Internacionales

 

La organización «no cumplió en sus obligaciones básicas» y «no fue capaz de obtener y compartir información sobre la epidemia a tiempo y con transparencia», según ha manifestado el presidente de EE.UU.

Donald Trump ha confeccionado una lista amplia de cabezas de turco en el impacto de la epidemia de coronavirus en EE.UU., el país más afectado con más de 600.000 contagios y casi 26.000 muertos. El presidente de EE.UU., al que se le acusa de una reacción tardía frente a la expansión de la epidemia, ha responsabilizado a China, al Gobierno de Barack Obama o a los gobernadores de los estados del país.

En los últimos días, ha centrado las culpas en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este martes, anunció que EE.UU. suspende la financiación a la organización internacional por su gestión de la pandemia. La OMS, en su opinión, «no cumplió en sus obligaciones básicas» y «no fue capaz de obtener y compartir información sobre la epidemia a tiempo y con transparencia».

Trump cumplió así con la amenaza de la semana pasada, en la que advirtió con el congelamiento de fondos y calificó a la OMS de «chino-céntrica». Ahora, dijo, la financiación estará sujeta a una revisión de la actuación de la OMS que se ejecutará entre los próximos 60 y 90 días.

El año pasado, las contribuciones de EE.UU. supusieron una quinta parte de los 4.400 millones de dólares del presupuesto de la OMS.

Buena parte de la defensa de Trump sobre su gestión de la epidemia tiene que ver con la prohibición de viajes desde China que decretó el 31 de enero. El presidente de EE.UU. acusó a la OMS de haberse posicionado contra las decisiones de cerrar fronteras y que su medida salvó «miles y miles de vida», mientras que la postura de la organización internacional multiplicó «por veinte» los casos en el mundo.

También denunció a la OMS por confiar en la información proporcionada por China, a quien se ha acusado de falsear y ocultar datos sobre el brote en Wuhan y la expansión por el resto del país. «La OMS fracasó a la hora de investigar informaciones creíbles de fuentes en Wuhan que contradecían directamente a las autoridades chinas», dijo Trump.

La OMS «aceptó voluntariamente lo que decía China» y «defendió sus acciones, incluso alabando a lo que calificó como transparencia». Pero el propio Trump, en un mensaje de Twitter del 24 de enero, cuando la epidemia asolaba China y EE.UU. ya había registrado un caso, aseguró que el gigante asiático estaba trabajando «muy duro para contener el coronavirus» y que EE.UU. «aprecia enormemente sus esfuerzos y su transparencia».

La presidenta de la Asociación Médica de EE.UU., Patrice Harris, aseguró que cortar la financiación a la OMS «en lugar de centrarse en las soluciones, es una decisión peligrosa en un momento precario».

Javier Ansorena

 

El secretario de vigilancia sanitaria asegura en una carta de despedida que la salida del ministro es cuestión “de horas o días”.

El coronavirus, que ya ha matado a 1.736 personas en Brasil y ha contagiado a más de 28.000, ha estado a punto cobrarse este miércoles la primera víctima política en el país más afectado de América Latina.

El número dos del Ministerio de Salud brasileño, Wanderson de Oliveira, ha presentado su dimisión, según ha informado el propio departamento. Horas después, sin embargo, ha comparecido junto al ministro Luiz Henrique Mandetta en la rueda de prensa diaria sobre la covid-19, donde este ha explicado que no ha aceptado la renuncia.

Estos movimientos reflejan un formidable pulso político entre el presidente, Jair Bolsonaro, y su ministro de Salud por sus discrepancias sobre cómo gestionar la crisis generada por la covid-19.

Mientras Bolsonaro desoye las recomendaciones sanitarias más básicas y se pasea saludando a grupos de admiradores, Mandetta insiste a diario en que el aislamiento social es la medida más eficaz contra la propagación de la enfermedad y apela constantemente a las evidencias científicas.

De Oliveira, mano derecha del ministro, ha escrito una carta de despedida a su equipo en la que afirma que este va a ser destituido. “Ayer (por el martes) tuve una reunión con el ministro, cuya salida está programada para las próximas horas o días. Desgraciadamente no podemos precisar el momento exacto. Puede ser un anuncio respetuoso a él mismo o puede ser en un tuit”, escribe, según ha revelado el diario Folha.

Mandetta, que es médico y fue diputado dos legislaturas, ya logró evitar su destitución la semana pasada gracias al apoyo de los militares que se sientan en el Consejo de Ministros.

Pero este domingo perdió ese vital respaldo cuando afirmó en una entrevista: “Necesitamos tener un discurso unificado. [Porque] el brasileño está en la duda. No sabe si escuchar al ministro de Salud o al presidente”. Los uniformados consideran ese tipo de declaraciones una muestra de insubordinación, según la prensa local.

Mandetta declaró la semana pasada que un médico "no abandona a su paciente”. De Oliveira era clave en el equipo del titular de Salud, que al llegar se rodeó de técnicos. El ministro ha advertido reiteradamente que solo se iría si el presidente Bolsonaro lo destituye.

Los brasileños asisten hace semanas al pulso entre el presidente Bolsonaro, de un lado, y de otro el ministro y la inmensa mayoría de los gobernadores, que han implantado cuarentenas en sus estados con el cierre de las escuelas y del comercio. Pese a las medidas, la enfermedad se extiende de las grandes ciudades hacia el interior con fallecidos y nuevos contagiados. Este martes los gobernadores de Río de Janeiro y de Pará revelaron que están enfermos.

