Domingo, 15 Agosto 2021 10:38

Argentina hiede - Por Dardo Gasparré

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Lleno de cadáveres reales y virtuales, sin principios ni valores, el país despide un hedor trágico y terminal

 

Todo proceso electoral, aun una elección interna -o nada menos que una interna- contiene una cuota de esperanza, de remota esperanza, aunque más no fuera, a la que los ciudadanos se aferran, que mantiene sus sueños vivos y que les hace seguir creyendo en esa inasible y redentora promesa de justicia, derechos y libertad a la que llaman democracia. 

Así debería ocurrir ahora. No sucede, lamentablemente. Y no hay razones sólidas para pensar de otro modo, a poco que se analice con racionalidad y buena fe. Comenzando arbitrariamente por lo económico, que más allá del orden de importancia, es la base práctica sobre la que se construye el bienestar moderno, la salud, la educación y hasta la convivencia. Y de la que se van desgranando luego todos los aspectos que hacen a la estructura de una nación, y si se prefiere, a la esencia misma de la patria, ese acto perpetuo, aunque parezca romántico.

Estos menos de dos años de gobierno parecen un manual deliberado de todo lo que no debe hacerse, de empoderamiento de la ignorancia, de desprecio por los valores, la cultura, la moral, la decencia, la capacidad, la verdad, la formación, la palabra, el compromiso y la vergüenza. Como si deliberadamente se hubieran segado de raíz todos los componentes que ligan a una sociedad, que la cohesionan más allá de discrepancias, la capacidad de reconocer en el otro a un compatriota.

No es que se crea que los gobiernos previos hayan sido virtuosos, ni mucho menos. Ya se ha analizado hasta el aburrimiento el pasado, se ha recorrido su historia verdadera y su historia falsificada. El sistemático envenenamiento del alma nacional, el deliberado encono fomentado entre argentinos, y también la aplicación empecinada de teorías fracasadas en todas partes, partiendo de las económicas, que finalmente son causa u objeto de todas las dictaduras, con cualquier apodo o signo. Pero estos casi dos años fueron el colofón, el golpe de gracia, el ensañamiento sobre un país moribundo, convertido hoy en carroña de la que se alimentan tantas aves de presa.

Un futuro negro 

Volviendo a la economía, sería una traición intelectual hacer que se alberguen esperanzas sobre el futuro nacional. Sin crédito, sin moneda, sin respeto, sin inserción alguna en el mundo, sin siquiera conciencia, sin seguridad jurídica de ninguna clase, sin seguridad sin aditamentos, con una conducción donde pareciera que deliberadamente se ha designado en cada cargo a un incompetente o un ignorante, sin inversión, ni inversores, emprendedores o innovadores con algún interés en probar suerte localmente, salvo aventureros parásitos, amigos o amantes de La Nueva Clase que regentea los destinos nacionales. Y sin vocación mayoritaria de trabajo, deliberadamente desalentada.

La inflación, que no se llama hiperinflación a esta altura simplemente porque los técnicos tienen miedo de nombrarla de ese modo, es el resultado de todos los populismos, que han sido muy bien definidos como la coima que los gobiernos que luego serán tiránicos pagan a los votantes para que los elijan. Basta ver los números de empleo estatal, subsidios, planes, jubilaciones regaladas, pensiones, AUH, financiamiento del estado con fondos de ANSES y similares, de todos los presupuestos, para no tardar en comprender que no existe ninguna posibilidad de despegue de la economía, ni de mejora institucional, ni de reformas de fondo o aún menores que tiendan a mejorar ninguno de los aspectos importantes de la vida nacional. Argentina es un país de individuos dependientes del Estado. La coima electoral suprema.

El desastre generado deliberadamente en la exportación de carne –cuyo ensayo general ya había realizado Cristina Fernández en su presidencia y que aún no se había terminado de revertir- palidece frente al daño inmediato y de expulsión de riqueza y empleo que implicará la nacionalización de la Hidrovía, cuando alguna vez el Paraná vuelva a crecer. (Ahora se empieza a culpar a La Niña del futuro azote sobre las cosechas) El cepo cambiario desesperado, que se agrava con más medidas ridículas y contraproducentes en cada fracaso de cada regla adicional de un gobierno que además hace alarde de su incompetencia, y que también tuvo su ensayo general durante la previa presidencia de la viuda de Kirchner, es como el pulgar bajado del emperador, que condena al gladiador a ser decapitado por su rival o al cristiano a ser comido por los leones.

