Jorge Raventos

Feliz porque el índice de inflación volvió a caer, el gobierno libertario admite un tanto en contra: la Ley de Bases no habrá superado plenamente la prueba del Congreso para la fecha que preveía.

En su reciente exposición en el Instituto Milken, en Los Ángeles, Javier Milei desplegó con amplitud y claridad lo que podría definirse como su visión de la Argentina en el mundo y la misión que él atribuye en ese contexto a la revolución libertaria que personalmente encarna. El texto permite vislumbrar el ambicioso programa que Milei se ha impuesto y también comprender, confrontando la magnitud del objetivo con las estructuras organizadas sobre las que se asienta su presidencia, porqué se encomienda con tanta frecuencia a “las fuerzas del cielo”.

Si bien todavía le falta superar el escollo del Senado (y probablemente una nueva vuelta en la Cámara Baja, si el Senado produce enmiendas), el gobierno de Javier Milei tiene buenos motivos para celebrar: después de cuatro meses consiguió al fin una victoria en el Congreso, así sea, por ahora, a medias.

El altercado entre el Gobierno y las mayores entidades de medicina prepaga se inició cuando el ministro de Economía, Luis Caputo, disparó en público un severo diagnóstico: “Las prepagas le están declarando la guerra a la clase media”. Lo dijo comentando los aumentos que esas instituciones vienen aplicando a sus asociados desde diciembre. Es decir, desde que el Gobierno, con el DNU 70/83, les dio vía libre para fijar precios sin pasar por el filtro del Estado, específicamente, de la Superintendencia de Servicios de Salud. 

El camino hacia el Pacto de Mayo, el acuerdo de gobernabilidad al que el presidente Milei convocó, en principio, a todos los gobernadores, no se ha evidenciado hasta aquí liso y llano, sino más bien complicado y estrecho. Se ha avanzado a través de tensiones y conflictos. 

Javier Milei parece tener una idea fija que monopoliza sus obsesiones: erradicar a cualquier costo el déficit fiscal, que es, para él, el motor de la inflación.

Transcurridos sus primeros 100 días en la presidencia, Javier Milei no ha conseguido aún, pese a la férrea decisión que exhibe, convencer a la mayoría de la sociedad (incluidos poderosos sectores que simpatizan con sus objetivos) de la sustentabilidad en el tiempo de su acción de gobierno.

En la última semana los asesinatos de las bandas criminales que infectan la ciudad de Rosario desafiaron de una manera explícita la autoridad del Estado. En primer lugar, del estado provincial, de Santa Fe.

Finalmente se ha confirmado que el Presidente acudirá hoy a inaugurar el año legislativo. Hubo dudas después de que en Corrientes definió al Congreso como “nido de ratas”, tras haber etiquetado a un crecido número de diputados como “traidores”.

Dentro de un mes, apenas inaugurado el otoño, se habrán cumplido los primeros cien días del gobierno de Javier Milei. En los más de setenta que ya lleva trajinados, el líder libertario ha conseguido irrumpir en escenarios que nunca había frecuentado, fue recibido por el Papa y por las máximas autoridades de Israel e Italia, intercambia frecuentemente mensajes con personajes de  influencia global como Elon Musk, se entrevistará hoy con el Secretario de Estado de Estados Unidos, Anthony Blinken y probablemente comparta público durante el fin de semana con Donald Trump en Washington, en la Conferencia de Acción Política Conservadora que congrega dirigentes e intelectuales de la derecha mundial. En muy poco tiempo Milei logró ser nítidamente distinguido en esos niveles.

Aunque desde ciertos despachos del gobierno de Javier Milei se asegura que el viernes 1 de marzo el Presidente asistirá al Congreso para dar inicio al año legislativo con un discurso ante la asamblea de diputados y senadores, no faltan analistas que lo ponen en duda a la luz de lo ocurrido el último 10 de diciembre, cuando, en la fecha de su asunción, Milei desairó a las Cámaras y decidió hablar de espaldas al Palacio de las Leyes con la intención de ilustrar su vínculo preferencial con la “gente de bien” (como él llama a sus simpatizantes) y su desprecio por “la casta” (rótulo que aplica a políticos y sindicalistas, a menudo con alcance genérico pero a veces exceptuando a quienes le resultan menos incómodos). 

