Carlos Salvador La Rosa

Donald Trump y Javier Milei (y con ellos recién empieza una tendencia mundial creciente) expresan una nueva rebelión de las masas populares contra las elites globales que por años las ignoraron y despreciaron. En esta nota hablamos de un escritor, Christopher Lasch, que en los años 90 diagnosticó las causas de lo que hoy está pasando con una claridad y certeza que pocos, aún en el presente, poseen.

Por casualidad o por causalidad, vaya uno a saber, lo cierto es que la principal enemiga política de Mauricio Macri durante su presidencia, Cristina Fernández de Kirchner, cumple hoy el mismo papel con Javier Milei. Y, al revés, el principal amigo político en el mundo de Mauricio Macri durante su presidencia fue Donald Trump, que hoy es aún más amigo de Javier Milei. A Mauricio esas dos grandes ventajas -el desprestigio de Cristina y el poder de Donald- no le sirvieron para nada. Ahora es la oportunidad para que Javier no repita la misma historia.

Mientras el pobre Federico Sturzenegger transpira todos los días la camiseta buscando desregular y desburocratizar el Estado con una reforma estructural, por el lado de Santiago Caputo, uno de sus referentes principales, el troll llamado Gordo Dan propone otra “reforma” del Estado absolutamente opuesta, a la que define textualmente así: “Hay que poner a los propios .... amigos, conocidos, que están con la ideología adecuada, que te dan la confianza suficiente para llevar a cabo una tarea que implica no traicionar la ideología del Presidente”. Es exactamente lo que hacía la Cámpora, pero lo hacía, no lo decía.

Hay, siempre hubo, dos Maradona. El de dentro de la cancha, que es un genio universal. Y el de fuera de la cancha, que es un dechado de argentinidad, pero enfatizando en la mayoría de nuestros defectos culturales. Milei se siente como el Maradona de dentro de la cancha, pero muchas veces suele parecerse al de fuera de la cancha. Como ahora que acaba de descalificar impropia y groseramente e innecesariamente al fundador de la actual democracia (la más prolongada de la historia argentina), don Raúl Alfonsín.

Fue ministro de Economía de Cristina Kirchner, casi incendia su gobierno y cuando había que apagar el fuego se fugó al bando opuesto. Fue embajador en EE.UU. de Macri y lo abandonó en el momento más crucial, cuando asumió Trump. Es presidente del radicalismo y la acaba de fracturar poniéndose del lado de los que lo fracturaron. Pero no nos ensañemos con el minúsculo personaje. Martín Lousteau no es nada más que el síntoma de la enfermedad terminal que hoy sufren los partidos políticos. Nadie en sus cabales le puede dar tamañas responsabilidades a ese irresponsable. Por la reiteración de errores de tamaña magnitud, es que Milei se los está fumando en pipa a todos.

Cristina Fernández es hoy la principal opositora externa a Javier Milei. Victoria Villarruel es su principal oposición interna. La primera a través de cartas públicas y la segunda por medio de una cantidad apabullante de gestos diferenciales, no sólo critican al presidente, sino que hoy buscan competir por él en la batalla por ganar la opinión pública. Y mañana, quizá, competir por el poder.

Este año el día de la lealtad lo festejaron Kicillof, Cristina, la Cámpora, Moreno, los menem- mileistas, la vice Villarruel y hasta Isabelita Perón. Todos separados y peleando unos contra otros, a ver si aún queda algo de la herencia del General.

Se puede defender un ideal de universidad criticando a la actual, incluso duramente. Los que no se necesitan en este debate son los que no creen en la universidad pública, esos que se dediquen a otra cosa.

El presidente debería entender que ya todo el mundo sabe a quién odia, pero nadie sabe a quién quiere, ni siquiera si quiere a los que odian con él y por ese odio compartido a la política le hicieron ganar. El poder puede significar tener o construir un enemigo, pero también construir empatía, afecto, con todos los que se pueda.