Nadie serio puede predecir otra cosa que un empobrecimiento aún mayor. Ello, antes de incorporar la idea que ahora se hace repetir como propuesta salvadora a la candidata-esposa-locadorabenefactora Tolosa Paz, tendiente a transformar en permanente el asalto del impuesto confiscatorio a la riqueza, que no por previsto, deja de ser un decreto de expulsión de cualquiera con intenciones de progreso. ¿Cuál sería el panorama optimista que se esgrimiría como augurio para no salir huyendo como de un edificio que se derrumba, con perdón por el triste recuerdo?

Seguramente la pandemia agravó la crisis económica. Pero mucho peor que la pandemia fue el manejo al voleo de las cuarentenas –que ahora mismo han desaparecido de golpe irresponsablemente por razones puramente electorales– y todos los intentos de manipulación de los factores económicos y de las variables y los ataques impositivos, de los atentados a la producción y el desconocimiento irresponsable y a veces doloso del funcionamiento de los mercados y de las actividades diarias de la vida nacional. Más todas las declaraciones diarreicas de repetidores seriales de consignas, sin olvidar el tozudo fracaso en la consecución de vacunas, los vacunatorios vip, la morosidad de las aplicaciones, las manipulaciones, la politización del virus, los raros negocios con Rusia y con sospechados estaempresarios, el capricho antipfizer. (Capricho en términos suaves) Todo ello de directa repercusión y efecto en el plano económico.

Quienes, como Santilli ayer, proponen la unión nacional, un Pacto de la Moncloa, un acuerdo patriótico, no conocen de historia ni quieren leer la realidad, ni tampoco están cerca de la verdad, ni mucho menos de la realidad política. Sin el Euro y sin el subsidio de Europa, ¿cuáles serían los grandes cambios que se ensayarían localmente? Ni siquiera se han tomado el tiempo de debatirlos ni proponerlos en esta campaña de busca de conchabo. Argentina, además, está plagada de grandes acuerdos nacionales y de pactos históricos, todos fallidos y frustrantes.

Un paso de comedia 

Entonces, como si en medio de la tragedia hiciese falta insertar un paso de comedia, aparece la foto de Alberto Fernández y su entourage en Olivos para ocupar el centro de la discusión. Y todo el mundo finge sorprenderse. Como si nadie hubiera comprendido que -en una suprema ofensa a los ciudadanos y a las instituciones- el país está gobernado por una excéntrica construcción bipolar de la expresidenta, que derrama sus odios conventilleros e ignorantes sobre la república, que ha inventado la presidencia de un doppelganger mentiroso, con un Polinchinela trágico y ridículo que gobierna por control remoto, y del que ahora, en una proyección de su bipersonalidad intenta separarse y hasta acusar de todo el mal que ella misma produjo antes y ahora, un truco indio aprendido del fundador del movimiento, que cada vez que sus planes le estallaban en la cara acusaba y llamaba traidor a los Paladino, Matera o Cámpora de la época, sus delegados títeres. En un intento de borrarse, como tantas veces en la historia reciente, de los dramas que la signaron, la mandamás le echa la culpa a su reflejo en el espejo que ha imaginado para seguir reinando.

Cada discurso que intentó el presidente para congraciarse con ella terminó siempre en una irrisoria entrega de enojo, dedito parado, citas erróneas, (algo obvio si los colaboradores son incompetentes) amenazas y frases y citas falsas que nadie toma en serio, salvo para perder la poca confianza que resta. No muy distinto que las piezas oratorias de su manejadora, como las del jueves, donde explicó que Marcela Tinayre era la economista en la que se basaba para sus comparaciones con la economía mundial, ni a la persecución implacable que libra su favorito Kicillof contra la restaurateur y cocinera Maru Botana, que osó romper la cuarentena sacrosanta con sus hijos, en un acto seguramente mucho más grave que la venta de las acciones de YPF a Eskenazi, o de Edenor a Vila-Manzano.  

