Sábado, 06 Junio 2020 21:00

Con Cristina, nada - Por Dardo Gasparre

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La imposibilidad de hacer cambios en serio hace desear que la cuarentena sea eterna, para no tener que enfrentar el caos económico.

 

El resto del mundo comenzó el proceso de retorno a la actividad económica, pese a que Axel Kicillof piense que la normalidad ha muerto. Será una etapa larga, y probablemente se tarde bastante en recuperar los niveles de empleo prepandemia. Muchos de los puestos perdidos ya eran redundantes, aún con plena actividad. La cifra anunciada ayer por EEUU es un dato provisorio y no habría que tomarlo aún en firme. No será la primera vez que ese dato se revisa para peor. Lo positivo es que el mundo empezó a girar nuevamente. Salvo Argentina, que ha redoblado su cuarentena sanitaria y con ella su destrucción sistemática de la oferta y buena parte del consumo.

El presidente parece estar cómodo con la idea de que se ha abierto un gran paréntesis, un pido, como diría la calle, en todo lo que tiene que ver con la economía, los problemas que acarreaba y los que la cuarentena salvaje ha agregado. O más bien, está apoltronado en la cuarentena, que le evita enfrentar un problema que no sabe cómo resolver. Tiene razón. Porque el problema económico es insoluble para este gobierno.

El contrapeso interno que significa Cristina Kirchner, en cualquiera de los papeles que ha elegido representar, es una de las razones de semejante afirmación. Si se tratase de bajar el gasto del estado, un supuesto fundamental para tener alguna oportunidad en los mercados internacionales y aún en el mercado interno, sería impensable contar con el apoyo de la jefa del peronismo. Su poder se basa en la enorme malla de prebendas, cargos públicos, sueldos generosos, negocios con el estado, colectivos rentados, subsidios, dádivas, jubilaciones que ha repartido a lo largo de varios años, que le garantizan la lealtad, el miedo, el agradecimiento o la sumisión del aparato de poder que nunca se fue, ni aún en pleno gobierno de Cambiemos.

Suponiendo generosamente que Alberto Fernández quisiera emprender semejante transformación, por otra parte imprescindible, se encontraría con la firme oposición o la obstrucción de gobernadores, intendentes, ONGs, “científicos”, actores, defensores de causas diversas, cineastas, sindicalistas, organizaciones supranacionales, sin olvidar a los jueces serviles (y corruptos) que encontrarían toda clase de argumentos para justificar no sólo el status quo, sino hasta para agregar más gasto, como viene ocurriendo en la práctica, sin necesidad de teorizar. Sin ese cambio en el nivel del gasto, el país es inviable, como lo evidencian la diarrea de defaults que nos corona como tramposos internacionales, o como fracasados y corruptos.

Con Cristina, una salida de esa perversión es imposible. Paralelamente, acompañarían en ese planteo con sus pautadas declaraciones en los medios y su presión, los socios empresarios del proteccionismo mussoliniano que el jueves cumplió 74 años. Los mismos que viven del estado directamente, colgados de sus licitaciones de insumos, medicamentos, servicios, tercerizaciones, obras públicas, socios del estado en la rapiña generalizada. Allí conviven grandes nombres tradicionales con nuevos ladronzuelos que repartieron y reparten su rapiña con los funcionarios. Los mayores exponentes de ese grupo son los que convencieron originalmente a Mauricio Macri de que era inoportuno bajar el gasto, que lo acertado era proceder con gradualismo, mientras se promovía el crecimiento, que ayudaría a bajar porcentualmente el déficit. El resultado fue la deuda adicional que según la óptica peronista sirvió para fugar dólares, pero que en realidad sólo fue financiamiento de gasto inútil. (O muy útil, para unos cuantos)

Es irreal imaginar a Cristina enfrentándose aún por omisión a estos sectores, cuando han sido, para ella y sus protegidos, sus fuentes de ingreso o sus socios, y lo seguirán siendo. (El affair Eskenazi-Repsol-YPF-CFK con costos infinitos para el país y ganancias infinitas para todos sus protagonistas es un ejemplo perfecto. ¿Qué puede hacer Fernández sino pagar los nuevos, aunque no finales, reclamos en la Corte del Distrito sur de Nueva York?)

Una alternativa posible para la economía sería buscar caminos como los de Alemania: rebajar impuestos para estimular el consumo, o como Estados Unidos, bajar impuestos al capital y las empresas para estimular la inversión. La señora de Kirchner hace todo lo contrario. Con el asesoramiento de precarios como Carlos Heller o su hijo Máximo, agita el impuesto a los patrimonios en el exterior, que - más allá de su inconsistencia jurídica – ahuyenta cualquier inversión con su sola amenaza. Creer que porque se aplique sólo a individuos no tendrá efectos nocivos en las decisiones de inversión es olvidar la historia y desconocer la esencia humana. El presidente la ha acompañado reiteradamente con su oratoria sensiblera del país justo y solidario, los que menos tienen y otros latiguillos que sirven sólo para estafar a jubilados y necesitados.