Naiara Galarraga Gortázar

 

La compañía Trump Miami Resorts Management notificó a las autoridades de Florida que unos 560 trabajadores del complejo hotelero y golfístico que posee en Doral, en el condado de Miami-Dade fueron suspendidos debido al cierre del establecimiento por las medidas tomadas por el coronavirus.

La medida de suspensión del trabajo y los sueldos es, según las notificaciones enviadas por la organización empresarial del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a las autoridades del Departamento de Oportunidad Económica de Florida y del condado Miami-Dade, de carácter temporal.

El complejo hotelero, como el resto de las empresas de Trump están en manos de los hijos y colaboradores del mandatario, quien se las delegó cuando asumió la Presidencia en enero de 2017.

El Trump National Doral está temporalmente cerrado como el resto de instalaciones hoteleras en Miami-Dade y otras zonas de Florida debido a la pandemia, que afecta a más de 22.000 personas en el estado, de las cuales casi 600 murieron, según las últimas cifras oficiales.

Medios locales publicaron copias de la carta firmada por Al Linares, director de Recursos Humanos de Trump Miami Resorts Management.

De acuerdo a la notificación, solo el personal esencial sigue trabajando.

La empresa hotelera indicó que ya dio aviso a los trabajadores suspendidos, en su mayoría en puestos gastronómicos, hoteleros o del golf, y que ninguno de ellos tiene afiliación sindical.

Desde el 19 de marzo el Trump National Doral prescindió de los empleados en puestos no esenciales y hasta hoy todavía no se sabe cuándo reanudará sus operaciones, indica la carta.

 

El presidente Trump está ansioso por la reapertura de las empresas, ahora estableciendo una meta para fines de abril. El ex vicepresidente Biden está presionando en sentido contrario, diciendo que quiere una orden inmediata de quedarse en casa a nivel nacional para reducir la propagación de COVID-19.

Trump no puede activar un interruptor para activar negocios porque están cerrados voluntariamente o por mandato estatal, y la orden de Biden es demasiado rígida y sobrepasa la autoridad federal. Y la estrategia inicial de monopolio federal para las pruebas de virus fracasó desastrosamente porque no aprovechó la innovación de la industria privada.

Los formuladores de políticas deberían reconocer que la fortaleza de Estados Unidos es la toma de decisiones descentralizada, incluido el federalismo en las políticas gubernamentales y la diversidad en las estrategias del sector privado. Los gobiernos estatales deberían tomar las decisiones sobre el cierre de empresas, pero deberían permitir que las empresas vuelvan a abrir si pueden hacerlo de manera segura.

El enfoque en las próximas semanas debería estar en reducir la amplitud de los cierres si las empresas pueden encontrar formas de reabrir de manera segura.

La economía de Estados Unidos está cayendo por un precipicio. La producción se está desplomando y el desempleo aumentó en 3.3 millones de personas la semana pasada, que es el mayor salto en la historia.

El presidente firmó un proyecto de ley de ayuda de $ 2.2 billones que proporciona pagos de ayuda pero no detendrá el desplome de la producción. Los pagos se realizan a expensas de mayores impuestos y menores ingresos en el futuro, lo que finalmente afectará a los jóvenes que ya están cargados con $ 24 billones en deuda federal.

Cada gobernador está haciendo esta compensación en función de las condiciones locales, con aproximadamente la mitad de ellos imponiendo cierres generales de negocios no esenciales. El gobernador Gavin Newsom prevé continuar el cierre de California por hasta tres meses, lo que impondría un golpe económico aplastante. Los cierres generales ignoran que cada negocio tiene un diseño y operaciones únicos, y no permiten que las empresas experimenten y encuentren formas de reabrir de manera segura.

Además, los mandatos que separan a las empresas "esenciales" de las "no esenciales" ignoran el hecho de que las industrias están interconectadas. Las industrias esenciales de hospitales y alimentos necesitan aportes de muchas otras industrias, como plásticos, metales, papel, productos químicos, energía, software y transporte. Los cierres de base amplia prolongados demasiado causarán escasez imprevista por los funcionarios.

Todas las opciones que enfrentamos son malas, pero el enfoque en las próximas semanas debería ser reducir la amplitud de los cierres si las empresas pueden encontrar formas de reabrir de manera segura.

Al entrar en crisis, las empresas estadounidenses respondieron más rápido que el gobierno, y muchas cerraron voluntariamente. En las próximas semanas, los gobiernos estatales deberían comenzar a darles margen para abrir de nuevo si pueden incorporar distanciamiento social y precauciones de seguridad adicionales.

Los economistas Paul Romer, ganador del Premio Nobel, y Alan Garber, el rector de la Universidad de Harvard, argumentan que debemos pasar "a un enfoque específico que limite la propagación del virus pero que permita que la mayoría de las personas vuelvan a trabajar y reanuden sus actividades diarias". .

“Abogan por pruebas de virus generalizadas y repetidas para determinar dónde se necesitan las medidas de distanciamiento social más fuertes combinadas con una amplia distribución de equipos de seguridad.

