrora amigables. Nada es ya como era.
Una delegación de dirigentes de Pro estuvo en los últimos días en visita oficial en los Estados Unidos. Fueron el jefe del gobierno de la Capital, Jorge Macri; el presidente del bloque de ese partido en Diputados, Cristian Ritondo, y el jefe del gabinete de ministros capitalino, Gabriel Sánchez Zinny. La primera comprobación que hicieron fue que Milei es más elogiado y cuenta con más simpatías en el Washington político que las que se imaginan aquí. Donald Trump lo considera el primer líder latinoamericano que le ofreció una amistad incondicional.
El problema de Trump (y de Milei) es que se avecinan elecciones legislativas en los Estados Unidos y que Trump no está bien según la unanimidad de las últimas encuestas. No son solo las encuestas. Los propios legisladores republicanos, el partido cuyo caudillo es Trump, deslizan cierta inseguridad con respecto de los resultados de esas elecciones, a pesar de que el jefe de la Casa Blanca aplica una disciplina militar para controlar a sus funcionarios y parlamentarios. La reacción de estos es extrañamente mansa.
Si sucediera la derrota, ni la vida política de Trump ni la de Milei será la misma después del próximo 3 de noviembre, el día de las elecciones norteamericanas. La otra conclusión que sacaron los políticos argentinos es que el clima entre los empresarios y banqueros norteamericanos es de simpatía hacia Milei, pero con un poco más de distancia si se los compara con Trump y su gabinete. Esos hombres de negocios temen que el destino de un proyecto sensato en lo económico termine con el retorno del populismo al país.
El regreso al pasado imprevisible de la Argentina los asusta. Gran parte de la sociedad argentina los acompaña en esa pavura. “¿Van a hacer algo todos ustedes juntos?”, les preguntaron. Fue una pregunta incómoda. Los interlocutores argentinos aspiran a una alianza con el Gobierno, pero los términos que plantea este son inaceptables hasta ahora, según la dirigencia del partido macrista. Esa idea de los norteamericanos coincide con una iniciativa parecida de gran parte de la dirigencia social y racional del país.
La última encuesta de Poliarquía muestra asépticamente los números que van en la misma dirección. Cristina Kirchner ha vuelto a ocupar el primer lugar entre los argentinos consultados por quién prefieren como próximo presidente con el 38 %, pero Milei está en el segundo lugar (34 %) y Mauricio Macri en el tercero (18 %). La conclusión de Poliarquía es que Milei y Macri juntos suman el 52 % de las preferencias. Si esos resultados se trasladaran a los votos, un gobierno continuista con las grandes líneas impulsadas por Milei ganaría en primera vuelta. Quizás por eso, muchos imaginan una gran elección primaria entre candidatos sensatos, con Milei incluido desde ya, para que los argentinos tengan algo más que una opción entre Milei y Axel Kicillof.
¿De quiénes están hablando? ¿De Patricia Bullrich? ¿De Hernán Lacunza? ¿Del radical Alfredo Cornejo? De todos, responden. Cristina Kirchner podrá gritar y patalear, pero el Código Penal le prohíbe volver a la función pública durante la vida que le resta vivir. “Ya no es improbable que Kicillof gane las próximas elecciones presidenciales”, asegura un reconocido encuestador. “Veníamos de la claridad de marzo, cuando la reelección de Milei estaba asegurada, y ahora entramos en una zona gris con mucha incertidumbre”, coincide uno de los más conocidos dirigentes libertarios.
Los políticos del oficialismo reclaman que el Gobierno abra un poco las manos para reactivar la economía. Dicen que hasta el propio ministro Caputo estaría dispuesto a aportar algunas ideas a esa propuesta. Milei se encierra, en cambio, en su pertinacia: vivirá o morirá abrazando su ideología y sus convicciones sobre cómo debe manejarse la economía.
El principal conflicto de Milei es que su política lo aleja de la clase media, que es el sector social que lo llevó en 2023 a la cumbre del poder. ¿Por qué ahora esa lejanía? En rigor, es la clase media la que está pagando el ajuste de Milei, ya sin los subsidios que el kirchnerismo repartía generosamente provocando el déficit fiscal y la inflación. Los subsidios terminaron saliendo muy caros, pero eran subsidios al fin para los gastos fijos de cualquier hogar. La clase media paga ahora mucho más por la electricidad, el gas, las expensas, los alquileres, el transporte o el colegio de sus hijos. La mayoría de los aumentos salariales no han seguido los niveles de la inflación.
El Presidente deja que la economía juegue su propio partido. Pueden determinarse dos sectores económicos clave con distinto ritmo en su actividad. El que está muy bien es el vinculado con las exportaciones, que es una buena noticia para la solución de fondo de la economía argentina. El que está muy mal comprende a la industria vinculada al mercado interno, al comercio y a la construcción. No se necesita ser economista para establecer que los sectores menos favorecidos son los que más puestos de trabajo ofrecen. “La consecuencia es que el consumo está planchado”, resume el economista Fausto Spotorno. Las inversiones son renuentes, más allá de los anuncios que se hacen y que nadie explica cuándo comenzarán. “¿Por qué no hacen algo ustedes con las inversiones?”, les preguntaron los políticos argentinos a los empresarios norteamericanos cuando estos deslizaron su preocupación por la lentitud de los resultados económicos, palpables para la sociedad, y sus eventuales secuelas electorales.
De hecho, hasta en el sector del petróleo, que es dónde más inversión hubo, se observa también poca participación extranjera. Y eso que los petroleros son una especie aparte entre los empresarios; están acostumbrados a negociar e invertir en países con gobiernos estrafalarios, salvo el caso de Noruega. Por ahora, aquí las grandes inversiones petroleras las han hecho -y las están haciendo- los empresarios argentinos, como Marcelo Mindlin, Paolo Rocca o Miguel Galuccio. Los norteamericanos son cautos: están preocupados por el 2027 argentino. “Wait and see”, parecen decir, aunque no lo digan. Ver y esperar.
¿Se preocupa el Presidente por estos reclamos locales y extranjeros, justo cuando se le acerca el tiempo de su revalidación como jefe del Estado? Puede ser, pero no se nota. Está más ocupado en echar a viejos empleados de la residencia de Olivos, empujado por una visión conspiranoica de la vida. Esos empleados saben desde hace muchos años que la absoluta reserva es la condición primera y esencial de su trabajo. Es improbable que haya habido filtraciones de parte de ellos, como justificó el Gobierno. Se entretiene también mostrándoles a los periodistas que pueden terminar en alguna cárcel imprecisa. Inútilmente, para peor. Nadie se asusta por unos párrafos garabateados en un proyecto, que seguramente terminarán abandonados donde se amontonan las cosas inservibles.
Joaquín Morales Solá
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/todos-se-alejan-cuando-llega-la-mala-hora-nid20092026/

Ni siquiera se detuvo para observar la maltrecha relación de fuerzas que comienza a asediarlo en el Congreso. Solo esa certeza explica que Javier Milei haya anunciado que enviará al Congreso un proyecto sobre las Malvinas que incluye penas de prisión para los que participen o promueven una campaña anti argentina, que instala un cierto déjà vu, el recuerdo de algo que ya se vio en el país durante el último gobierno militar, hace 50 años.