Javier Milei cierra enero con un sentimiento de frustración cuyos efectos, como suele ocurrir, han recaído sobre algunos subordinados. 

Javier Milei viajó a Davos y dejó durante varios días a su gobierno en Argentina volando sin piloto. La vice, Victoria Villarruel, se disfrazó de árbol para no aparecer en ninguna foto durante los días en que ejerció el mando vicariamente: ya produjo suficiente ruido en la interna oficialista la nota que le dedicó el Financial Times (“Hay que seguirla de cerca. Está lista para cualquier cosa”) que ella compartió en redes sociales, así como la versión de que había mantenido encuentros políticos discretos con Mauricio Macri.

Desde el 10 de diciembre, cuando asumió la presidencia, Javier Milei literalmente hace y deshace (avanza y retrocede, opina en un sentido y cambia de criterio sin complejo, designa funcionarios, los aparta y amenaza con hacerlo, como ocurrió esta semana con su vocero); se somete a muy escasas deliberaciones o mediaciones (incuestionable caso aparte: Karina Milei, su hermana y secretaria general de la Presidencia). 

Aunque por disposición judicial está en suspenso uno de sus capítulos, desde el 29 de diciembre del año que acaba de concluir rige en el país el decreto de necesidad y urgencia 70/2023 suscripto por Javier Milei y todo su gabinete. La ley que reglamentó los DNU les concede a estos vigencia a partir de los ocho días de su publicación en el Boletín Oficial y hasta que, eventualmente, sean rechazados por las dos cámaras del Congreso o lisa y llanamente declarados nulos por la Justicia o esta detenga su aplicación.

Como si fuera poca cosa dictar, en vísperas de una convocatoria a sesiones extraordinarias del Congreso, un Decreto de Necesidad y Urgencia de 366 carillas que deroga, reforma o impone 300 normas, Javier Milei envió esta semana a las Cámaras un llamado Proyecto Ómnibus de ley de 664 artículos con disposiciones heterogéneas que incluyen desde una declaración de emergencia pública que delega en el Poder Ejecutivo las facultades legislativas que la Constitución Nacional (art. 76) 

Una semana atrás, en este espacio destacábamos: “Por el momento Milei es inmune a las críticas”. Una semana después ya no se puede afirmar categóricamente lo mismo. El último domingo, Javier Milei se levantó temprano –como suele hacerlo- y acudió presuroso al estadio de Boca Juniors para votar por la lista que Mauricio Macri integraba como candidato a vicepresidente. Llegó cubierto con una capucha que lo protegía de la lluvia y la curiosidad, pese a lo cual fue identificado por gran cantidad de hinchas boquenses que lo abuchearon y repudiaron a los gritos. Seguramente se trataba de seguidores de Juan Ramón Riquelme (que terminaría imponiéndose rotundamente a la lista de Macri en un comicio muy controversial).

Cuando todavía hacía campaña para ganar el balotaje, Javier Milei hizo la pata ancha y declaró que si “el gobierno de Massa y Fernández” no tenía soluciones y quería retirarse antes de tiempo, él y sus equipos estaban preparados para asumir el mando de inmediato. 

En vísperas de su asunción formal como presidente de la Argentina, va quedando claro que Javier Milei, sostenido en el apoyo de la opinión pública y una votación excepcional, está dispuesto a obrar con una amplitud y un pragmatismo que no se le reconocían a priori. Los empieza a mostrar con las designaciones que va produciendo, que no responden a la idea de enclaustrarse en una facción de derecha y dar por muerto al peronismo que propugna Mauricio Macri, su socio en la UTE “Pacto de Acassuso”.