Los rápidos avances están haciendo posible un enfoque específico. La producción de equipos de seguridad como máscaras se está disparando. Los laboratorios de la nación han aumentado más de 100,000 pruebas de virus al día, y Abbott Labs ABT, 1.347% acaba de obtener la aprobación para una prueba que puede dar resultados en cinco minutos. Mientras tanto, docenas de compañías farmacéuticas están invirtiendo recursos en una diversidad de posibles tratamientos con COVID-19.

Las pruebas generalizadas nos mantendrán al tanto de los brotes regionales de COVID-19, ya que rebota en todo el país durante el próximo año o más antes de que una vacuna esté disponible. Tendremos que confiar en las regiones menos afectadas para mantener en funcionamiento el motor económico de la nación.

La administración Trump tiene la idea correcta de localizar nuestra respuesta en función de los datos a nivel de condado, pero las respuestas locales deben ser manejadas por los estados, no por el gobierno federal. El gobernador de Florida, Ron DeSantis, por ejemplo, acaba de anunciar políticas más estrictas para quedarse en casa dirigidas solo a los condados más afectados en el sureste de su estado.

El ex gobernador de Florida, Jeb Bush, favorece una respuesta de emergencia descentralizada. Él escribió el otro día:

“La incapacidad del gobierno federal para responder rápida y efectivamente al coronavirus está creando un nuevo respeto por las iniciativas locales, la creatividad del sector privado, la responsabilidad personal y el compromiso cívico. Esperemos que Washington afloje su control sobre la política y permita que florezca el federalismo”.

Tiene razón, y en paralelo los gobiernos estatales deberían planear comenzar a aflojar su control sobre las empresas para evitar que el desastre de salud se convierta en un desastre económico. Con la ayuda financiera federal para implementar rápidamente pruebas generalizadas, los estados podrán reducir el alcance de los cierres y permitir que florezcan soluciones creativas de seguridad en el sector privado.

Chris Edwards

Chris Edwards es economista en el Instituto Cato.

Fuente: www.cato.org

 

Cientos de personas más que las informadas en los reportes diarios murieron por Covid-19 en el Reino Unido según las cifras oficiales publicadas este martes en las que se incluyen los fallecimientos que ocurrieron en asilos de ancianos y casas particulares.

Los datos surgen de la Oficina de Estadísticas Nacionales (ONS) que señala que fueron 6.235 las personas que murieron en Inglaterra y Gales antes del 3 de abril, lo que representan un 15% más de decesos informados por el Servicio Nacional de Salud (NHS), el organismo encargado de emitir los partes diarios sobre la evolución local de la pandemia.

"Las 16.387 muertes registradas en Inglaterra y Gales durante la semana que terminó el 3 de abril es el total semanal más alto desde que comenzamos a recopilar datos de muertes semanales en 2005" dijo el analista del organismo, Nick Stripe.

La diferencia entre ambos cómputos surge porque los datos diarios publicados por el gobierno británico se basan exclusivamente en las muertes ocurridas en hospitales y centros de salud, que incluyeron un diagnóstico confirmado de Covid-19, entre las que no se contabilizaban las ocurridas en hogares de ancianos y casas particulares.

La ONS explicó que las cifras publicadas por el NHS, son valiosas porque están disponibles muy rápidamente y dan una indicación de lo que sucede día a día, pero tienen sus limitaciones.

En cambio, las cifras del organismo estadístico tardan más en prepararse, ya que tienen que ser certificados por un médico, registrados y procesados, pero, una vez listos, son la información más precisa y completa.

De acuerdo con las nuevas cifras, 406 personas con coronavirus murieron fuera de los hospitales en Inglaterra y Gales en la semana que terminó el 3 de abril, un período en el que se habían reportado 3.716 muertes en los hospitales.

Ayer, el director médico de Inglaterra, Chris Whitty, dijo que el 13.5% de los hogares de ancianos fueron afectados por el virus sólo durante las últimas 24 horas, un dato que encendió las alarmas en la sanidad británica ya que según las estadísticas de cinco países europeos, casi la mitad de todas las muertes relacionadas con el coronavirus se encuentran entre residentes de hogares de ancianos.

Esas cifras están contenidas en un informe de académicos de la London School of Economics, que se centra en Italia, España, Francia, Irlanda y Bélgica.

En el Reino Unido alrededor de 410.000 personas viven en hogares de ancianos.

Según consignó la BBC, los principales responsables del sector de cuidado y protección a los ancianos, como Age UK, Marie Curie, Care England, Independent Age y la Sociedad de Alzheimer, instaron al ministro de Salud, Matt Hancock, a extremar el apoyo a la atención social por la pandemia.

El Reino Unido registró ayer un total de 11.329 fallecidos por el coronavirus, mientras que los casos positivos sumaron 88.621.


 

El estudio habla de medidas "intermitentes" si no aparece un tratamiento o vacuna contra el virus.

Un confinamiento único no detendrá al coronavirus y se requerirán períodos intermitentes de distanciamiento social hasta 2022. Esa es la principal conclusión de un estudio de científicos de la Universidad de Harvard que simularon la trayectoria de la pandemia.

La simulación realizada por el equipo de Harvard, difundida en un artículo de la revista Science, sostiene que el Covid-19 se volverá estacional, como los coronavirus estrechamente relacionados que causan el resfriado común, con tasas de transmisión más altas en los meses más fríos.

La novedad se conoce en momentos en que en Estados Unidos, donde se realizó el estudio, y en muchos países se debaten las estrategias para salir de la cuarentena obligatoria, que está generando una crisis económica sin precedentes.

