Hace bastantes años, el que escribe, en una reunión conversando con un joven estudiante de Historia, bastó que le mencionara al general Roca para que se negara a proseguir el diálogo. La “cancelación” se fue imponiendo paulatinamente acentuada en los últimos años por tecnologías que fomentan la polarización, la conformación de tribus, el rechazo a la posibilidad de intercambiar puntos de vista, información, datos, documentos, opiniones.
Otro recuerdo personal se refiere a la visita que el entonces presidente de la Xunta de Galicia, don Manuel Fraga Iribarne, hizo a Buenos Aires en 1991. El que escribe presentó una iniciativa en la legislatura de la ciudad de Buenos Aires declarándolo visitante ilustre. Fue rechazada porque había sido ministro del gobierno de Franco. Olvidaban que Fraga Iribarne colaboró con la transición democrática y no sólo se dio la mano con Santiago Carrillo, el líder del partido comunista que regresaba del exilio, sino que también, lo presentó como disertante en el Club XXI de Madrid.
El discurso de los que tienen el poder o aspiran obtenerlo es a los convencidos, a los seguidores, a los que no les importa verificar la veracidad de los mensajes porque quieren instalar el miedo a los otros más que mostrar que la oferta propia es mejor y fomentar el fanatismo, descartando toda posibilidad de duda, de matices.
En Texas y Florida, entre la lista de libros prohibidos por la censura en los colegios secundarios está el diario de Ana Frank y de Charlotte Btonté la novela Jane Eyre. También las novelas de Stephen King y algunas de Margaret Atvood como la obra distópica El Cuento de la Criada. Por otra parte, debe reconocerse que entre las reformas introducidas en la iglesia católica en el Concilio Vaticano II se terminó con el Index, el catálogo de libros prohibidos por la iglesia que obligaba a los feligreses a pedir autorización para leerlos.
La escritora argentina radicada en Francia, Ariana Harwicz, fue desinvitada al Festival Internacional Cultur ALH de Granada para dar una disertación, por comentarios a favor de la existencia de Israel contrariando lo que bien señaló en un comunicado la Universidad de Granada: “Una universidad pública debe ser un espacio abierto al pensamiento crítico” o el manifiesto firmado por seiscientos escritores sintetizado en la frase: “Sin pluralismo no hay cultura”.
La cultura de la cancelación no viene solamente de lo que denominan cultura woke con el abuso de la manipulación del lenguaje, la alteración de los conceptos y lo políticamente correcto. Ahora estamos ante otra cancelación de los que serían anti woke. La idea de la polarización y que el otro no tiene derecho a opinar es una coincidencia de los extremos.
Escribió días pasados en su columna en La Nación Pérez Reverte sobre unas jornadas en Sevilla por los noventa años del estallido de la guerra civil española: “Una memoria que no admite preguntas deja de ser historia para convertirse en fanatismo, y éste no necesita investigadores, sino inquisidores”. Es que estuvo a punto de no concretarse porque ciertos sectores de la ultraizquierda lo saboteaban por la invitación al expresidente del gobierno español José María Aznar.
Las redes además de mostrar la ignorancia, el resentimiento y los prejuicios de muchos que escudados en el anonimato calumnian, difaman y dicen pavadas, también las aprovechan los gobernantes para hacer lo mismo tratando de manipular la información. Introduciendo falsedades, han alentado la polarización, la cual existía antes de las nuevas modas del wokismo y el antiwokismo, como lo vemos en Raymond Aron en su libro el Opio de los Intelectuales, publicado en 1955 en el que analiza el fanatismo moderno provenientes de las “religiones seculares” que prometen el paraíso en la tierra.
Aron dice sobre los que promueven la polarización que el fanático necesita dividir el mundo en dos. Buenos versus malos; pueblo vs antipueblo; izquierdas vs derechas, a las que denomina “pasiones abstractas”. No discuten políticas concretas sino principios absolutos, donde si estás en el bando equivocado, todo lo que hagas es condenable.
El fanático confunde un juicio circunstancial con un principio eterno. Aron sostiene que el fanático olvida la distinción entre los principios y los juicios circunstanciales; el moderado sabe que puede compartir principios con el rival y discutir medios, para el fanático todo es vida o muerte.
En cuanto a los que viven de la polarización, Aron afirma que odian el debate y aman el mono–ideologismo. No está contra las ideologías, por el contrario, escribió que “las disputas ideológicas son una nota esencial de las sociedades libres”. Pero lo que mata la libertad es cuando uno quiere suprimir todas las demás ideologías e imponer la suya propia. En esos años insistía que la lucha no era entre izquierdas y derechas sino triangular entre fascistas, demócratas liberales y socialistas comunistas donde los extremos se necesitan mutuamente para existir y el centro es descalificado como conservador o moderado.
Para Aron el polarizador no es un apasionado de la verdad, es un clérigo de una religión secular que necesita enemigos absolutos para mantener su fe intacta. Como vemos en estos días es que Occidente es asediado desde adentro por aventuras autocráticas, los planteos de Aron conservan actualidad.
Roberto Azaretto
Presidente de la Academia Argentina de la Historia
Fuente: https://www.losandes.com.ar/opinion/los-que-cancelan-izquierda-y-derecha-n6009910

La cultura de la cancelación no viene solamente de lo que denominan cultura woke con el abuso de la manipulación del lenguaje, la alteración de los conceptos y lo políticamente correcto. Ahora estamos ante otra cancelación de los que serían anti woke. La idea de la polarización y que el otro no tiene derecho a opinar es una coincidencia de los extremos. 