Javier Milei y Victoria Villarruel ya han sido proclamados presidente y vice por el Congreso. Presidió la ceremonia de confirmación la vicepresidenta en funciones, Cristina de Kirchner. Las reuniones de transición entre salientes y entrantes se producen con normalidad y cordialmente, una conducta que no contradice las divergencias políticas, pero las encuadra en el civilizado cumplimiento de la ley.

El domingo 19 de noviembre se consumó en las urnas del balotaje un capítulo relevante de la reconfiguración del sistema político. Ese proceso, que venía desplegándose en los últimos años bajo la forma de la disgregación de las coaliciones y del ocaso de los principales liderazgos, se precipitó con el triunfo del candidato de La Libertad Avanza sobre el peronismo y la previa derrota (y posterior ruptura) de Juntos por el Cambio.

El último miércoles se abrió la temporada de debates electorales del balotaje con la discusión entre candidatos a la vicepresidencia. La pelea de fondo ocurrirá el domingo próximo cuando disputen cara a cara los aspirantes a la presidencia, Javier Milei y Sergio Massa. 

El comicio del último domingo, como era previsible, precipitó un nuevo (y significativo) movimiento en el proceso de reconfiguración del sistema político.

Antes aún de que se conozca el escrutinio del domingo, el proceso electoral en marcha ya ofrece algunos resultados notables. Por ejemplo: se ha disuelto la polarización que marcó la última época, se han eclipsado sus liderazgos (la influencia de Mauricio Macri y Cristina Kirchner sobre sus respectivas coaliciones ha decaído significativamente, una tendencia que no tiene miras de revertirse).

La pobreza alcanza ya a 4 de cada diez habitantes y a 6 de cada diez niños y adolescentes; el trabajo ha dejado de ser un remedio para la pobreza: ésta golpea a amplias franjas de trabajadores, inclusive de trabajadores en blanco, registrados y amparados por paritarias. 

El próximo domingo, los contrincantes en la pelea por la presidencia se verán las caras y rendirán examen ante el público en el primero de los debates obligatorios que establece la normativa electoral. Cuando resta menos de un mes para la primera vuelta del comicio, este debate en Santiago del Estero y el que una semana más tarde se dirimirá en la Facultad de Derecho de la UBA, son oportunidades y desafíos para los candidatos: en ellos se pueden sumar votos vacilantes pero también se puede perderlos, dependiendo de una réplica desafortunada, de una actitud demasiado fría o demasiado exaltada. La audiencia forma su impresión no sólo (ni principalmente) por las palabras y los discursos, sino por detalles de comportamiento o por actitudes.

La semana en curso se abrió el último domingo con el resonante triunfo del radical Leandro Zdero sobre el kirchnerista Jorge Capitanich en la disputa por la gobernación chaqueña. Con esa victoria Juntos por el Cambio recibió un refuerzo vitamínico indispensable para sostener las esperanzas de su candidata presidencial, Patricia Bullrich.

El proceso electoral en marcha está operando como un acelerador de la reconfiguración del sistema político. Ese cambio ya estaba en marcha, impulsado por la evidente decadencia económica, el empobrecimiento social y la creciente parálisis institucional (leyes que no se producen o que, producidas, no se cumplen; juicios que no se concluyen y a menudo ni siquiera se inician; conflictos de poderes, etc.), pero a partir del resultado de las elecciones primarias de agosto, que produjeron un inesperado cambio de color en el mapa del país, el proceso ha adquirido un ritmo vertiginoso.

Con 30 puntos electorales embolsados en las primarias, Javier Milei, la gran irrupción de esos comicios, se considera en condiciones de convertirse en presidente triunfando en la primera vuelta, dentro de 59 días. ¿Knock out en el primer round?

En las elecciones presidenciales de 2019, la fórmula del Frente de Todos que encabezó Alberto Fernández obtuvo casi 13 millones de votos y la de Juntos por el Cambio, que postulaba la reelección de Mauricio Macri quedó más de 2 millones de votos debajo de ella. En términos porcentuales la distancia se disimulaba un poco: 48 contra 46,3 por ciento. Aquel año votaron 27.525.103 ciudadanos, el 81,3 por ciento de los empadronados. Es muy improbable que en el ciclo de comicios que se inicia el próximo domingo con las PASO se alcancen esas cifras.