Ordenar la salida

El estudio de la universidad estadounidense aclara que aún se desconoce mucho sobre el coronavirus, incluido el nivel de inmunidad adquirido por una infección previa y cuánto tiempo dura, por lo que todas las estimaciones son parciales.

"Descubrimos que es probable que las medidas de distanciamiento social por única vez sean insuficientes para mantener la incidencia del SARS-CoV-2 dentro de los límites de la capacidad de atención crítica en Estados Unidos", sostuvo el autor principal Stephen Kissler en una intercambio con periodistas.

"Lo que parece ser necesario en ausencia de otro tipo de tratamientos son los períodos intermitentes de distanciamiento social", agregó. El estudio hace hincapié en que este tipo de medidas deben complementarse con un incremento de la capacidad de atención crítica en los centros de salud.

De todas maneras, se requerirían pruebas virales generalizadas para determinar cuándo se han cruzado los umbrales para reactivar el distanciamiento, dijeron los investigadores, que aclararon que son conscientes de que el confinamiento prolongado, incluso si es intermitente, tendría "consecuencias económicas, sociales y educativas profundamente negativas".

La salida de la cuarentena y la paradoja del "pico" que se posterga

Sin embargo, una cosa es casi segura: el virus llegó para quedarse. El equipo aseguró que era muy poco probable que la inmunidad fuera lo suficientemente fuerte y dure lo suficiente como para que el Covid-19 se extinga después de la ola inicial, como fue el caso del brote de SARS de 2002-2003.

"Incluso en el caso de una aparente eliminación, la vigilancia del SARS-CoV-2 (como se denomina científicamente al nuevo coronavirus) debe mantenerse ya que un resurgimiento del contagio podría ser posible hasta 2024", dice el estudio.

Los desafíos incluyen encontrar una prueba confiable para determinar quién tiene anticuerpos para el coronavirus, establecer el nivel de inmunidad conferido por una infección previa y cuánto tiempo dura, y la capacidad de los sistemas de salud sobrecargados para llevar a cabo pruebas de anticuerpos confiables y generalizadas en la población general.

Mark Woolhouse, un epidemiólogo de enfermedades infecciosas de la Universidad de Edimburgo, dijo a AFP que "este es un estudio excelente", aunque remarcó que "es importante reconocer que es un modelo; es consistente con los datos actuales, pero no obstante se basa en una serie de suposiciones, por ejemplo sobre la inmunidad adquirida, que aún no se han confirmado".


 

Annalena Baerbock, colíder de Los Verdes alemanes defiende los coronabonos para revivir la economía y advierte de que la reconstrucción no debe aparcar la crisis climática.

Annalena Baerbock (Hannover, 39 años) es la colíder de Los Verdes, el partido estrella de la política alemana, que hace meses que se instaló en segunda posición en las encuestas por detrás de los conservadores de Angela Merkel. Además, es en estos momentos la voz más proeuropea que se escucha en el Bundestag. Los Verdes piden abiertamente y sin peros coronabonos y una verdadera respuesta conjunta a la pandemia.

Esta crisis ha ejercido de cuarto oscuro, en el que se van revelando una a una las debilidades de una Unión Europea con serias dificultades para actuar unida, muy dependiente de terceros países como China e inmersa en una feroz competencia entre socios por el material médico. “Si los europeos no nos mantenemos juntos ahora, las fuerzas antidemocráticas y antieuropeas tratarán de llenar ese vacío”, advierte Baerbock en esta entrevista con EL PAÍS y el diario italiano La Repubblica.

Pregunta. El Eurogrupo ha acordado desbloquear las ayudas de medio billón de euros contra la crisis del coronavirus y los coronabonos han quedado aparcados. ¿Cree que es suficiente para ayudar a países como Italia o España?

Respuesta. El acuerdo sobre un fondo conjunto es un rayo de esperanza y su anclaje en el presupuesto de la UE es una buena noticia para la democracia europea. Evitar el fracaso fue importante, pero habría sido necesaria una señal más fuerte hacia el futuro.

Para la lucha contra la crisis sanitaria, el compromiso puede ser suficiente, pero para apoyar las inversiones, ayudar a amortiguar las consecuencias sociales de la crisis y que las finanzas públicas nacionales no queden completamente fuera de control, sería necesario tomar más medidas. No debemos conformarnos con arreglar el pasado.

Este habría sido el momento de una acción decisiva, que haga que Europa se mantenga unida cuando importa. Unos bonos europeos ad hoc, como los coronabonos, serían un instrumento de financiación solidaria económicamente razonable y la dimensión del desafío es la apropiada.

Revivir la economía en Europa es nuestra misión conjunta. Si los Gobiernos no son capaces de trasladar a la población en situaciones de crisis que la UE es parte de la solución, Europa sufrirá un gran daño. También debemos imaginar qué pasaría si China ofreciera a Italia y a España un plan Marshall generoso.

P. Mientras el antieuropeísmo y la germanofobia crecen, países como China o Turquía han salido al rescate de los europeos. ¿Teme que fuerzas antidemocráticas salgan beneficiadas de esta crisis?

R. Si los europeos no nos mantenemos juntos ahora, las fuerzas antidemocráticas y antieuropeas tratarán de llenar ese vacío. Durante la crisis financiera, la falta de solidaridad europea también provocó que infraestructuras en Grecia o en Portugal como puertos acabaran vendidas a China. Esta vez, China ha lanzado una “gira de ayuda” para pequeñas empresas en el norte de Italia, para expandir su influencia en Europa.