Además de la precariedad conceptual, debe computarse en todos los órdenes económicos el efecto del resentimiento y el encono, que afloran en la naturaleza escorpiana de Cristina. (No en términos zodiacales, sino en el hábito de aguijonear ranas). Aumentar impuestos en estas circunstancias es prolongar indefinidamente el déficit y la recesión, al generar una telaraña dinámica negativa que implosiona la actividad hasta la depresión sistémica y la quiebra generalizada. Basta con analizar cualquier Pyme para darse cuenta de ello. Y sin Pymes no hay solución posible.

Otro guadañazo

El agro, principal baluarte aún en pie de la escasa producción de dólares nacional, vive esperando, con razón, el próximo guadañazo que recibirá de la líder del peronismo o sus discípulos y entenados. Otras reacciones escorpianas y de desconocimiento técnico con indeleble impronta cristinista: la idea de crear un nuevo IAPI, una amenaza-globo de ensayo, o la de estatizar Vicentin con igual propósito monopólico estatal, convocan a la huida. Junto a realidades como la combinación del cepo, más la trampa de los tipos de cambio, más los ataques a las silobolsas, sólo tienen una lectura correcta, y los productores saben leer.

El mundo del afuera siente lo mismo. Cristina y sus fieles representan alto riesgo, pérdidas y fracaso. Partiendo del sistema de justicia venal, que Fernández de Kirchner cultivó, fomentó y ahora amenaza para disciplinarla para siempre, con el acatamiento de Alberto Fernández. Un país sin justicia no es un buen lugar para invertir. Tampoco un país con un tipo de cambio manoseado o con alta inflación. ¿Alguien se la imagina autorizando a esterilizar la emisión alevosa pandémica? La hiper está ahí. Y a eso conduce la filosofía de la vicepresidente, que tolera el acordar con los acreedores sin defaultear por ahora y apretándose la nariz para tragar el tónico amargo de lo que siente una capitulación.

Como si faltaran elementos de juicio, el empecinamiento en no permitir las sesiones normales de las cámaras y la cuarentena a la Corte, suspendieron la República, y la ambición vicepresidencial parece ser la de no romper ese cepo hasta que la cabeza del poder judicial no se integre con nueve miembros, cinco a su servicio. Ya no se trata “solamente” de procurar su impunidad y la de su familia y socios, la viuda de Kirchner va por la República y, sobre todo, por la libertad. A eso se suma su renovado y obstinado ataque amordazador con una nueva Ley de medios. La cuarentena y encierro es entonces para ella sólo un ensayo general.

Peor resulta el panorama cuando se advierte su intención monárquica de dejar a su hijo Máximo y a La Cámpora como herederos de un nuevo movimiento, un peronismo chavizado, ignorante, fanático y dictatorial. Esta última fase, la dictadura, es a la que han recurrido siempre los populismos cuando se acaban los dólares, la producción, la inversión y la confianza.

Por esta suma de factores el presidente no tiene ninguna oportunidad de éxito si se sale de la cuarentena. Fernández no es un obcecado ni un fanático. Es un pragmático. No vacilaría en volver a ser el que fue en sus épocas de terribles críticas al kirchnerismo. No vacilaría en cambiar de dirección ante la cruda realidad a la que se enfrentará al minuto siguiente de levantar el aislamiento. Pero jamás se lo permitiría su socia gerente.

Lo saben todos

Eso es lo que percibe cualquier emprendedor o ahorrista, cualquier Pyme, cualquier productor de cualquier tamaño, cualquier individuo que quiere tener un trabajo, progresar, ahorrar, desarrollarse, ser independiente y libre: por ese camino, por el camino de Cristina y su sucesión, el país no tiene ninguna oportunidad. También lo saben los bonistas, que sólo tratan de encontrar alguna solución contable que les ayude a no mostrar las pérdidas o a demorarlas. Lo sabe el propio Fondo Monetario, lo saben Giorgieva, Stiglitz, Phelps, Piketty, Reinhard, Soros y todos los progrepopulistas, pro estado de bienestar europeo becados por la burocracia global. Y lo saben los argentinos, con su esfuerzo, su educación y sus sueños y sus derechos pisoteados y patoteados, que han perdido toda confianza en el futuro, no ya en el gobierno.

La Argentina de hoy sólo es atractiva para saqueadores de guante blanco o de encapuchados que se asocien al poder. No es capaz de dar respuesta a los que quieren trabajar, estudiar, esforzarse y crecer, sean trabajadores, actores, educadores, científicos verdaderos, emprendedores, intelectuales o productores. Y ciertamente, no ofrece ninguna chance a los más pobres, a los menos educados, a los postergados y a los marginales, salvo la droga, el plan y el pancho y coca.

Alberto Fernández no podría pilotear una transformación seria y efectiva de esa triste descripción. Aún en el remoto y milagroso supuesto de que quisiese ejercer su demostrado pragmatismo y flexibilidad ética y hacer un cambio copernicano, su socia no se lo permitirá.

Como esto lo saben tanto los argentinos como los mercados internacionales, la cuarentena es casi una bendición. No sólo para Fernández. Para todos. Porque lo que sigue es peor.

Simplemente, con Cristina no hay ninguna oportunidad.

Dardo Gasparre
Twitter: @dardogasparre

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