Política

El Gobierno insiste con precios máximos y aprietes que no funcionaron con Cámpora y Perón hace cincuenta años.

Juan Manzur y Martín Insaurralde necesitan conseguir que el Frente de Todos mejore el 14 de noviembre el desempeño que tuvo en las PASO. Un requisito indispensable para poder construir en los próximos dos años sus candidaturas a presidente y gobernador bonaerense, respectivamente, con el aparente aval de Cristina Fernández y de su hijo Máximo. El único estímulo real para aceptar la responsabilidad de gobierno que les ofrecieron asumir hace diez días con la prioridad de cumplir con esa compleja tarea.

Llevamos 10 días con nuevo gabinete. Hasta acá han seguido el manual al pie de la letra: anuncios por doquier para mostrar reacción, aflojar tensiones innecesarias, insuflar optimismo, ordenar las fuerzas y el discurso, al mismo tiempo que le piden al ministro Guzmán que sea más “manosuelta”. Eso no evitó que después de firmar una tregua siga habiendo algunos tiroteos aislados.

Alberto Fernández juró que nunca se pelearía con su vice, pero no contempló que la que querría pelearse fuera ella 

El nuevo jefe de Gabinete está aprovechando un instante en el que el universo peronista se quedó sin dioses

Cristina Kirchner se ha replegado para ver si el nuevo experimento funciona para recuperar terreno en las elecciones.

El oficialismo está haciendo grandes esfuerzos para confirmar aquella sentencia de Marx (Groucho) según la cual los políticos generan los problemas, les hacen un diagnóstico errado y les aplican los remedios equivocados.

La historia se escribe según quien la cuente. Pero hay un dato común que parece englobar todas las opiniones: el presidente Alberto Fernández se ha corrido ostensiblemente de los primeros planos de la campaña electoral hacia noviembre y le ha cedido casi todo el protagonismo, por no decir todo, al nuevo jefe de gabinete, Juan Luis Manzur.

Para después del 14 de noviembre, la Vicepresidenta tiene en la mira a Guzmán, Kulfas, Beliz, Olmos y Albistur.

Después de un año de acatar como nunca antes todo lo que desde el poder instituido se ordenó, ganó terreno un sentimiento colectivo de frustración que agigantó la distancia entre dirigentes y dirigidos

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