Lo mismo sucede con la ayuda médica. En las primeras semanas de la crisis del coronavirus, los europeos mostramos muy poca solidaridad con los otros y reaccionamos imponiendo restricciones a la exportación. Ese fue un error y de repente, los otros ocuparon el lugar, aunque solo fuera para la foto. Por eso es importante que en los últimos días el Gobierno haya acogido pacientes de Italia de Francia en hospitales alemanes, y lo mismo con el suministro de respiradores y otros materiales.

P. La disputa entre el norte y el sur es cada vez más bronca y recuerda a las grietas que se abrieron en la crisis financiera. ¿Teme que Europa pueda acabar rompiéndose?

R. Eso es precisamente lo que hay que evitar. El norte, con Alemania a la cabeza, se dio cuenta demasiado tarde de que la crisis financiera no era una acumulación de crisis nacionales, que en una unión monetaria hay que apoyarse mutuamente. Ser una comunidad significa que si un país de la zona euro se encamina al abismo, el resto corre el peligro de caer detrás.

No debemos repetir los errores del pasado. Si no queremos que la crisis del coronavirus se convierta en una nueva crisis del euro, o en una crisis europea, es necesario un esfuerzo conjunto de todos los países de la UE.

P. Esta vez es diferente; una legión de intelectuales y parte de la prensa ha defendido una deuda común, pero las resistencias siguen siendo enormes. ¿Por qué es aún tan difícil hablar de coronabonos en Alemania?

R. En Alemania libramos un debate muy intenso sobre los coronabonos, pero desgraciadamente, el Gobierno alemán ha echado hasta ahora el freno. Además de Los Verdes, no solo muchos intelectuales están a favor, sino también representantes de los empresarios están claramente a favor de los eurobonos porque tiene sentido desde un punto de vista económico. Un bono europeo tendría intereses muy bajos e incluso a veces negativos.

Si superamos esta crisis juntos, países como España o Italia seguirán siendo capaces de saldar sus deudas. Los bonos mutualizados sirven para calmar a los mercados. Si funciona, Alemania no tendría que pagar ni un euro y el mundo vería que Europa funciona unida. Pero si nos permitimos estar divididos, terminará costándonos caro y nuestra influencia como Europa disminuirá.

P. La distribución de refugiados es otro ejemplo en el que la UE ha sido incapaz de ponerse de acuerdo. Ahora, miles esperan en Grecia en condiciones inhumanas a que Europa mueva ficha.

R. Lo que está sucediendo en las islas griegas es una de las grandes catástrofes de la UE. Los valores europeos se están hundiendo en el Mediterráneo. Las cuotas comprometidas de acogida de refugiados de Italia y Grecia deben cumplirse inmediatamente. Debido al coronavirus, es más importante que nunca aliviar la situación en los campos masificados.

P. El Estado cobra ahora una nueva relevancia y se habla incluso de nacionalizar empresas. ¿Qué papel debe jugar el Estado en esta crisis?

R. Lo que necesitamos es construir una economía europea de pandemia. Como bloque económico, debemos coordinar el desarrollo de material médico, empezando por mascarillas y respiradores. En el futuro, la producción de medicamentos debe también tener lugar en Europa, para que no seamos tan vulnerables.

Eso no requiere siquiera nacionalizaciones, hay pymes listas, pero los países europeos deben ofrecerles garantías de compras a medio plazo. Es inaceptable que nosotros, el mayor mercado único del mundo, dependamos de las importaciones de China de mascarillas y que compitamos con otros países europeos en lugar de producir juntos.

P. ¿Teme que la recuperación económica se produzca al margen de las conquistas ambientales, que el medio ambiente sea una víctima más de la Covid-19?

R. El coronavirus nos demuestra lo que significa reaccionar demasiado tarde en una crisis. La crisis climática no ha desaparecido. Necesitamos un programa económico y de inversiones exhaustivo para revivir nuestra economía, dirigido a la transformación socioecológica en el sentido de un Green Deal.

P. En Alemania, el coronavirus ha reforzado a los partidos del Gobierno —conservadores y socialdemócratas— y ha frenado la imparable ascensión de su partido. ¿Merman las opciones de Los Verdes para ser un partido de gobierno?

R. Estamos en medio de una crisis de dimensiones históricas, que ni Alemania ni Europa habían vivido desde la Segunda Guerra Mundial. Es esencial que todas las fuerzas democráticas en Alemania y en Europa trabajen juntas para controlar la pandemia.

Eso es lo que Los Verdes estamos haciendo como partido de la oposición a nivel federal y como partido de gobierno en once Estados federados. Antes de la crisis, no basábamos nuestras políticas en las encuestas y tampoco lo vamos a hacer ahora. Me interesan otras cifras: ¿Se está aplanando la curva? ¿Está creciendo el desempleo? ¿Están llegando las ayudas a las empresas? ¿Crece la violencia doméstica y la depresión?

P. Pensando en la fase post confinamiento, ¿debería una aplicación de rastreo en el móvil, al estilo de Corea del Sur funcionar en Alemania?. ¿Qué le parece la estrategia de identificar a las personas inmunes?.