Sin minimizar la grosera burla a la sociedad que recluyó dictatorialmente y que la foto pone en evidencia -reiterada prueba del cinismo precario del presidente y su ética y conducta flexibles- Cristina está ahora procediendo como una peronista clásica de los últimos 65 años librando su interna partidaria sobre el cuerpo herido de la nación, costumbre que es una constante, que costó la vida a los Alonso, los Vandor, los Rucci o los Ibáñez,  y a miles de argentinos asesinados o martirizados por el terrorismo partidario a quien Perón felicitó por el asesinato de Aramburu. ¿Esperaba algo diferente la señora Kirchner de quien la denostó hasta el insulto antes de ser su presidente asociado designado?

Cristina acusa a Fernández de haber hecho lo que ella le ordenó.

Ajedrez sin reglas 

En ese delirante ajedrez sin reglas, con sólo una reina en el tablero, aparecen las ofrendas del primer mandatario a su jefa, como en el caso del terrorista comunista Jorge Taiana, a cargo de terminar de hacer desaparecer la moral y el orgullo de las Fuerzas Armadas, si aún queda alguna moral y algún orgullo, en reemplazo del amanuense cristinista Rossi, que respetó religiosamente la función especializada de La Cámpora de comprar el armamento militar. Lo que llevó a maniobras de corrupción descarada de esa troupe, que pedía coimas desenfadadamente a los proveedores, y que culminó en las raras compras de helicópteros rusos al destacado CEO de una secular automotriz. Los helicópteros usados costaban 100.000 dólares, la certificación para poder volar, una fortuna. Otro truco indio, revolucionario.

Taiana, en un acto de invasión deliberada de las funciones de otro ministerio, reclamo del presidente Biden que echara a Luis Almagro de la Secretaría General de la OEA, una muestra de prepotencia, infantilismo no superado, ignorancia funcional, y, sobre todo, absoluta irresponsabilidad en el manejo de las relaciones exteriores, tarea que no le corresponde, aunque le hayan ordenado que sí.

También las maniobras con las vacunas, que se compraron de entrada a los países más corruptos del mundo y mediante los intermediarios más coimeros, son fruto impune de la gestión del monstruo bicéfalo que ocupa el sillón de Rivadavia, una de cuyas cabezas parece querer dar un golpe de estado contra la otra, una especie de mito griego de entrecasa. Nadie se ha preguntado hasta ahora por qué, frente al pronosticable incumplimiento de Rusia, un país tenebroso y hampón, se encomienda la redacción y el envío de una carta de protesta traducida por Google a una funcionaria tangencial y no a algún funcionario relevante y con protagonismo en la compra. Y si se preguntó nadie ha respondido, al menos. Cualquiera con unos años vividos les explicaría que los que reciben retornos suelen quedar inhabilitados para reclamar ante quienes lo coimearon. Pero nadie fue culpable de las muertes de quienes esperaron varios meses con la primera dosis de Sputnik, apenas más efectiva que el agua destilada e inútil por el simple paso del tiempo.

La corrupción mata más que el virus. Y suele ser multipartidaria. Y multisectorial. En este mismo momento el gobierno está inundando de avisos en todos los canales abiertos y por cable, repetidos dos y hasta tres veces por tanda, donde se muestran escenas de vacunación con la leyenda “Argentina produce la vacuna”. Para empezar, será la vacuna contra el sarampión, porque la anticovid, no. Nadie ha puntualizado el hecho de que es una mentira flagrante, que refiere de paso a otro manejo turbio en la historia vacunatoria oficial. Tampoco ningún partido ni ningún canal en sus programas periodísticos ha hecho mención del hecho de que los montos involucrados en la campaña exceden con mucho lo permitido como publicidad autofinanciada, a menos que los generosos amigos del copresidente, que le costearon su casa habitación en el barrio rebelde de Puerto Madero, también hayan contribuido de su peculio a la campaña. Obviamente, es un buen negocio para todos. ¿Cómo protestar?