El país está a diez días de iniciar la romería electoral con tres estaciones (PASO, primera vuelta de octubre, balotaje en noviembre) que definirá el próximo elenco de gobierno y también reordenamientos y liderazgos de las distintas fuerzas políticas. 

El último domingo hubo en la capital cordobesa una concentración de altos mandos de la coalición opositora: desde gobernadores en funciones hasta candidatos de varias provincias y, hecho excepcional, los dos precandidatos presidenciales, Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich que no suelen compartir espacios.

Mientras el país se encamina a las primarias de agosto sobrellevando disputas a menudo tan escandalosas como irrelevantes, el debate político se abstiene de abordar temas de mayor calado. Por ejemplo, los medios revuelven paralelamente el financiamiento estatal de los partidos y la modalidad que adjudican a la fuerza de Javier Milei de reclamarles a quienes aspiran a ser precandidatos que aporten personalmente a sus campañas.

El último sábado el Papa Francisco anunció el nombre de quién en pocas semanas asumirá en Roma la Prefectura para la Doctrina de la Fe, es decir, la titularidad del dicasterio teológicamente más trascendente de la Iglesia Católica (el que ocupó, inmediatamente antes de llegar al papado, el antecesor de Bergoglio, el cardenal Joseph Ratzinger).

El cierre de listas de 2023 superó (y desmintió) expectativas. Entre el jueves 22 y el viernes 23 el oficialismo archivó dos candidaturas presidenciales anunciadas públicamente y con ellas la perspectiva de una auténtica competencia interna en las PASO. En cambio, dio a luz una fórmula única que colocó a la cabeza de la boleta al ministro de Economía, Sergio Massa, quien deberá afrontar al menos una etapa de la campaña sin desprenderse de su sensible cargo actual.

Hoy y mañana serán todavía jornadas electoralmente nerviosas. Ayer, jueves, se develaron los principales misterios del oficialismo. Eduardo Wado De Pedro (un “hijo de la generación diezmada”, como pidió Cristina Kirchner) y el tucumano Juan Manzur integrarán la dupla que encabezará boleta de la Unión por la Patria (UP). Axel Kicillof consiguió quedarse con su postulación a renovar como gobernador bonaerense (probablemente acompañado por Cecilia Moreau, una ex radical que milita en el Frente Renovador de Sergio Massa). El ministro de Economía seguirá en la cartera, pero será candidato a senador por la provincia de Buenos Aires.

En la última semana se fueron definiendo varias situaciones dilemáticas en el escenario político-electoral. Empezando por el oficialismo, se confirmó el cambio de razón social, sin duda motivado por la cuestionada performance del gobierno que se consagró en 2019 con el sello Frente de Todos. Esa marca fue retirada sin demasiadas ceremonias de la marquesina, y en su lugar se enarboló Unión por la Patria –iniciales: UP, quizás una evocación de la alianza que medio siglo atrás encumbró en Chile a Salvador Allende- y el diseño de un símbolo que acaso pretendió recordar a la estrella federal, emblema del nacionalismo, pero se aproximó más a la marquilla de algún comestible, tal vez una golosina.

Decíamos aquí dos meses atrás: “El cuadro actual de fuerzas políticas y coaliciones que todavía está a la vista debería ser considerado una imagen transitoria, apenas una instantánea en medio de la deconstrucción y recomposición de un sistema político que está fatalmente pinchado”. Las pulsiones del cambio ya están a la vista. “Van a ser unas elecciones atípicas, de tercios”, había confirmado Cristina Kirchner en una aparición televisiva, ante la evidencia de la vertiginosa descomposición del sistema político basado en la llamada grieta, que la ha tenido a ella como protagonista. 

La designación de Jorge García Cuerva, hasta hace una semana obispo de Río Gallegos, como nuevo arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, ha ofrecido una nueva oportunidad para que se ponga de manifiesto la lógica de la grieta, en este caso en su expresión más agresiva y exasperada (afortunadamente en proceso de remisión).

