Domingo, 20 Junio 2021 06:44

El peligro de una oposición desordenada - Por Joaquín Morales Solá

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El árido desierto que cruzó durante cuatro años convirtió a Cristina Kirchner en peor de los que era hasta 2015. Más radicalizada, más mandona y más vengativa. La derrota y los reveses judiciales de esos años en la intemperie la convencieron de que solo en el poder estará tranquila.

Necesita cambiar todo, las instituciones y la economía. Al revés de lo que aseguró Néstor Kirchner en 2003 (otra cosa es si cumplió la promesa), Alberto Fernández dejó sus ofertas electorales y sus principios en la puerta de la Casa de Gobierno. Las denuncias penales contra los dirigentes de la oposición, en causas perfectamente armadas, se acumulan en los tribunales. Un principio de colonización cristinista de la Justicia Electoral puede percibirse cuando son nombrados dos jueces cruciales para el control de las elecciones; los dos responden a esa facción política. Uno es Alejo Ramos Padilla, juez electoral de La Plata con jurisdicción en la monumental provincia de Buenos Aires; el otro es Daniel Bejas, designado en la clave Cámara Nacional Electoral, la máxima autoridad electoral del país. Solo la falta de mayoría propia en la Cámara de Diputados impidió que el cristinismo reformara la Justicia, designara a un fanático propio como jefe de los fiscales y avanzara aún más en la destrucción institucional del país. “Estamos a siete votos de Venezuela”, estalló Mario Negri.

Negri lidera el bloque de Juntos por el Cambio en Diputados y achicó un poco el número que le falta al cristinismo. En realidad, el oficialismo necesita 12 votos para tener quorum propio en esa cámara (tiene 117 diputados y necesita 129). Veterano de muchas guerras parlamentarias, Negri sabe que si el cristinismo tuviera siete bancas más le resultaría muy fácil lograr cinco votos adicionales entre los muchos que ofrecen sus servicios al vencedor. Llama la atención, en ese contexto, una oposición invertebrada, con media docena de candidatos presidenciales para dentro de dos años y más dispuesta a mirarse el ombligo que a observar lo que sucede en el país. Dentro de tres meses sucederán las primarias de las elecciones legislativas de mitad de mandato, que culminarán con las elecciones generales de noviembre. Esos comicios podrían resultar en un virtual empate y dejar al Congreso como está. O podrían inclinar la balanza hacia una mayoría del Gobierno o de la oposición, sobre todo en la Cámara de Diputados.

La primera novedad es el casi seguro traslado de distrito de algunos dirigentes cambiemitas. María Eugenia Vidal, que fue gobernadora de Buenos Aires durante cuatro años, jugará como candidata en la Capital, si es que juega. Decidió que no lo hará en la provincia de Buenos Aires. En 2019 se fue de la gobernación bonaerense prometiendo que no se olvidaría nunca de los habitantes de esa provincia. Se olvidó. A Horacio Rodríguez Larreta, obsesivo candidato presidencial para 2023, le gusta la idea de una Vidal nuevamente aporteñada. Si Vidal les ganara ahora en territorio bonaerense a Cristina, a Máximo y a Kicillof, su candidatura presidencial sería inevitable dos años después. Pero Vidal le tiene miedo a una segunda derrota consecutiva en Buenos Aires y piensa, además, que su candidatura en estas elecciones llevará la discusión más al pasado que al presente. Las derrotas y las victorias se olvidan fácilmente. ¿O, acaso, Cristina Kirchner no perdió en la provincia de Buenos Aires en 2017 y ahora está dónde está? Vidal es la dirigente que mejor mide en las encuestas bonaerenses. Por eso, su candidatura en Buenos Aires disciplinaría a todos. Su traslado a la Capital, en cambio, descerrajaría una guerra interna ya no en Juntos por el Cambio, sino en el mismo Pro. A Elisa Carrió le habían prometido que sería la candidata de la unidad encabezando la lista de diputados nacionales bonaerenses. Pero luego Rodríguez Larreta autorizó a su vicejefe, Diego Santilli, a saltar a la provincia de Buenos Aires y pelear por ese lugar. También inició negociaciones con el economista José Luis Espert para que participe de la interna cambiemita. Suficiente. Carrió no será candidata en esas condiciones, aunque todavía negocia desesperadamente una fórmula de unidad, ya en tiempos agónicos.