El presidente necesita a los sindicalistas para la reforma laboral y para que no le hagan huelga. Y necesita a parte de la “casta” paro poder lograr el veto al financiamiento universitario. Y necesita a China porque tiene compromisos financieros con ella. O sea, Milei necesita hacer política, que es lo que no le gusta a sus votantes. Por eso, está pensando en distintas formas para compensar a los de abajo: desde acercarse a Susana Giménez a ver si ella le trasmite parte de su carisma popular, hasta convocar a actos sólo para atacar al periodismo a ver si puede desviar hacia otros el odio que la sociedad tiene hacia la casta política. 

Los que quisieran cambiar el modelo corporativo de las décadas anteriores deberían proponerse reemplazarlo por otro -en líneas generales, liberal- que sea el referente principal de las próximas décadas. Con el espíritu republicano y liberal de 1853 combinado con el espíritu democrático de 1983. Que a su modo fueron dos pactos fundantes, aunque lo hayan sido implícitos. Hoy se requiere un pacto similar.

Javier Milei, como casi todos los presidentes, suele culpar a los medios de comunicación de todo lo que le sale mal o no le sale. Pero el libertario lleva su obsesión a extremos pocas veces vistos. Sin embargo, esta semana cometió dos gruesos errores de comunicación por torpeza propia, donde los medios nada tuvieron que ver: Un acto en el Congreso de presentación del presupuesto, al que no vio nadie. Y un asado donde celebró haber impedido un aumento en las jubilaciones, que no le gustó a nadie, ni a los mileistas.

Cambiar el consenso por el veto es pan para hoy pero hambre para mañana. Y cambiar la hegemonía por la atomización, nos llevará otra vez al mismo fracaso, aunque sea por otro camino. La música de Divididos desafina en política.

Un auténtico liberal, además de abrir la economía, debería ampliar la información pública en vez de restringirla, agrandar para el pueblo y achicar para los funcionarios los organismos culturales en vez de querer suprimirlos y darle la mayor autonomía posible a todas las instituciones republicanas en lugar de buscar concentrarlas bajo su poder.

Algunas breves crónicas de esta Argentina desquiciada donde los marginales y los golpeadores han tomado la conducción del país. Con especial referencia a dos películas italianas (“La Armada Brancaleone” y “Siempre habrá un mañana”) que parecen pintar de cuerpo entero las dolencias de este querido pero sufrido pobre país nuestro.

“Intratables” fue un programa televisivo exitoso porque supo farandulizar la política. Donde todos se peleaban con todos y nadie escuchaba al otro. Fue la plataforma de lanzamiento mediático de Javier Milei. El hombre llegó a la presidencia con esa lógica televisiva pura y le sirvió mucho para ganar. Pero no le servirá para gobernar, como se vio esta semana, donde su protegido, el joven maravilla Santiago Caputo le armó un clima “intratable”, confundiendo batalla cultural con agresiones e insultos mediáticos generados por una banda de impresentables. Por lo que el Congreso, en parte como respuesta a esa actitud, les votó todo en contra, incluso sus aliados.

No nos engañemos y digamos las cosas como son: este último gobierno peronista fue el cogobierno de Cristina y Alberto. Como el titiritero mister Chasman y el títere Chirolita. Una daba las órdenes y el otro recibía los sopapos. A fines del año pasado no estalló un gobierno malo de cuatro años, sino un régimen pésimo de casi 20 años. Y ahora, con el affaire del golpeador golpeado, acaba de estallar del todo y para todos.

El mundo hoy es de color Milei. Es que, casualidad o no, el mundo y el país hoy semejan una metáfora de lo que siempre pensó el anarcolibertario. La fortuna le sigue sonriendo a pesar de los crecientes errores no tanto de él sino de su inexperta y torpe tropa que no para de dejar macana por hacer. Y de un ajuste que ya empieza a mostrar sus aristas más dolorosas.