R. El rastreo de la infección es un instrumento central para frenar los contagios y reducir las masivas restricciones de derechos fundamentales. Pero las aplicaciones deben respetar las leyes de protección de datos. Y solo puede tener éxito si la UE trabaja junta, como demuestra la Corona App, en la que participan 130 expertos de ocho países europeos. La democracia liberal también está sometida a prueba en esta crisis.

P. ¿Cómo es su vida ahora?

R. Trabajando desde casa y como profesora a tiempo parcial, porque tengo hijos de primaria e infantil. No es sencillo, pero por supuesto no es nada comparado con quienes viven en un apartamento pequeño, sin balcón o jardín o que sufren angustias existenciales. Por no mencionar a las enfermeras y los médicos que están haciendo un trabajo increíble.

Ana Carbajosa

 

La pandemia lleva al Gobierno de Estados Unidos a llamar a médicos extranjeros y a blindar a inmigrantes indocumentados que trabajan en el campo.

La Administración Trump urge a los profesionales médicos extranjeros, sobre todo a aquellos que trabajan con la Covid-19, a contactar con los consulados para acelerar la tramitación de sus visados y que puedan incorporarse cuanto antes a la lucha de Estados Unidos contra el coronavirus.

También califica de “esenciales” empleos, como la recogida de las cosechas, que sabe que hacen los inmigrantes indocumentados. Y anuncia que no realizará redadas en busca de sin papeles, para evitar que el temor de estos a acudir al médico genere focos de contagio.

La pandemia del coronavirus ha subrayado la importancia de los trabajadores inmigrantes en la economía estadounidense. Y ha puesto en evidencia algunas contradicciones en la política de mano dura con la inmigración que constituye uno de los pilares del discurso del presidente Donald Trump.

Se da la paradoja de que, mientras la guardia fronteriza acelera la expulsión en caliente de los indocumentados retenidos en sus centros, la Administración poco menos que blinda a los indocumentados en el campo, y facilita la entrada a inmigrantes cualificados para paliar la escasez de profesionales médicos con los que combatir la pandemia en primera línea.

Ocurre justo en el momento en que el país se despierta del dulce sueño del pleno empleo, y se enfrenta a unas cifras de paro históricas. Más de 16 millones de personas, uno de cada 10 trabajadores del país, han solicitado la prestación por desempleo entre las dos últimas semanas de marzo y la primera de abril.

Los expertos no dudan de que les seguirán millones más. Donald Trump, que ha hecho suyo el eslogan de “comprar estadounidense y contratar a estadounidense”, se encuentra ahora entre dos fuerzas: los empresarios que le urgen a relajar la mano dura con la inmigración para contener el descalabro de la economía, y los activistas anti inmigración, a los que ha azuzado durante más de tres años, que reaccionan airados a cualquier atisbo de cambio de actitud justo en el momento más crítico.

“Queremos que vengan”, dijo Trump, el 1 de abril, sobre los inmigrantes que vienen a trabajar al campo. “No estamos cerrando la frontera para que no pueda entrar toda esa gente. Han estado ahí años y años, y he dado mi palabra a los granjeros: van a continuar viniendo”.

En el campo de California está empezando estos días la recogida de la fresa. En dos semanas, serán las cerezas y los arándanos. En mayo, albaricoques y nectarinas. Un estudio de la Universidad de California calcula que trabajan 800.000 personas en la industria agrícola de ese Estado. La estimación más baja es que el 60% son indocumentados. Estos días de aislamiento, son las manos que garantizan que hay fruta y verdura fresca en los supermercados.

Estos trabajadores siempre han temido a la policía. Desde que California aprobó la orden de cuarentena, se añade otra razón para pedirles los papeles: la policía vigila que solo salgan a la calle trabajadores “esenciales”.

La ironía del momento es que los indocumentados de los campos son a la vez trabajadores esenciales. Sin ellos no funciona la cadena de suministro de alimentos. “Si no fuera por ellos, cuánta gente se encontraría sin comida en la tienda”, dice por teléfono Manuel Cunha, presidente de Nisei Farmers League, un sindicato importante de Fresno, California.

Hace siete semanas, Cunha empezó a enviar a las asociaciones de productores una carta tipo para que la firmaran. Es una especie de salvoconducto. “En apenas un párrafo, se dice el nombre del trabajador, el granjero para el que trabaja y el teléfono. Si le para un agente de policía o del sheriff, solo tiene que enseñar la carta, llaman al granjero y este les confirma que esa persona se está desplazando a trabajar”. Las asociaciones han repartido las cartas entre las enormes producciones agrícolas de Fresno, afirma, y calcula que ya han impreso unas 400.000.

Ha tenido que llegar una pandemia mundial para que las administraciones de Estados Unidos reconozcan por escrito que no se puede prescindir de los inmigrantes irregulares. Tampoco aterrorizarlos. El pasado 18 de marzo, la policía de inmigración (ICE, por sus siglas en inglés) anunció que paralizaba las redadas y detenciones indiscriminadas de indocumentados. Solo seguirán adelante las detenciones de delincuentes peligrosos. El criterio en la presidencia de Trump es detener a la mayor cantidad de gente posible.

El comunicado de ICE decía expresamente que no habrá detenciones cerca de servicios de salud, como hospitales. “La gente no debería evitar la atención médica por miedo a la actividad de la policía de inmigración”, afirma.

