Domingo, 18 Octubre 2020 11:07

¿El pueblo entero está unido? - Por Dardo Gasparre

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Al ser el fundador de una doctrina como él decía, importa bucear en los orígenes de lo que Juan Perón denominó su movimiento, pese a los años transcurridos, sobre todo para beneficio de las generaciones jóvenes, aún con el riesgo de que a éstas no le interese la historia.

 

De los pocos militares lectores y reflexivos, por eso ponderado por sus camaradas, más básicos. Su Conducción Política muestra -en lo teórico- principios y preceptos éticos, a veces recopilaciones de lo que había escrito en las Noticias y los documentos fundacionales del GOU, que fuera desgranando en sus charlas semanales en la CGT, mezcla de adoctrinamiento, enseñanza, experiencia y consejos casi vizcachescos.

Su conducta, en el camino al poder, no respetó esos principios que predicaba, lo que fue advertido crecientemente por sus compañeros de armas, que las toleraron por interés o conveniencia, y que fueron víctimas de sus manipulaciones, cuando no de sus dobleces o inexplicables claudicaciones. De orientación fascista-franquista, era un pragmático y así lo demostró.

Carrera golpista

Su carrera golpista comienza con el derrocamiento de Yrigoyen en 1930. El Capitán Perón se deja convencer por el Teniente General José Félix Uriburu de la necesidad de deponerlo para recuperar la honestidad de los políticos y la eficiencia en la gestión. Le dura poco la convicción, y tres días antes del golpe cambia de bando y se pasa a las filas de otro golpista, el General Justo, comenzando un juego de intrigas que duraría hasta 1945. Después haría su contrición por ese golpe y reivindicaría al caudillo radical, tras denostarlo en cuanta oportunidad tuvo. Esos cambios de posición y de bando le valieron la desconfianza y el encono de muchos colegas. 

Agustín P. Justo, elegido con fraude, fue el primer intento de continuidad democrática del ejército en la presidencia. Perón es designado secretario del Ministerio de Guerra, donde empieza a captar la admiración y la obediencia de la oficialidad joven. Ese ministerio fue el pivot sobre el que giró la influencia y el poder del futuro líder. Tras lo que se llamó la Década Infame, y de proscribir la candidatura del expresidente Alvear -que podría haber cambiado la historia- Justo es sucedido, tras otro fraude, por Roberto M. Ortiz, que comete dos errores fatales: muestra su preferencia por los aliados y paradojalmente, inicia una cruzada contra el fraude político. Obviamente es obligado a renunciar, por el ejército y los partidos políticos, en lo que coadyuva su diabetes que lo lleva en breve a la muerte. Lo sucede su vicepresidente Ramón Castillo, proeje y con menos pruritos electorales.

El país mostraba una grieta política insalvable. Lo que se denominaba nacionalismo neutralista y lo que se llamaba liberalismo proaliados. En realidad, una parte muy importante del ejército, de los partidos políticos y de los intereses económicos, estaba en favor del nazismo o del eje Alemania-Italia-Japón. Se oponían a la ruptura o a la declaración de guerra contra Hitler que urgía la diplomacia americana. La excusa evidente era la neutralidad soberana, que se veía o se esgrimía como un valor. A eso se agregaba la tentación de las promesas de armamentos que ofrecían uno y otro bando, (reales o percibidas) y el sistema mussoliniano donde las fuerzas armadas eran el brazo industrial del Estado, junto a algunos empresarios amigos. Por eso los gobiernos, antes y después de 1943, basaban sus planes, o sus promesas, en industrias de petróleo, acero y armamentos dirigida por militares, aeropuertos y ferrocarriles bajo control militar, aviones y todo lo que se considerara estratégico.

Ahí nacen los sueños posteriores de la aviónica, los astilleros, la bomba atómica y otros sonajeros con que se entretenía a los sectores influyentes. De ahí florece luego el proteccionismo, un daño colateral del fascismo.

Relevancia electoral

Simultáneamente, crecía el fenómeno combinado del anarquismo, el sindicalismo y el comunismo, con metodologías que tendían a parecerse, junto al auténtico reclamo social que surgía de la clase trabajadora, hasta ese momento olvidada y relegada. Perón, habituado al trato con los reclutas y soldados provenientes de las clases más pobres, entendía la importancia de ese sector y su relevancia electoral, sobre todo en la medida en que el fraude tendiera a disminuir.

El ejército se consideraba con autoridad moral para corregir la corrupción política y también satisfacer los reclamos obreros. Eso creó una pátina de legitimidad al golpismo. Esa postura de tutelaje, los planteos, los comunicados, las frases, las conspiraciones en las que participó Perón, a veces como figura central, antes de su elección, fueron similares a las que luego terminaron derrocándolo y condicionando a la política por décadas.

Eso llevó al expresidente Justo a encabezar otro golpe que depuso al presidente Castillo, ayudado por la ola de apoyo a los aliados que provocó Pearl Harbor. (Junto a la presión americana cada vez más impaciente) Tanto el Ejército como los gobiernos y los partidos, bailaban un extraño minué de mentiras y seducción, coqueteando con los dos bandos bélicos. Y viceversa. El cebo era el armamento, la savia de las fuerzas armadas. Nunca lo conseguirían.

