“No podemos seguir oponiéndonos a todo. Hay que empezar a armar propuestas alternativas”. Recientes visitantes de San José 1111 coinciden en repetir casi textualmente el reposicionamiento conceptual que lanza Cristina Fernández de Kirchner desde su prisión domiciliaria, como parte del nuevo escenario que se abrió tras el triunfo electoral libertario de hace un mes.

Vivimos tiempos en los que la realidad parece avanzar más rápido que nuestra capacidad para comprenderla. La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) es un buen ejemplo de ese vértigo: nos asombra, nos inquieta, nos llena de preguntas, pero al mismo tiempo transforma silenciosamente nuestra vida cotidiana, resolviendo problemas que hasta hace poco parecían imposibles.
La IA ya está entre nosotros. No es un borrador del futuro: es presente. Está en los sistemas de salud que detectan enfermedades con mayor precisión; en los procesos administrativos que agilizan trámites que antes demoraban semanas; en las pequeñas y medianas empresas que incorporan herramientas digitales para ser más competitivas; en la educación, cuando permite personalizar aprendizajes; y en la vida diaria de cualquier ciudadano que usa su celular para organizar su día, orientarse en la ciudad o incluso monitorear su bienestar.
Y sin embargo, ante este avance innegable, todavía predominan discursos que buscan instalar miedo o sospecha. Aparece una suerte de tentación histórica: la de levantar una nueva Inquisición Tecnológica, una maquinaria de prohibiciones y alarmas que pretende frenar innovaciones en nombre de una supuesta defensa del orden o de la tradición.
Nada de eso sirve. Y, sobre todo, nada de eso funciona.
La tecnología nunca se detuvo por decreto. La historia lo demuestra una y otra vez: frente a cada salto innovador —la imprenta, la electricidad, Internet— surgieron voces que pedían prohibiciones. Fue la sociedad la que terminó encontrando su forma de apropiarse de esas novedades y convertirlas en oportunidades.
Mientras tanto, en las reflexiones acerca del mundo que nos depara este siglo XXI, nos preguntamos si es bueno legislar el miedo. El miedo a lo desconocido, a la incertidumbre del alcance tecnológico; y surge entonces otra cuestión: nos preguntarnos si es necesario regular para promover o para prohibir. ¿Qué es lo que necesitamos realmente regular?
Lo que sí funciona, lo que sí nos corresponde como responsables de diseñar políticas públicas, es construir regulaciones sensatas, protocolos claros, marcos de uso que garanticen derechos y que eviten abusos. No se trata de clausurar tecnologías, sino de guiarlas para que multipliquen beneficios y minimicen riesgos.
Suecia es un ejemplo interesante: ante el impacto de los dispositivos móviles en los aprendizajes, en lugar de demonizar la tecnología o prohibirla por completo, estableció regulaciones concretas para su uso en establecimientos educativos. No se negó la existencia del problema: se diseñó una política pública inteligente para encauzar ese desafío.
Eso es lo que debemos hacer con la Inteligencia Artificial.
Porque la pregunta no debería ser si queremos o no IA en nuestras vidas. La pregunta es cómo queremos que se use, con qué reglas, con qué límites, con qué resguardos éticos, con qué sentido de justicia y de equidad.
La IA ofrece una oportunidad única para reducir desigualdades, para ampliar derechos, para mejorar políticas públicas, para democratizar el acceso al conocimiento. Pero nada de eso será posible si la abordamos desde el temor o desde el reflejo inquisidor de prohibir todo aquello que no entendemos del todo.
La responsabilidad política, hoy, es mayor que nunca: debemos anticipar, discutir, regular, formar, educar. Debemos estar a la altura de un cambio histórico que recién comienza.
La Inteligencia Artificial no es un enemigo. Es una herramienta poderosa que, usada con inteligencia democrática, puede mejorar la vida de millones. El desafío no es apagarla: es aprender a conducirla.
Y ese desafío empieza ahora.

El PJ depende de una presa que no está en el poder y cuyo destino es no volver a estarlo; testimonios y pruebas confirman que no es inocente por más que el relato para incautos sostenga que es víctima de una persecución ideológica. Cristina Kirchner nunca entraba en las tiendas más caras de París o de Nueva York. Solo les sacaba foto a los artículos expuestos en las vidrieras y luego los mandaba a su entonces secretario privado, Fabián Gutiérrez, a comprarlos, preferentemente y si podía, con dinero en efectivo. 

El tema del fútbol se mezcla con la política y las expectativas triunfalistas tras el 26-O.

El enfoque operativo, el orgullo institucional y la integración regional son ejes fundamentales para redefinir las capacidades defensivas del país y garantizar su rol en el tablero global.
La corrupción en la Argentina ya no es lo que era antes del kirchnerismo. Con Néstor Kirchner primero, concentrándola en sus solas manos, y con la muerte de Néstor Kirchner después, desperdigándose en infinitas manos, cambió sustancialmente su accionar convencional haciendo metástasis por todo el cuerpo estatal. Javier Milei debe decidir qué hacer con esa "herencia": negar su existencia o combatirla.
Cuando en 1933 el gobierno argentino firmó el tratado de complementariedad económica con Inglaterra, recordado como pacto Roca - Runciman, los gobernantes de nuestro país también quisieron acordar un tratado de comercio con los Estados Unidos, pero no fue posible, ya que ese país producía y exportaba los mismos productos agropecuarios que nosotros y lo sigue haciendo.



"Buscad la verdad a partir de los hechos",
El gobierno nacional experimenta un periodo de tranquilidad política, mientras la oposición se muestra ineficaz. Sin embargo, los escándalos de corrupción emergen. ¿Manso y tranquilo? Javier Milei parece atravesar una etapa bastante tranquila y para algunos hasta placentera.
La Casa Rosada tiene una dependencia extrema del presidente de Estados Unidos y el secretario del Tesoro.
El juicio que acaba de dar comienzo con base en los cuadernos redactados por el chofer Oscar Centeno tiene —pues no podía ser menos— varias aristas dignas de ser consideradas. Sin ánimo de subestimar a las que quedan fuera del presente análisis, hay cuatro que se destacan de las demás.
En una sociedad con una justificada desconfianza en la actividad política, la construcción de una alternativa democrática y republicana es un emprendimiento colectivo tan complejo como necesario, dado que la polarización de las opciones extremas lleva en nuestros días a una brutal simplificación que no da cuenta de la rica diversidad del país ni de sus amplias posibilidades de desarrollo nacional. 