Jorge Macri los aguarda a Santilli y a Espert (y, tal vez, a Ricardo López Murphy) para presentarles batalla en territorio bonaerense. Santilli y Jorge Macri aspiran a gobernar la provincia más grande del país en 2023. Patricia Bullrich, que creció mucho como figura pública desde que el cristinismo volvió al poder, espera a Vidal para desafiarla en una contienda interna en la Capital. Cuidado: Bullrich irá contra Rodríguez Larreta más que contra Vidal. Todos (Vidal, Bullrich, Santilli y Jorge Macri) son de Pro. “Esto ya es una telenovela de Pro”, ironizó el gobernador radical Gerardo Morales. Aunque Morales suele tener frases distantes (y, a veces, hirientes) sobre sus socios de Cambiemos, esta vez estuvo cerca de una buena descripción. El radicalismo incursionará en la interna cambiemita bonaerense con una figura ajena a la política y con prestigio social: el médico neurólogo Facundo Manes. Atención: Manes no arrastra los fracasos de la política.

Un elemento importante en todas esas disputas es la presencia de Mauricio Macri. Un expresidente no debería ser el jefe de una facción dentro de su espacio político, como a veces lo es. Macri tiene la certeza de que Cristina se propone ponerlo entre rejas. No se equivoca. Un reciente informe de la Inspección General de Justicia concluyó que el fideicomiso que hizo con su fortuna, cuando fue presidente, no significó nada. A los pocos días, la Oficina Anticorrupción tomó ese informe y lo denunció a Macri penalmente por enriquecimiento ilícito. Macri nació rico; no necesitaba de la función pública para enriquecerse. La IGJ y la OA están en manos de cristinistas fanáticos (y creativos, debe reconocerse). El asedio lo radicaliza. Pero tampoco los que aspiran a reemplazarlo (Rodríguez Larreta y Vidal, por ejemplo) deberían buscar su muerte política. Les guste o no, Macri es el líder del sector social más antikirchnerista. No es un porcentaje de la sociedad del que se pueda prescindir si se quieren ganar elecciones.

En 2015 hubo un trípode de dirigentes de Cambiemos (Macri, Carrió y Ernesto Sanz) que, juntos con otros pocos líderes, administraron con eficacia las diferencias, acordaron donde podían acordar y fueron a internas civilizadas donde no pudieron pactar. Ahora hay solo emprendimientos personales. El kirchnerismo perdió todas las elecciones de mitad de mandato, salvo la de 2005. Fue derrotado en 2009, en 2013 y en 2017. Ahora, los principales indicadores económicos que definen una elección (caídas del PBI, del salario real y del empleo) existen en los papeles de los economistas y en la realidad. Sin embargo, hay un hecho inédito en la historia, que es una pandemia cruel y amplia como nunca se vio. Ningún encuestador está en condiciones serias de predecir cuál será el efecto del coronavirus en los electores. Solo sabemos que el virus mata y muta, y que la Argentina está muy retrasada en la segunda dosis de la vacuna, sobre todo la de la Sputnik V. La segunda dosis de esta vacuna es un complemento, no un refuerzo. Peor.

Un eventual triunfo del oficialismo disciplinará en el acto a muchos jueces, que harán cola para firmar absoluciones de kirchneristas y condenas de opositores. También encolumnaría al peronismo detrás de una jefatura única e indiscutible: la de Cristina Kirchner, que ya es la jefa virtual del peronismo. La competencia es un buen recurso cuando los acuerdos son imposibles. Sin embargo, el conflicto surge cuando la competencia se confunde con una irresponsable distracción. Con errores que muestran a una oposición a veces desordenada y otras veces caprichosa. El margen se encoge, pero muchos de sus dirigentes trabajan para un 2023 que podría no ser un proyecto, sino una suposición.

Joaquín Morales Solá

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