El cambio de criterio, aunque temporal, extiende a la sanidad lo que ya era evidente en el ámbito de la seguridad pública en todas las grandes ciudades de EE UU, donde la policía no pide a nadie los papeles para que no tengan miedo de denunciar crímenes o testificar. A esto se le llama políticas de santuario y es una de las obsesiones de Trump. El coronavirus ha obligado a Trump a declarar de facto todos los hospitales santuarios.

La crisis también ha obligado al Gobierno a buscar fuera de sus fronteras profesionales con los que combatir la pandemia en los hospitales del país. “Animamos a los profesionales médicos que buscan trabajo en Estados Unidos con un visado de trabajo o de intercambio, especialmente aquellos que trabajan en temas de Covid-19, a contactar con la embajada o consulado más cercano para obtener una cita”.

El mensaje lo lanzó el 26 de marzo el Departamento de Estado. Seis días antes, se habían suspendido los servicios rutinarios de visados en las embajadas de todo el mundo, reducidas a servicios esenciales y concentrados en la repatriación de estadounidenses.

El mensaje, publicado en la página web del Departamento de Estado y difundido por redes sociales, desató un aluvión de llamadas de profesionales médicos para interesarse por la aparente invitación a iniciar un proceso que, en condiciones normales, puede demorarse durante años.

También críticas en las redes por lo que se interpretaba como la promoción de una fuga de cerebros que podría ser letal para países que luchan contra una pandemia que pone al límite sus recursos. Al día siguiente, el Departamento de Estado tuvo que emitir una “aclaración”: el mensaje se dirigía solo, dijeron, a aquellos profesionales que ya habían sido admitidos para trabajos o estudios en Estados Unidos.

“Debo confesar que quizá lo que publicamos no era tan claro como debía haberlo sido”, reconocía Ian Brownlee, de la Oficina de Asuntos Consulares, en una sesión informativa telefónica con periodistas. “Se trata de gente que ya estaba lista para venir, no buscamos a otros”, aclaró. Preguntado acerca de por qué entonces publicar el anuncio, si no se estaba ofreciendo un tratamiento especial, Brownlee respondió que tendría que mirar “cómo todo esto sucedió”.

No ha sido la única medida reconsiderada (o aclarada) después de desatar una polémica. El 5 de marzo, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que aumentaría en 35.000 los visados para trabajadores temporales disponibles este año.

Se trata de un visado que permite a los empleadores traer a trabajadores extranjeros para actividades temporales no agrícolas, como la hostelería o el turismo. Los empresarios suelen defender que se aumente el cupo, pero los partidarios de reducir la inmigración consideran que la práctica abarata los salarios e impide a los estadounidenses acceder a esos empleos.

El pasado 2 de abril, tras la publicación de los alarmantes datos de empleo, el Gobierno anunció que el plan de ampliar el cupo quedaba suspendido “debido a las actuales circunstancias económicas”.

El problema es que muchos empresarios consideran que los trabajadores extranjeros son cruciales para determinados empleos que cuesta cubrir con ciudadanos estadounidenses. Y más cuando ahora pueden obtener más ingresos con las prestaciones de desempleo y otras ayudas contempladas en el gigantesco plan de estímulo a la economía.

“Los inmigrantes están trabajando en los supermercados, en el campo, procesando la comida, en la construcción. Son las personas que, en momentos de emergencia, mantienen este país funcionando”, defiende Sindy Benavides, directora de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos. “Confío en que esta crisis haga que, como sociedad, comprendamos esto”.

Pablo Guimón

 

El presidente ruso adopta un segundo plano en la gestión de la crisis del coronavirus. Su postura puede marcar un momento crítico en su mandato.

Durante las dos décadas de su mandato, Vladímir Putin, ha hecho ver a los rusos que es él quien toma las decisiones. Quien, en última instancia, se remanga y soluciona los problemas.

El que escucha al ciudadano que pide otra línea más de metro en su remota ciudad, para que poco después el gobernador de aquella región lo anuncie. O al veterano militar que reclama más recursos. Pero en la crisis del coronavirus, el presidente ruso ha preferido un papel secundario.

Putin solo quiere dar buenas noticias. Y ha dejado a sus lugartenientes los anuncios más duros. La alerta sanitaria de la Covid-19, que en Rusia no alcanza (al menos todavía) las abrumadoras cifras de fallecidos y contagios de Occidente, y su gestión es, sin embargo, un episodio decisivo no solo para el futuro del país sino también para su líder, a quien la crisis le ha pillado a punto de cristalizar una maniobra para perpetuarse en el poder.

Salvo la híper televisada visita a ‘primera línea’ al principal hospital de Moscú para el tratamiento del coronavirus, donde se enfundó un vistoso traje de protección especial amarillo y una moderna mascarilla, el presidente ruso ha estado ausente en la respuesta a la pandemia de coronavirus, que en Rusia ha matado a unas 130 personas y contagiado a más de 15.700, según sus datos oficiales, aunque las autoridades han admitido que la cifra real es mucho mayor. Han sido su primer ministro, Mijaíl Mishustin y, gobernadores regionales o alcaldes como el de Moscú, Serguéi Sobianin --con un papel muy destacado--, los responsables de proponer y emprender las medidas de restricción más dolorosas.

“Un modelo que en una Rusia que ha destruido el federalismo, centralizando el poder y privando a las regiones de recursos financieros, choca. De repente llegan malos tiempos y las regiones reciben más autoridad y son así las responsables de la crisis”, apunta la politóloga Marina Litvinóvich.

