Economía

El objetivo del Gobierno es postergar los pagos al FMI para el 2024 mientras se negocia las condiciones con los acreedores que hoy incluye el siguiente pack de arranque con quita de capital, intereses y alargamiento de plazos sin aún conocer la intensidad y números de cada ítem. Pero la negociación será dura.

 

Los acreedores más importantes dicen que el país tiene un problema de liquidez y no de solvencia, y por eso no avalarán una oferta agresiva

 

El problema que el Presidente no puso sobre la mesa es que la deuda nace como consecuencia de gastar más de lo que se recauda y que hoy la presión impositiva es tan asfixiante que impide toda posibilidad de crecer

 

Los mercados globales han sufrido la semana pasada un severo castigo basado en dos razones principales. Por un lado, no se conoce todavía el verdadero alcance del coronavirus ni su potencial propagación.

 

Como no podía ser de otra manera, la crisis económica y las medidas adoptadas para enfrentarla ocuparon una parte importante del mensaje de Alberto Fernández, aunque los (pocos) anuncios incluyeron buenas intenciones, carecieron de precisiones y apuntaron al mediano plazo.

 

Si uno calcula el porcentaje del discurso de Alberto Fernández dedicado el domingo a la economía y las finanzas observa que se trata de un número menor. Tampoco había mucho para expresar. La renegociación de la deuda es el punto central y no había avances concretos hasta el viernes.

 

Reaparición del déficit fiscal, caída de la actividad, alza del dólar y otros índices económicos negativos emergieron la semana última. Entretanto la deuda monopoliza todas las energías de Guzmán.

 

Con su notable ironía para describir cuestiones serias, el politólogo Andrés Malamud tuiteó días atrás por qué "la responsabilidad por las desgracias argentinas está en disputa: la mitad de los argentinos cree que es culpa de los peronistas. La otra mitad cree que es culpa de los antiperonistas. El resto del mundo cree que es culpa de los argentinos".

 

El gobierno no pone la lupa en los gastos estatales que entre Nación, provincias y municipios se hacen impagables.

 

La Argentina era una fiesta hacia 1945, como expresara el recordado historiador Félix Luna: Juan Domingo Perón había asumido el poder en 1946 con un nivel de reservas tan extraordinario que lo hacía jactarse de que era imposible caminar por los pasillos del Banco Central, abarrotados de lingotes de oro.

 

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