Domingo, 15 Mayo 2022 08:08

Presiones a un presidente que no renunciará - Por Joaquín Morales Solá

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La arrogancia, la mitomanía y una dosis no menor de maldad de Cristina Kirchner han llevado al país a la crisis institucional más profunda desde 1983 

La política es reacia en público a formular una pregunta que se hace en la intimidad: ¿puede sobrevivir un gobierno acosado por sus aliados, con bloques parlamentarios quebrados y con una inflación cercana al 60 por ciento anual? El problema político e institucional se llama Cristina Kirchner; la crisis económica y social corre (y se agrava) por una senda paralela. Sin embargo, ambos conflictos tienen muchos puntos en común porque los funcionarios, sean cuales fueren sus extracciones, contienen el aliento ante la escalada del enfrentamiento de la vicepresidenta con el jefe del Estado. Esa sublevación vicepresidencial es tan conocida que el Presidente no pudo fugarse de ella ni aun viajando a Europa. En cada conferencia de prensa que dio o en cada reportaje que concedió lejos de su país le preguntaron sobre la relación con quien debería ser su aliada en la política y en la vida, por lo menos mientras los dos conserven el poder. 

La arrogancia, la mitomanía y una dosis no menor de maldad de la vicepresidenta han llevado al país a la crisis institucional más profunda desde 1983. Si bien la relación de casi todos los presidentes democráticos con sus vicepresidentes no careció de una solapada tensión, en ningún caso se llegó a un desafío tan frontal y explícito al titular mismo del Poder Ejecutivo por parte de quien está en un segundo rango en el escalafón del Estado. El caso de Julio Cobos no resiste ninguna comparación con lo que está haciendo Cristina Kirchner. Cobos solo ejerció en una madrugada inverosímil su derecho a desempatar en el Senado y lo hizo con una frase confusa (“mi voto no es positivo”) en contra de los intereses del gobierno, pero buscando pacificar a la sociedad. Luego, a Cobos lo transterraron de cualquier espacio de influencia política. Además, él careció siempre de poder dentro de la administración. Si los kirchneristas lo llamaron traidor a Cobos, ¿cómo la califican a Cristina Kirchner después de que esta dijo que Alberto Fernández perdió la legitimidad en el ejercicio del cargo? ¿Traidora? ¿Leal a su feligresía? El argumento según el cual ella está segura de que el Presidente conduce al peronismo hacia una derrota en 2023 es falso o, al menos, prejuicioso. Ella, según las posiciones que exhibe en público, colocaría al país en peores condiciones. Ese es, precisamente, el caudal político con que cuenta Alberto Fernández: la única opción institucional frente a él (es decir, Cristina y sus ideas) es mucho peor. Hasta Martín Guzmán, un ministro impotente para enfrentar una inflación socialmente insoportable se convirtió en un reaseguro de cierta racionalidad económica. El propio establishment económico, atemorizado por el extravío intelectual que enfrenta a Guzmán, se abrazó al ministro.

Pero ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la vicepresidenta? ¿No le importa la posibilidad de que el Presidente termine derrumbado por el cansancio político, moral y físico al que lo somete? ¿No le importa, en definitiva, que Alberto Fernández decida volver a casa antes de tiempo? La indiferencia, los gestos y las actitudes cristinistas parecen decir lo que las palabras no dicen: que se vaya si quiere. Exponentes cristinistas han deslizado en el Congreso que una improbable renuncia presidencial no sería un problema porque su lideresa pediría licencia, en tal caso, para no hacerse cargo del poder. La presidenta provisional del Senado, Claudia Abdala de Zamora, o el presidente de Diputados, Sergio Massa, convocarían a la Asamblea Legislativa para que esta designe un presidente provisional que termine el mandato. La licencia le permitiría a Cristina conservar los fueros. Massa supone –cómo no– que la presidencia podría caer en sus brazos. La hipótesis desprecia una prueba evidente: el Presidente no está dispuesto a renunciar. Nunca imaginó siquiera esa alternativa, aunque conoce las versiones que aluden a su estabilidad y que viborean por el Congreso. “¿Renunciar? ¿A quién se le ocurre eso? Es una pregunta absurda”, le respondió a un amigo que le preguntó por tales rumores. Es peor: en los últimos días se lo vio dispuesto a enfrentarse con Cristina Kirchner y hacer valer sus políticas al frente de la administración. Por primera vez, confrontó abiertamente con ella y sus ministros más leales (Guzmán, el primero) la refutaron con argumentos que golpearon en el plexo solar de la vicepresidenta.