En ese momento se crea una logia que sería clave para el plan de Perón: el GOU. La sigla, según sus documentos fundacionales, corresponde a la denominación Grupo Obra de Unificación del ejército. (Por un corto período se creó un grupo organizador y unificador con la misma sigla) El término Obra trae otras reminiscencias.

Ese grupo, pese a durar sólo un año, fue clave en los procesos que llevaron al 17 de octubre de 1945. O que llevan hasta hoy. Se trataba de una agrupación de oficiales superiores (no generales), que juraron lealtad incondicional al ministro de Guerra Ramírez y que firmaban su pedido de retiro en blanco como garantía de subordinación. Se atribuye a Perón la redacción o co-redacción de esas bases. Se juramentaban contra el comunismo, los políticos y el judaísmo, representados por la masonería y el Rotary club. Así reza en sus documentos.

Con esa herramienta, Perón espía, persigue, doblega voluntades, consigue lealtades y obediencias, y gana un fenomenal predicamento interno. El GOU crece y tiene gran influencia en designar al General Rawson como sucesor de Castillo, para reemplazarlo a los tres días por el General Pedro Pablo Ramírez, formado en Alemania y pronazi.

El desplazamiento de Castillo debía serle comunicado por oficiales del GOU y Perón estaba expresamente convocado para esa gestión, pero desapareció hasta el día siguiente, cuando la revolución ya había triunfado. Los coroneles que lo fueron a buscar a su departamento, sin suerte, sostuvieron que se había ocultado. Muchos camaradas no olvidaron ni perdonaron ese renuncio.

Designado Ramírez presidente, el GOU cambia su juramento escrito. Reconoce como Dios al General Ramírez y jura obediencia ciega al ministro de Guerra, el General Farrell. Perón es designado como segundo en importancia en ese ministerio. Desde allí prosigue su tarea de captar a la oficialidad joven. También capta la voluntad de Ramírez. Los puestos clave del gabinete, hasta la jefatura de policía, fueron ocupados por miembros del GOU, de orientación proeje. La esposa de Ramírez llega a sostener que en la Casa Rosada “le daban algo de tomar” a su marido que le alteraba su voluntad. Peor manipulación sufre Farrell, que duraría hasta su ocaso. Para preservarse de algunos enemigos, el fundador del justicialismo refuerza aún más la delación en el GOU.

El papel de Avalos 

El enojo contra Perón y contra Farrell por elevación, lleva a un grupo de oficiales de Campo de Mayo a intentar un planteo ante Ramírez para desplazar a ambos. Pero el primero se entera por los sistemas del GOU y advierte a Farrell, que pulveriza a los disconformes, los pasa a retiro o los destina a los confines. El intento hace que Perón decida fortalecer su relación con el coronel Ávalos, comandante de esa guarnición, a quien subyuga y eleva a los máximos rangos de la logia. Tendría un papel vital en el futuro cercano.

Las circunstancias y el propio pronazismo exagerado de Ramírez van mostrando por contraposición a Farrell y Perón como más afines a la idea aliada. Mientras el Presidente envía misiones secretas a Berlín, Perón comienza a ser percibido como el único que puede evitar un giro obrero hacia el comunismo, otra herramienta argumental poderosa. Así, consigue ser designado en octubre de 1943 en la Departamento de Trabajo, que convierte al mes siguiente en la Secretaría de Trabajo y Previsión, con retención del cargo en el ministerio de Guerra. Llega a existir unanimidad en el ejército sobre la eficacia de la tarea de Perón en esa área, se otorgan varias concesiones a los trabajadores, y el poderoso coronel Ávalos lo visitaba en la Secretaría. Se comenzaba a digerir la posibilidad de una candidatura peronista. En diciembre una delegación de cadetes de la escuela militar lo visita en su despacho de la Secretaría.

El 31 de diciembre el presidente Ramírez y su ala del gabinete pronazi disuelven los partidos políticos, y declaran un estado de sitio dictatorial virtual. Luego terminaría, por desesperación ante la presión americana, que amenazaba revelar la participación argentina en la revolución boliviana, por romper relaciones con el eje. Pero la suerte estaba echada. El 9 de marzo de 1944 Ramírez presenta su renuncia y delega el cargo en Edelmiro J. Farrell, quien designa ministro interino de Guerra al coronel Perón, con retención de su cargo en la Secretaría de Trabajo, obvio. Una vez más, el líder se abstuvo de impedir el derrocamiento de Ramírez a quien había jurado lealtad. “He dado mi palabra al ministro de no participar” fue su excusa.

De estos episodios comenta Robert Potash: Para los militares y civiles ultranacionalistas, Perón era ahora un traidor a la causa …cuya claudicación en el momento de la ruptura fue la más pérfida para la neutralidad que había jurado defender”. La respuesta fue simple. Disolver el GOU, que obligaba a obedecer a Ramírez y a que los militares no asumiesen cargos públicos. Al mismo tiempo, enviaba sus voceros a explicar su proyecto presidencial a la embajada americana. Si bien no obtuvo respuesta, se distanció del nacionalismo pronazi.

