Esta zozobra generalizada reúne agonía y dolores de un parto sin solución de continuidad.
Nuestro país no podía ser ajeno a esta marea desordenada que recoge la disconformidad de todos por todo. Una lucha por el derecho a la subjetividad dictado por impulsos de “reivindicación” de quienes sienten que la realidad es injusta con ellos y sus “percepciones” de la misma, y luchan por contradecirla. Como si dicha realidad pudiese mudar de parecer.
Este escenario está alimentado por la ilusión de acceder a un paraíso en la tierra, promovido por quienes se sienten expulsados de una suerte de tierra prometida.
El contexto da para que las acusaciones se crucen entre unos y otros, y los términos populismo, fascismo, liberalismo y dictadura están de moda, sin que nadie sepa definir muy bien cuáles son los límites que las separan, o al menos, aporte mayor claridad sobre las confusiones que han sembrado los cultores de ciertas guerras ideológicas “progresistas”.
En primer lugar, porque la agenda de los hoy llamados “wokistas” es mucho más atractiva que la de los que nos aferramos a los principios tradicionales de moral y ética sostenidos a través del tiempo con bastante cordura y “civilización” (en el sentido orteguiano).
En ese escenario, Javier Milei ha aparecido casi abruptamente como el genuino representante de un tipo de filantropía con ideas regeneradoras y sincera indignación, respecto de algunos catecúmenos laicos que arremeten con audacia y desparpajo tratando de imponer agendas de dudoso contenido, rindiendo culto a un reduccionismo asombroso.
Para ellos, “al hombre natural hay que mantenerlo casi secuestrado para que no pierda su originaria candidez, mientras se realiza con él la esforzada tarea de adoctrinamiento que ha de llevarle a la cumbre de la perfección cristiana”, como señaló alguna vez Fernando Savater.
En nuestra sociedad, y usando la política de “barricada” como un ariete de penetración ideológica, la oposición al gobierno actual intenta perforarlo en su línea de flotación, para ir luego, en la eventualidad de tener éxito, por su cabeza.
Y Milei responde. Porque no tiene más remedio. Y adopta un lenguaje áspero y duro. Tan duro como el de sus opositores. Con la diferencia que se ocupa en el entretiempo de los flagelos que nos han azotado durante años: la inflación, el derroche económico y administrativo de sucesivos gobiernos precedentes y la corrupción estatal.
Si bien el futuro es otro presente a ser vivido cuando llegue, nos asalta el temor de que la ola supuestamente vanguardista de ciertos reformadores, que se visten de profetas de la verdad, arrase con el sentido común de una sociedad que parece haber perdido todo atisbo de moderación.
A mayor abundancia de lo aquí expresado, recogemos unos pensamientos al respecto de Ortega y Gasset que “visten” la situación de cuerpo entero y hacemos nuestras: “vivimos en un
tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva”.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero


Si algo caracteriza al mundo moderno es la existencia de una ola desatada por pasiones que oscilan entre la libertad irrestricta y los derechos de minorías supuestamente sometidas.
