Domingo, 07 Noviembre 2021 10:35

Rumbo a una nueva decepción - Por Dardo Gasparré

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Se debe comprender que las elecciones de medio término sólo son la oportunidad de iniciar un cambio que llevará una década, cuando menos.

 

La confusión política es generalizada. Tiene entonces sentido ensayar alguna evaluación propia que contemple todas las opciones posibles y viables, para no aparecer convalidando alguna suposición, encuesta o rumor como más factible que otras alternativas, u otros intereses. 

A partir de que el Gobierno ha explicitado con tremenda crudeza y casi infantil sincericidio su idea liminar de cambiar el resultado de las PASO mediante el uso de la coima al votante, los punteros, los gobernadores o quien rayare, todo puede suceder. (Una forma de fraude, aparte del temido fraude directo) Tanto por la eficiencia ampliamente demostrada por el peronismo en el manejo de esas herramientas monetarias exprés, como por la también evidenciada vocación del resto del sistema en sumarse a tan particular mecanismo de persuasión. La corrupción política es el único mercado que opera con total libertad en Argentina, y sin precios máximos ni controles. Abrir una discusión sobre si el uso de “la platita” en todos sus formatos puede servir para torcer el resultado electoral es macondiano, kafkiano y bananero, por lo que no parece serio arriesgar pronósticos, sobre todo si quien opina no se ha graduado en tarotismo.

Parece más prudente y serio partir del supuesto de que puede pasar cualquier cosa. La intervención del “aparato peronista” y del “aparato sindical y piquetero”, con sus formatos de mafia clásica y de mafia de última generación agregan otro componente cuyos resultados son difíciles de evaluar, en cuanto reinan en el corazón del sistema negro del país, además del sistema “en negro” que caracteriza nuestra economía, nuestro delito y nuestra política, que muchos consideran que constituyen la misma cosa, de la misma idiosincrasia y nivel.

Hay quienes intentan suponer que el votante está harto del peronismo y que sólo tomará la coima y luego votará por quien se le de la gana, aunque la columna no se atreve a garantizar que en una buena parte de la sociedad exista semejante capacidad de razonamiento, de honestidad, de viveza y aún de inteligencia. O de valentía.

El reparto de solidaridad  y sensibilidad financiera no se ha limitado a la entrega de cash, sino a otros favores, ventajas, regalos, permisos, canjes y demás, a públicos y privados, particulares y empresarios, hasta provincias enteras como Tierra del Fuego y su contrabando legal, lo que no solamente pone presión sobre el futuro inmediato de la política monetaria, sino que agrava todavía más en el mediano plazo los efectos de contar con una sociedad coimeada, corrupta, acostumbrada a no trabajar, lejos de toda grandeza y dispuesta a vender sus favores al mejor postor, sin la menor noción de futuro, viviendo solamente el presente con irresponsabilidad y sin ninguna vocación de trabajo, esfuerzo ni grandeza, por supuesto. De ahí a rematar la soberanía, el territorio o el derecho de posesión y propiedad, ¿cuánto trecho hay?

Digno de Corleone

Para ponerlo más claro, es común escuchar a destacados economistas, muchos de ellos supuestamente liberales, muchos de ellos con la misma formación de este columnista, cuando no largamente mejor, sostener argumentos tales como: “la alta inflación ayudará a que se baje el gasto público que no se puede bajar de otra forma”, que es lo mismo que sostener que un buen incendio que destruya la casa hasta los cimientos abrirá la posibilidad de construir un edificio moderno y con todas las funcionalidades. Pensamiento digno de Vito Corleone. Como quemar un bosque para que paste el ganado. No es solamente la masa popular la que ha sufrido la distorsión de sus líderes.

Pero más allá de la grosería de la coima, fue sintomático ver como casi todos los candidatos fueron después de las primarias cambiando sus propuestas, aún los ganadores, buscando reposicionamientos que -si se observan sin fanatismos- crean muchas dudas, cuando no miedo, sobre lo que se está votando. Lo peor es que casi no hay ningún sector importante donde ello no haya ocurrido. Seriamente hablando, nadie sabe a quién está favoreciendo, ni lo que hará cada uno. Basta comparar los postulados antes y después de septiembre, aunque se hayan disimulados los cambios en los mensajes con bastante habilidad.

