Política

Cristina se dispuso a darle lecciones de conducción política a Alberto en vivo y en directo. Ella puede tener muchos defectos, pero definitivamente sabe conducir. Le dio un buen consejo: que ponga orden. Una palabra clave en el diccionario kirchnerista desde siempre.

 

El festejo del cumpleaños de Fabiola Yánez en la Quinta de Olivos que violó las restricciones impuestas a las reuniones sociales por su pareja, Alberto Fernández, vuelve relevante un hecho anterior a ese escándalo que pudo pasar desapercibido para la mayoría, pero no para el Presidente. El 8 de agosto, Facundo Moyano difundió en las redes su renuncia al cargo de diputado nacional antes de cumplir la segunda mitad de su mandato. Ni la gravedad del escándalo que envuelve al gobierno evitó que Fernández se ocupara de prestarle atención a este asunto.

La muerte es la prueba del sentido de la vida. Si la muerte estuviera despojada de sentido, entonces la vida sería absurda.

La vicepresidenta mira hacia el conurbano, aterrada porque una combinación de malestar social y conspiración palaciega le haga perder votos en una elección muy ajustada

Hay un operativo para designar a Ricardo Lorenzetti como titular de la Corte Suprema. Por una vía peculiar, la de Diputados, injerencia impropia de un poder sobre otro.

“Esto no requiere de uno, sino de muchos períodos de gobierno”, dijo Cristina Kirchner ayer, en un acto en La Plata, en el que se mostró, por segunda vez consecutiva, junto a su golpeada criatura política, Alberto Fernández, ensayando un acting de unidad, en plena campaña electoral.

 

Aún sin poder contabilizar los daños producidos por el efecto de la fiesta en Olivos, el oficialismo decidió cerrar filas sobre su mayor fortaleza: la unidad. Y, al mismo tiempo, abandonar la idea de ir en búsqueda del votante "decepcionado" que suele fluctuar, sin identificación partidaria, a ambos lados de la grieta.

La sociedad política entre Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández fue concebida para la construcción de un proyecto de poder y de garantía de impunidad, y nunca ha sido pensada para administrar o poner en marcha un proyecto de país. Si lo tienen, no lo demostraron en estos 19 meses de gestión. El problema que comienza a tener ese acuerdo es que el poder, ganado legítimamente a través de la voluntad popular, se diluye junto a la credibilidad de quien debe administrarlo.

El desorden está en Olivos y el desordenado es el propio Presidente; esto es, digan lo que digan, lo que piensa y siente la vicepresidenta

La vicepresidenta dejó claro que no la convencieron las explicaciones de Alberto Fernández. Y exige orden. Más temprano que tarde alguien deberá pagar.

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