Alberto Fernández, el títere que a todo decía que sí y al que todos despreciaban, resultó ser un lobo con piel de cordero. O mejor dicho, con algunas mujeres un cordero y con otras un lobo. Un tipejo insignificante cuya sumisión absoluta a quiénes tenían más poder que él, ofrecía como contracara el abuso impiadoso a quiénes tenían menos poder que él.

Cristina Fernández de Kirchner debería meditar acerca de sus responsabilidades parciales en la gestación de este monstruo político que es la Venezuela chavista, sobre todo en su versión madurista, la cual hasta el momento ella siempre apoyó.

La pelea del presidente Javier Milei con la vicepresidenta Victoria Villarruel por el tema del fútbol, esta vez ha devenido algo bien profundo. Por la paradoja de que las ideas de Villarruel desde el punto de vista ideológico y cultural son mucho más parecidas a las de los amigos internacionales de Milei, como Trump, Bolsonaro o Abascal de Vox. Ultraconservadoras pero muy poco liberales. Y la vicepresidenta se ocupó de que quede bien clara la diferencia con el presidente. Vaya paradoja.

En vez de celebrar tal cual es debido un triunfo magnífico como el de la Copa América de Fútbol, los argentinos solemos ocuparnos en complicar las cosas. Esta vez un cántico inoportuno de los jugadores contra el equipo francés provocó en el interior de nuestro país, o más bien en el interior del mileismo, una comedia de enredos que sólo puede entenderse desde eso que se llama nueva política pero que en realidad no es otra cosa que la política de la cero experiencia.

Si es imposible impedir que Milei se siga creyendo Moisés regalándole a los argentinos la tabla de las leyes y si también es imposible evitar que continúe recorriendo el mundo convocado por sectas fundamentalistas, que cuando menos se siga comportando como lo hizo estos días actuando más como presidente que como argentino fanfarrón, logrando (con paciencia inusual en él) que le aprueben la ley bases o le firmen el pacto de Mayo en Julio. Dos cosas positivas y necesarias. 

Nunca en la Argentina un primer mandatario había recibido tantos premios internacionales en tan poco tiempo de gestión. Y no tanto por lo que ha hecho, sino por lo que se propone hacer. Otorgados, además, por instituciones de marcado signo ideológico afín con las ideas que profesa nuestro presidente. Por lo cual el principal mérito del premiado para ser premiado es el de pensar igual a los que lo premian.

Querer compararse con grandes figuras de la historia, tal cual a veces hace Milei, es pura megalomanía. Como con Napoleón Bonaparte, pero, si no se tienen delirios de grandeza desmesurados, el emperador francés puede serle muy útil a nuestro presidente, primero porque vino a cambiar lo viejo por lo nuevo pero nunca despreció la política (hasta escribió textos defendiéndola) y siempre se sintió un hombre de Estado. Además fue Napoleón quien expandió las ideas liberales y republicanas por todo el continente europeo a través del ejército imperial. Pero las ideas novedosas de la época no eran de él solo ni de una secta, eran de las nuevas clases sociales, en particular de la burguesía y el resto del pueblo llano. El sólo intentó universalizarlas. He aquí grandes cuestiones que Milei debería aprender de su admirado Napoleón, en vez de querer ser él, lo que seguramente nunca jamás será.

En el país preconstitucional el empresario es capitalista de Estado y el sindicalista es empresario. O sea que en vez de un sistema de mercado, lo que se construye es un capitalismo corporativo no competitivo y subsidiado por un Estado gigantesco en lo cuantitativo. pero por demás ineficiente en lo cualitativo. En las provincias feudales ni siquiera hay capitalismo de Estado sino patrones de estancia privados que en alianza con los caudillos políticos concentran la economía en sus solas manos, impidiendo todo tipo de libre competencia.

En su defensa contra los alegatos de los fiscales, Cristina se mostró más auténticamente Cristina que nunca, tanto por lo que dijo, por cómo lo dijo y por lo que insinuó.

Cuando el kirchnerismo llegó al poder, adoptarían un discurso progresista a fin de justificar por izquierda la apropiación del Gobierno nacional.