A un mes de la fecha límite para la presentación de listas de precandidatos que competirán en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias, la turbulencia interna de las principales fuerzas políticas se vuelve frenética. Hasta la pequeña fracción opositora en la que milita Ricardo López Murphy (un dirigente que se distingue por su imperturbable discreción) experimentó un sacudimiento que desalojó al economista de su rol de candidato a jefe de gobierno porteño y consiguió impacientarlo hasta el punto de calificar como “oportunistas y arribistas” a los autores de la maniobra, particularmente al hasta ese momento su compañero de ruta, Roberto “Pampito” García Moritán, empeñado en conseguir la candidatura arrebatada a López.

El proceso de descomposición del sistema político basado en la llamada grieta avanza vertiginosamente. El eje principal de ese sistema era en principio el poder -y luego, la invocada amenaza de restauración- de Cristina Kirchner; la contraparte funcional era la alianza soldada por el ánimo anticristinista, que funcionó como pegamento universal de la coalición opositora. Así se compuso un mecanismo nítidamente polarizado y un empate inmovilizador en el marco de una situación económica y social de paulatino deterioro que desgastó a ambos componentes de la polarización.

Como Mauricio Macri y Alberto Fernández, la señora de Kirchner ha reiterado que no quiere participar en la próxima contienda electoral. Lo hizo precisamente ante quienes el jueves 27 de abril se congregaron en el Teatro Argentino de La Plata, escenificando un “Operativo Clamor” destinado a que ella revisara esa decisión. “No se hagan los rulos -les pidió-. Yo ya di lo que tenía que dar”. 

La renuncia de Alberto Fernández a su sedicente candidatura presidencial sólo sorprendió a los distraídos. Ni siquiera el entorno más incondicional del mandatario creía seriamente en que esa postulación se concretase formalmente y, mucho menos, en que Fernández tuviera chance alguna de ser reelegido.

El último domingo una porción del pueblo argentino votó y eligió sus próximos gobernantes. Las provincias de Neuquén y Río Negro decidieron quiénes serán sus próximos gobernadores y renovaron parcialmente sus legislaturas.

A mitad de la presente semana, las principales figuras del Pro (hasta ahora, la fuerza hegemónica de Juntos por el Cambio) comprendieron que la descarnada exposición pública de las luchas sucesorias disparadas por la abdicación de Mauricio Macri debilitaba tanto a su propia fuerza como a la coalición opositora, justo en medio del proceso que culminará en octubre-noviembre   en elecciones donde todos ellos vaticinan una victoria sobre el oficialismo.

El sábado 25 de marzo, horas después de conferenciar con Horacio Rodríguez Larreta en el Lawn Tennis Club, Mauricio Macri grabó el mensaje en que al día siguiente anunciaría una decisión que el se había propuesto postergar hasta la última quincena de abril. No pudo demorar tanto: la presión para que definiera de una buena vez el rol político que aspira a jugar se tornaba apremiante. ¿Paso atrás o al costado?

La cifra de inflación que difundió el INDEC una semana atrás fue un golpe duro para el gobierno en general y para el ministro de Economía en particular. Sergio Massa había alentado esperanzas en una rápida desescalada inflacionaria y los datos indicaban lo contrario. ¿El error de diagnóstico debe asignarse sólo a los plazos que Massa se impuso o a la idea misma de que el rumbo del fenómeno es el descenso, así sea más lento?

Empeñada en adelantar el final anunciado de la candidatura de Alberto Fernández a la reelección, Cristina Kirchner, con el coro adicto de La Cámpora, le reclama al Presidente que archive de inmediato esa quimera.

Durante los períodos de transición entre un ciclo que se extingue y otro que se insinúa, el cambio del talante político se expresa en la gestación de nuevos consensos, que paulatinamente disuelven y suplantan a los preexistentes.

La apertura de sesiones ordinarias del poder legislativo ocurrida el último miércoles fue seguramente la más desolada en cuatro décadas de democracia.

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