Perón, el peor daño 

¿El peronismo es el único culpable?  No. Pero lo es en buena parte. Y salvo la ideología con que Alfonsín embarró la Constitución, ningún daño fue tan grave como los de Perón y sus continuadores. Laceraron el tejido medular de la República. Y se recordará que, aún en los casos de los gobiernos de otro signo, el sindicalismo, o las mayorías legislativas peronistas, se ocuparon de boicotear todo cambio o toda corrección a los evidentes excesos. Cuando no de voltear a los gobernantes legítimos. O si no, recurrieron a los piqueteros, los apedreadores, los guerrilleros o cualquier otro de los instrumentos usados por el populismo justicialista o sus otros apodos. Se puede hacer un largo listado de ejemplos. (Lo que enojaría más a los troles que dejan sus insultos en los comentarios de la nota en la madrugada)

Para mostrar hasta dónde han calado esas ideas milagrosas del militarismo del 43, de la Cepal, de la Teología de la Liberación, del documento de Aparecida, del de Puebla, inspiradas por tantos prohombres, desde Mussolini a Perón, desde Castro a Chávez, desde Maduro a Cristina, desde Prebisch a Stiglitz y su discípulo Guzmán, bastaría recordar que Juntos por el cambio, o Juntos, hasta hoy la principal oposición al oficialismo cristinista-peronista-populista, está propugnando alianzas con el peronismo bueno (ponele, dirían los tuiteros) para salvar al país. En esa línea, ha ocultado a la más prestigiosa figura, Patricia Bullrich, y al propio Macri, que parece no merecer ni una diputación. Seguramente porque piensan que sus candidatos tienen que ser más peronistas, o proceder como ellos. Un acto de sometimiento y resignación notable.  No sólo hay trans de género. Surge una pléyade de políticos no binarios, que simplemente no tienen el coraje de marcar las diferencias y no quieren tomar riesgos en su camino a un trabajo seguro, permanente y bien remunerado.

Pero esta es una descripción del pasado, consecuencias fáciles de deducir, evidencias casi. El problema más grave es otro. Que no pasa solamente por esta elección, donde más allá de que acceda al Congreso algún diputado o senador que ofrezca perfiles más democráticos o sólidos, de que la señora de Kirchner obtenga mayor impunidad o lo opuesto, no surge de las matemáticas un cambio rotundo en términos de mayorías políticas. Ojalá que termine siendo un Congreso mejor y ojalá que esta columna se equivoque en el cálculo y que la composición de las cámaras resulte sorpresivamente buena.

Necesitamos estadistas 

Pero el problema de fondo, el verdadero, no se limita a lo planteado. El mundo futuro, que empieza mañana, requiere, en especial para los países productores de materias primas, con economías que generosamente se llamarían en desarrollo, políticos que sean estadistas, gobiernos señeros y fundacionales, casi excluyentemente. Un estadista, para dejarlo claro, es un político al que no le interesa tomar medidas populistas para comprar los votos necesarios para ganar la próxima elección.

Esos gobiernos de esos países tendrán que negociar con las grandes potencias en su guerra comercial, fría o caliente. Tendrán que enfrentarse a un mundo proteccionista, que no le comprará tan fácilmente sus producciones. Se protegerá como hace Europa, que impide o limita por todos los medios la entrada de productos agrícolas o ganaderos. O se usarán medias ambientalistas, desde la carne sintética de gusanos, las flatulencias de las vacas u otras restricciones aduaneras. O como Estados Unidos, dejará de comprar porque las condiciones laborales no son iguales a las locales, o con cualquiera de las múltiples excusas.

El mundo digital requerirá mercados de libertad y seguridad jurídica para la inversión, los inversores, emprendedores y los movimientos financieros, un tipo de cambio no manoseado, con sistemas predecibles y leyes laborales flexibles, que promuevan los nuevos empleos. Seguramente exigirán mucha más pureza competitiva y de producción a los países pequeños que a sí mismos. Y luego agregarán los condicionamientos. Estados Unidos no querrá que se compren productos tecnológicos chinos, por ejemplo. Ya el FMI está diciendo que apoyará la prórroga al pago de la deuda argentina por 10 años a cambio de que no se use la tecnología 5G china. Y apenas comienza. 