 

La doctora K creó a Amado vicepresidente, Aníbal gobernador, Alberto presidente y ahora acaba de votar en contra del mismo gobierno que inventó.

 

La grieta se hace metafísica cuando creemos que el que piensa distinto, en vez de sostener ideas tan respetables como las nuestras, expresa la mentira o la locura.

 

 

Hoy la Argentina es una torre de Babel donde cada cual habla su propio lenguaje. Con la irrelevancia de las elites y las incomprensiones entre la clase media y los nuevos pobres.

 

 

Los camporistas de Cristina y los piqueteros de Grabois libran una interna oficialista con importantes diferencias, pero donde los unifica un vetusto y retrógrado anticapitalismo.

 

 

Perón era un conductor que sabía seducir a todo el que se le acercaba. Cristina es una ideóloga que sólo seduce a quiénes se le parecen. Pero ella es la expresión del peronismo siglo XXI.

 

 

Esta semana, un mail indiscreto de una asesora sincera pero inexperta en el arte de la simulación política, mostró que la Argentina ha hecho de las vacunas un tema ideológico.

 

 

Cristina Kirchner se ha propuesto dos grandes misiones en esta etapa de su existencia política: convencer al mundo de su inocencia y convencer a la historia de su eternidad.

 

 

En su mundo de paradojas crecientes el cristinismo halló una nueva grieta: entre ellos que defienden al pueblo y la clase media gorila y cipaya que defiende la “faizer” imperialista.

 

El pueblo argentino ya no elige más a sus representantes, sino sólo a qué miembros de la elite cambia por otros. Se trata de una democracia cada vez más restringida.

 

Alberto Fernández ya entendió que su sueño de ser un Néstor Kirchner prolijo con estilo de Raúl Alfonsín es una gran tontería que jamás pudo haber sido ni nunca será.

 

La nueva estructura institucional de la Argentina está concentrando todo el poder en el Congreso cristinista mientras vacía de todo poder al Ejecutivo y a la Justicia.

 

Es muy importante para Alberto ser presidente. Quiere permanecer en ese cargo que siempre soñó poseer, pero al que nunca imaginó llegar. Permanecer con poder o sin él. Lo mismo le da.

 

Algunos consideran al presidente como el de las puertitas del Señor López por sus sumisiones y otros como el Dr. Merengue por sus contradicciones.

 

El peronismo tenía en sus orígenes una lógica redistribucionista, hoy la única lógica que tiene es la subsidiadora.

 

La casta política es peor aún que la clase política. En primer lugar, busca la impunidad y luego exige sus privilegios por pertenecer. Lawfare y vacunagate son sus cartas de presentación.

 

Nuestra elite más que parasitaria es cancerígena: nos consumen para vivir ellos, pero no nos matan porque nos necesitan seguir consumiendo.

 

 

El principal problema del peronismo gobernante es que le falta poder en vez de sobrarle porque Cristina y Alberto se restan en vez de sumarse.

 

 

Boudoulandia es un país donde la identidad nacional deja de ser expresada por San Martín, Belgrano, Sarmiento y Perón para serlo por Boudou, D’Elía, Aníbal y Parrilli.

 

 

 

Para avanzar de Santa Cruz al país entero, el kirchnerismo sintetizó el feudalismo conservador y autoritario con las utopías social populistas.

 

 

El tío Cámpora y el tío Alberto cumplieron el papel de delegados de quien por diversas razones quería, pero no podía acceder a la presidencia de la Nación.

 

Esta semana el presidente estuvo bastante ajetreado, comenzó con la vacunación contra el Covid-19, siguió con la ley de interrupción voluntaria del embarazo y por último con las modificaciones a las jubilaciones.

 

 

Grabois da autoestima a los pobres, pero no con movilidad social sino diciendo que de ellos será el reino de los cielos (y la revolución) solo por ser como son.

 

Página 2 de 3

Top