En menos de un mes, es confirmado como ministro de Guerra y designado vicepresidente de la Nación en julio de 1944. Un caso único de tres cargos simultáneos y multifacéticos en una sola persona. En otro salto colosal, en febrero de 1945 Perón tiene una reunión con el Departamento de Estado americano, también secreta y sin registro, y simultáneamente promete a las fuerzas armadas nuevos armamentos americanos y pocos días después Argentina declara la guerra al eje. Lo que exigía Estados Unidos.

Se aceleran los tiempos

A partir de ese momento se aceleran los tiempos, vertiginosamente, en una especie de sainete, o de opereta, recordando la obra de Lloyd Webber que nunca se pudo ver en Argentina. Perón se dedica a aparecer como enemigo del gobierno y de los militares, cada vez más con más deliberación y con más sobreactuación. Al mismo tiempo, aumenta las concesiones a los trabajadores, reparte conquistas sociales y de paso hace lo mismo con las fuerzas armadas, tanto en lo económico como en los ascensos.

Aparece como enfrentado a sus aliados, como el general Ávalos y el propio Farrell y a su amigo el contralmirante Alberto Teisaire con la excusa de la designación de Oscar Nicolini, un amigo de Eva, como jefe de correos, el propio ex GOU hace un planteo para desplazarlo. El 9 de octubre de 1945 es despojado de sus tres cargos y encarcelado. (Por tres días, eso sí) Sin embargo, se le permite dirigirse en un incendiario discurso por radio a la clase obrera el 10 de octubre, y luego, en un recurso muy actual, se declara enfermo y es traído al Hospital Militar ante su negativa a recibir a dos médicos que se designaron para revisarlo. Inconcebible en un gobierno totalitario y supuestamente enojado con él.

De inmediato Perón organiza una concentración obrera, que nunca fue espontánea, como se cuenta. Allí lo ayudan denodadamente un sobrino de su amigo el coronel Domingo Mercante, Hugo Mercante y una “rubia secretaria”, de abnegada tarea, Isabelita Ernst, convocando a la movilización.

El ejército había ayudado a la convocatoria, primero al amenazar con un manifiesto con la entrega del poder a la Corte Suprema, una humillación para las fuerzas armadas, que serían reputadas como fracasadas. Segundo, al proponer un juicio a todos los militares que habían participado en los golpes, y tercero, al no liquidar el feriado del 12 de octubre recientemente concedido por Perón a los trabajadores.

Se le ordenó al general Ávalos, jefe de la guarnición Campo de Mayo, disolver la manifestación que entonces constaba de 10.000 personas, que la Policía Federal había permitido sin reacción alguna. Acató la orden, pero nunca llegó. Dicen los historiadores y otros intérpretes de la realidad, que se debió a que no quiso causar una tragedia. Un golpista considerado.  Las estimaciones confiables de la concentración oscilan entre las 130.000 y 180.000 personas. En ese momento ya era imparable. Ávalos tuvo que hablar con Perón y pedirle que calmara a la gente, Farrel tuvo que aceptar las condiciones de Perón y reponerlo en todos sus cargos. Perón aceptó prometer que no se postularía a ningún cargo electivo. Obviamente mintió de nuevo.

Todos los reclutas fueron de inmediato licenciados, lo que impedía cualquier reacción posterior del gobierno. Y los oficiales opositores al coronel triunfante fueron retirados o desperdigados por el vasto suelo nacional. Al día siguiente The Times de Londres titulaba: Todo el poder a Perón. Con el lema Braden o Perón, (Braden fue un embajador americano que estuvo pocos meses y que se enfrentó al nuevo líder con una marcha multitudinaria, ¿deliberadamente?) y con el andamiaje de una coalición (valga la comparación con la actualidad) basada en el Partido Laborista, el padre del justicialismo ganó las elecciones y se consagró presidente de la Nación. Una continuidad democrática de su propio gobierno golpista militar. ¿Quién engañó a quién?

Pocos meses después, el Partido Laborista fue disuelto a pura prepotencia, y su jefe, Cipriano Reyes, el jefe del sindicato de Frigoríficos que había sido un pilar fundamental de la marcha del 17 de octubre, fue castrado por la picana de los hermanos Cardoso, el brazo tenebroso del justicialismo. La otra cara de la lealtad peronista.

N. del A: Al analizar el largo proceso del increíble (sic) vía crucis peronista, es imposible no recurrir a las notas de la época de La Prensa. Defensor inclaudicable de la Constitución, la democracia y del accionar aliado en la Segunda Guerra, este diario y su gente sufrieron las consecuencias de la defensa de sus ideas contra la amenaza nazi-fascista, los golpes de estado y el fraude político. En esa lucha, sus propietarios, su redacción, cada uno de sus integrantes en todas las áreas, cumplía la tarea obsesiva e imposible de abandonar del periodismo: estar del lado de la sociedad y la verdad. Esta nota es también un homenaje a todos los que son y fueron La Prensa, en la víspera de su 151º aniversario. 

Dardo Gasparre
Twitter: @dardogasparre

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