Eso crea varias dudas sobre el futuro poselectoral, dado por un lado el hecho de que el gobierno deberá intentar gobernar por dos años más y que los cambios conque sueña un sector de la sociedad requieren una verdadera revolución que dudosamente la ciudadanía esté dispuesta a apoyar. Y los partidos principales tampoco.

Seguramente se logrará un Congreso algo mejor que el actual en lo que hace a las personas, y seguramente se menguará el poder kirchnerista en el ámbito legislativo, pero no se debería abrigar demasiadas ilusiones en una mejora en la justicia, ni en un “escarmiento” que haga que el peronismo aprendiera la lección, porque desde Borges se sabe que esa fuerza es simplemente incorregible. También es probable que, al día siguiente de conocerse el resultado, el oficialismo comience la “caza” de trans, y no precisamente en una línea de preferencia de género o sexo, sino en un alevoso despliegue de argumentos imposibles de rechazar para conseguir apoyos, quórums y coincidencias. No será la primera vez.

Dentro de esa concepción está la agitada y meneada idea de un acuerdo, utopía que, si bien viene desde el principio del gobierno de Macri, ha cobrado fuerzas a partir de 2019 y crece con más vigor ahora, ante el fracaso inocultable del sainete Fernández–Fernández. Nada nuevo tampoco. Siempre que el gobierno que recurre al populismo pierde, suele buscar alianzas que duran menos que un lirio en la nieve de París. Recordar a Perón y a la propia señora de Kirchner.  ¿Cuál es el fundamento de semejante idea? “Como lo que hay que hacer es muy duro, y para no caer en el gradualismo en el que quedó atrapado Macri, hay que hacer un acuerdo con el peronismo que acaba de fracasar, para poder tomar las medidas duras y lograr mantener contenidas a la gente, a los sindicatos, a los piqueteros, a los gobernadores, a los intendentes y a la mitad del país que vive de un regalo permanente del estado”. Suponiendo que el peronismo es capaz de contenerlos y frenarlos.

Semejante argumento es una estafa intelectual. Primero, porque no está muy claro que ni el peronismo ni la oposición principal quieran hacer los cambios que se supone pueden ayudar a reencauzar el país. Basta escuchar lo que dicen, ver cómo actúan sus líderes no sólo en campaña sino en los distritos o áreas en que les toca gobernar. Y aquí cabe recordar, aunque moleste, que el mismísimo Macri, demonizado ahora como el paladín del neoliberalismo, sea lo que ello fuere, explicó en su momento largamente por qué no privatizaría ni cerraría Aerolíneas Argentinas, acaso el monumento moderno a la corrupción e ineficiencia. Antes de pensar en por qué las dos fuerzas unidas podrían hacer lo que no hizo cada una de ellas, habría que analizar si alguna de ellas, separadamente o unidas, tiene algún plan para salvar al país y sacarlo de su agonía. También si el plan es traicionar a las bases y si las bases, ya cebadas, obedecerán.

Por supuesto, en el fondo subyace la idea de que, con la ayuda del peronismo, se pueden tomar las medidas duras mientras el movimiento justicialista contiene la bronca y el enojo de sus filas. Lo que es no conocer al peronismo, ni al argentino, ni a los políticos. Que los medios, los especialistas y los políticos estén discutiendo estos temas a un paso de la elección de medio término, habla al mismo tiempo de la inocencia de muchos, y de lo dañado que está el sistema político nacional. Hay, además, una admiración inconsciente por el populismo peronista de las palomas conductoras de Juntos por el cambio que producen una náusea integral.

Más allá del capital humano

Por supuesto que se puede aspirar a un mejoramiento de capital humano gradual del sistema legislativo y aún político que puede comenzar con estas elecciones de medio término. Tanto en lo que hace a individuos como a ideas. Pero no habría que ir mucho más allá. No se puede olvidar que una buena parte de la tarea para sanear el sistema político pasa por cambiar las reglas del propio sistema, que ha convertido a la política en un Linkedin, en un empleador, en un generador de riqueza y en una oligarquía. Ese acuerdo es el que rige a la República. No un pacto de la Moncloa ¿Alguien cree que se va a romper en nombre de la Patria?  Con toda la buena voluntad y fortaleza que quepa reconocerles, los candidatos no peronistas de hoy pueden concitar la desilusión de la sociedad aún sin hacer nada para merecerla. Las reglas de juego están hechas por los malos, no por los buenos, y no son imparciales.  ¿Digerirá el sistema sacrificar su oligopolio?