Como es su costumbre, el Presidente pagó el peaje para enfrentarse a Cristina Kirchner: lo llamó “enemigo” a Mauricio Macri. “Mi enemigo es Macri”, dijo textualmente. La palabra “enemigo” es propiedad de los militares en el campo de batalla, no de la política. No se compite con un enemigo; se lo extermina. En la política civilizada hay adversarios, no enemigos. ¿Pruebas? Sin muchos seguidores del “enemigo” Macri, el Presidente no habría podido firmar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Su socia política, la vicepresidenta, lo abandonó en manos de sus opositores para que ese acuerdo fuera aprobado por el Congreso. Vale la pena abrir un paréntesis y preguntarse por qué Guzmán es tan mal ministro para Cristina Kirchner. ¿Por qué, si consiguió un acuerdo con el Fondo que descarga el pago de la deuda en futuros gobiernos y que, encima, no le exige ninguna reforma estructural a la actual administración? La única respuesta es que Guzmán no es Guzmán; los cuestionamientos a él de Cristina son disparos por elevación al propio Presidente. Alberto Fernández lo sabe; por eso, no se deshace del ministro de Economía. Debería hacer algo más: despedir a los funcionarios cristinistas que se quedan para hacer lo que no quieren hacer o para no hacerlo.

Es cierto que el Presidente frecuenta con asiduidad, al mismo tiempo, la contradicción. Fue a Europa (a España, Francia y Alemania) a ofrecer a la Argentina como seguro proveedor de alimentos y de energía ante la crisis alimentaria y energética que provocó (y provocará aún más) la criminal guerra de Putin. En esa misma expedición por el continente europeo, Alberto Fernández cuestionó las sanciones a Rusia (porque crearon nuevos problemas mundiales, dijo) y se opuso a la provisión de armas a Ucrania por parte de Occidente para que se defienda de la agresión rusa. Primera pregunta: ¿qué se hace entonces con un autócrata capaz de invadir un país por si acaso, solo porque supone que algún día su nación podría ser agredida? Segunda: si la defensa directa de Ucrania por parte de Occidente descerrajaría la tercera guerra mundial, ¿qué otra alternativa queda que la ayuda armamentística a un país condenado a la invasión violenta, la muerte y la destrucción? Aunque en Europa aumentó el calibre de sus críticas a Rusia, Alberto Fernández no logra tomar distancia definitiva de Putin.

Aparece, a la vez, otra contradicción. El Presidente quiere que el país sea un proveedor seguro de alimentos al mundo. Lo puede ser, sin duda. Lo único que el Presidente debe hacer, antes de formular propuestas en el exterior, es liberar de presiones, malos tratos y exacciones al sector rural, que es el que produce los alimentos para el mercado interno y para la exportación. La Argentina tiene un enorme caudal potencial de energía, pero necesita de inmensas inversiones para la exploración y explotación de los yacimientos no convencionales de gas y petróleo. Necesita llegar a esos yacimientos y hacerlos productivos, y necesita construir gasoductos, plantas transformadoras de gas natural en gas licuado y puertos para transportar los combustibles. Es mucho dinero en inversiones para un país gobernado por una estirpe política que solo imagina cómo crear nuevos impuestos (a la riqueza primero, a la renta inesperada después), que no cesa de dilapidar los recursos del Estado y que se niega a promover las modificaciones que demanda un mundo distinto. Una cosa es que Alberto Fernández haya sido recibido por los principales líderes europeos como una persona confiable; otra cosa son su país y los aliados que le tocaron. Ya de regreso, al Presidente lo aguardan no aquellos cruciales desafíos, sino las nuevas peripecias de una vicepresidenta constantemente amotinada.

Joaquín Morales Solá

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