Las dos grandes potencias tratarán de lograr que los países como Argentina sean héroes, o mártires, en su lucha entre sí por ser la primera economía mundial. Por eso tales países pastoriles necesitarán gobiernos inteligentes, creativos, hábiles, honestos, capaz de aliarse entre sí, de encontrar contrapartidas a las presiones, de negociar sin alinearse, o de alinearse a cambio de amplios soportes, no de una coima, o de un pedido de ayuda desesperado. Ni por ideología o por un pacto de impunidad con otros gobiernos igualmente corruptos o populistas.

Imagínese ahora al gobierno argentino, con una economía destruida, sin crédito, sin inversión, sin confianza, con fama de corrupto e impredecible, mal pagador, negociando condiciones en el escenario geopolítico global. Sin alianzas por culpa de su adhesión ciega a Puebla, integrado por fanáticos, negociando explotaciones mineras vitales para los autos eléctricos, por ejemplo. O la pesca, la hidrovía, las exportaciones, el toma y daca mundial dirigido por inútiles ideologizados. O por coimeros, de cualquier partido. Explicando a Estados Unidos que si quiere que deje de comerciar con China debe ofrecerle igual trato norteamericano que lo que recibe de los chinos, o cancelando acuerdos indefendibles con China o Rusia por los que esos países sienten que pagaron a alguien algún retorno.  Sumado a la incapacidad de adaptación a cualquier clase de negociación sana que se pudiese encarar.

Todo esto matizado por una colección de funcionarios que no entienden cómo funcionan la producción y la inversión tanto localmente como en el mundo, o que nunca permitirán la adaptación del sistema a las reglas mundiales. O que son capaces de vender sus favores, o sea de vender al país. Que regalan soberanía a comparsas de indios mapuches que se transforman planificadamente en gobiernos autónomos que ahuyentan a las empresas, al esfuerzo, al trabajo y a la inversión. Desguazando a la república en su base misma, el orden social y político. 

El proteccionismo hunde 

Todas las etapas en que la humanidad eligió el proteccionismo como salida o remedio de una crisis terminaron en la explotación miserable de los productores de materias primas. La Segunda Guerra Mundial pareció corregir eso, hasta que Gran Bretaña no pagó la deuda con el país y Estados Unidos, que intervino para resolver el problema, tampoco cumplió. Se requieren en un futuro, que empieza ya mismo, gobiernos capaces, inteligentes y honestos que sepan enfrentar y resolver esos problemas y desafíos.  Y dentro de la honestidad se incluye no forjar alianzas en función de las conveniencias ideológicas o de impunidad, sino en función de intereses, como se sabe, pero no se hace. Y no defender a los grandes dictadores de la región, aunque sean compañeros en tomar y conservar el poder autárquico, en la defensa común de la impunidad o en la búsqueda de un imperio único regional. 

El peronismo no es el gobierno apto para capitanear el barco de Argentina en esta larga y difícil etapa que se viene. Ni el sistema político es el adecuado para conseguir ese tipo de dirigentes. Ambos saturados de presidentes, gobernadores, intendentes, punteros y sindicalistas más cerca de la mafia que de la institucionalidad y la democracia. Nadie ignora que donde se levanta una piedra se encuentra el cadáver de algún serio delito, alguna tramoya o algún desmanejo grave o gravísimo. Cadáveres que huelen. Sin culpables. Sin condena. Una complicidad política silenciosa, que, esa sí, no es exclusividad peronista. Cristina sabe todo. Esa es su arma secreta. Por eso la protesta política o dirigencial suele ser meramente formal. Evidentemente formal. Por eso a veces estalla el grito impotente de “que se vayan todos”.  Y difícilmente habrá solución socioeconómica mientras esa situación, y ese sistema, no cambien.

Tal vez eso ocurra, pero no será en una elección, sino en varias sucesivas. Ojalá que se esté ante el comienzo de ese cambio. Pero el futuro hoy es ominoso, incierto, proceloso, y encuentra a un país exangüe, debilitado, marchito, desorientado y entregado, en ambos sentidos del término. Esta elección, en esa situación, no es una esperanza. Es la búsqueda de un milagro. Pero la columna no cree en milagros.

Dardo Gasparré
Twitter: @dardogasparre

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