Para complicar el análisis aún más, basta ver el denodado esfuerzo que hace Juntos por el Cambio para que no sean electos sus halcones, que se nota a la distancia, y que generará más bronca y desconfianza luego de las elecciones, cuando se vea quiénes han quedado fuera del Congreso tras la matemática del D’Hondt, los acuerdos, las operaciones, el financiamiento a opositores para quitarle votos a algún candidato, o para impedir el surgimiento de alguna fuerza renovadora en serio. Porque el sistema político nacional es eso: una garantía de continuidad.

Este análisis tiene por objeto preparar a los lectores para una tremenda desilusión. La desilusión de quienes creen que sólo el peronismo robó plata con la obra pública. O que la corrupción es monopartidaria, o que la justicia actúa como actúa sólo por las maldades de una persona. O, mucho peor, la desilusión de quienes creen que con este sistema al que llaman democrático, realmente están eligiendo. Y terminan votando a Lousteau, a Manes, a Massa, a Martiniano Molina, a Rodríguez Larreta o a Tolosa Paz, o a algún otro igualmente declamador, o que defienda algún planteo inconducente o superfluo o alguna causa distópica cancelatoria de moda.

Seguramente cada individuo está preocupado por la economía nacional y por su propia economía. El 15 de noviembre, o el día que asuman los nuevos legisladores, o dentro de dos años, la situación seguirá igual o peor. Sin ninguna chance de que se genere trabajo para 20.000.000 de personas, ni de que de esas, aunque fuere la mitad quisiera trabajar, ni que se atraiga inversión, o que se aumente la exportación, ni siquiera de que se garantice un sistema cambiario libre. No hay pacto de la Moncloa que solucione semejantes cuestiones, suponiendo que los pactos pudieran solucionar alguna.

Un casi imposible camino

En un mundo que requiere de gobiernos sólidos, decentes, capacitados, que puedan negociar y navegar en este complejo mundo que se ha urdido, Argentina enfrenta un largo y casi imposible camino con tales carencias, lo que lo pone en manos de cualquiera y lo obliga a negociar desde una posición mendicante, de urgencia y entreguista. Si a eso se le agrega la corrupción que permea todo el sistema, el país está más débil que nunca, navegando a la deriva. Ni siquiera rumbo al témpano final. Los acuerdos que ya se cerraron con China, antes de 2015, son apenas un anticipo. Y China, más allá de la ideología, también tiene “platita” disponible para facilitar los “otros” acuerdos. Ni siquiera se podría imaginar el desenlace de temas tales como el conflicto mapuche. O mejor el terrorismo mapuche.

Estas elecciones llenan de esperanzas y expectativas porque frente a tales falencias, una parte aún sensata de la sociedad sueña con recuperar una línea patriótica de grandeza y de trascendencia que alguna vez tuvo y que aún no sabe en qué curva de la historia perdió. Pero estas elecciones no resuelven nada. Es de esperar que marquen el inicio del camino hacia una dirigencia política mejor, más patriótica, (con perdón) que no se limite a prometer lo que la sociedad quiere que se le prometa, sino a convencer a esa sociedad de que el bienestar tiene un precio de esfuerzo y hasta de sacrificio que nadie puede evitar.

Seguramente eso es más difícil cuando tantos otros países, con iguales deterioros en su dirigencia política, pregonan las mismas pautas suicidas que Argentina confundió y confunde con derechos.  La idea de votar y darle a la mayoría lo que se le antoje es simplemente una mentira. La inflación es uno de los precios de esa mentira. La corrupción es un atajo engañoso y mortal. El cambio tal vez empiece el 14 de noviembre. Ese sería el verdadero triunfo. Pero sólo será el comienzo, apenas, el camino es largo y duro. Tratar de acortarlo o suavizarlo es caer en el círculo vicioso del fracaso de nuevo. Entenderlo y hacer que se entienda es el verdadero acuerdo nacional.

Dardo Gasparré
Twitter:  @dardogasparre

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