Mientras, Putin ha comparecido para pedir a los ciudadanos, con tono pausado y venerable, que se queden en casa, anunciar planes de apoyo económico a empresas y profesionales sanitarios; y, sin declarar el estado de emergencia, anunciar un régimen de “días no laborables” hasta final de mes.

“Queridos amigos, todo pasa y esto también pasará. Nuestro país ha superado repetidamente pruebas serias: los pechenegos lo atormentaron, también los polovzi [ambos pueblos seminómadas]. Rusia los derrotó a todos”, dijo esta semana. Y la comparación de la lucha contra el coronavirus con las guerras contra esos enemigos medievales dejó atónitos a muchos rusos.

Su “discurso desapasionado” muestra ahora más que nunca su falta de contacto con la realidad, resalta la politóloga Litvinóvich, que señala que el líder ruso no quiere perder su índice de popularidad. Y menos ahora que todavía debe celebrarse la consulta ciudadana (aplazada por el coronavirus) sobre la reforma de la Constitución que incluye una enmienda que abre una puerta a que Putin permanezca en el sillón del Kremlin hasta 2036.

La confianza de los ciudadanos hacia el líder ruso se ha llegado a resentir varios puntos del 67% de primeros de año al 60% en marzo, según la encuestadora estatal VTsIOM. Ahora ha remontado. Sobre todo tras los últimos discursos, en los que, pese a que aún no ha reclamado un papel protagonista, se ha centrado en anunciar medidas para amortiguar el golpe financiero y la recesión a la que Rusia se encamina debido a las medidas de hibernación por la pandemia.

“Esta es una táctica muy antigua para que nada negativo, solo lo bueno, provenga de Putin. Incluso si la noticia en sí es mala, Putin la retuerce tratando de exponer solo lo positivo”, opina Alexander Soloviov, jefe del Partido de los Cambios en Moscú. “Por eso sus subordinados, los cargos inferiores, son los que toman las principales acciones y anuncios impopulares”, añade.

Políticos como Soloviov y analistas como Marina Litvinóvich han hablado mucho estos días sobre el sobre el “diccionario de palabras prohibidas de Putin”. Vocablos como “cuarentena”, “estado de emergencia” o “referéndum”, que nunca pronuncia; como tampoco lo hacía antes con “Navalni”, evitando dar visibilidad a Alexéi Navalni, uno de los principales líderes opositores extraparlamentarios, y muy conocido en Occidente.

Pero no declarar la emergencia nacional y optar por esas vacaciones pagadas puede tener una explicación no solo semántica, dice Soloviov. “Para declarar una cuarentena completa, es necesario decretar un estado de emergencia. Eso abre legalmente la puerta a que los ciudadanos reclamen al Estado indemnizaciones por las pérdidas sufridas.

Ahora la carga la tienen los restaurantes, bares, tiendas que tienen que cerrar sin apenas apoyos. Y las pequeñas y medianas empresas si siguen el régimen de días no laborables pagados”, dice el político. Así, con más éxito todavía que los memes sobre guerreros pechenegos y polovzi, estos días circula un chiste en las redes sociales rusas que hace referencia a todo ello: “Entra Putin a un bar y dice ‘una ronda para todos’. Y acto seguido: ‘Invita la casa”.

Así, son ahora cada vez más numerosas las voces que piden al Estado que libere sus reservas financieras. Que el golpe para la economía si no lo hace puede ser muy duro. Pero Rusia, que cuenta con un fondo para los días malos a costa del petróleo, ha estado apostado en los últimos años por una política de ahorro severa y eso se nota en el bolsillo de los ciudadanos, que han visto reducidos sus ingresos corrientes por la recesión derivada de las sanciones occidentales y una economía que necesita reformas; y que ahora pueden resentirse todavía más.

“Los tiempos de vacas gordas han terminado, ahora tenemos que gestionar más eficazmente los recursos que hay en el estado”, avisó el ministro de Finanzas, Antón Siluanov, la semana pasada.

Un aviso que ha escamado a una ciudadanía preocupada por qué sucederá después de esta crisis sanitaria y que ve cómo mientras en Rusia faltan mascarillas y los sanitarios se quejan de que no tienen trajes de protección o que los respiradores y la tecnología de sus centros está algo obsoleta, Rusia se presenta como el salvador, enviando un cargamento de material y un contingente de sanitarios a Italia o Serbia –donado— o a Estados Unidos.

CONFINAMIENTO MÁS SEVERO EN MOSCÚ

Moscú endurece las medidas de confinamiento. El alcalde de la capital rusa, una de las ciudades más digitalizadas del mundo, ha introducido un nuevo sistema de pases digitales sin los cuales no se podrá transitar en transporte público o privado.

Podrán obtener estos salvoconductos --en formato QR y que se descargarán al móvil-- los ciudadanos que trabajen en las consideradas profesiones fundamentales, cuya actividad no se ha suspendido aún: organizaciones financieras o sanitarias, por ejemplo.

Los empleados estatales, abogados o periodistas con acreditación no necesitan el pase, por ahora, según el decreto firmado por el alcalde, Serguéi Sobianin. En la capital rusa ya solo las actividades esenciales permanecían activas: tiendas de alimentación, farmacias, establecimientos de telefonía móvil. Todos los bares y restaurantes o centros comerciales están cerrados. Y solo se puede salir a la calle para ir y volver al trabajo, a comprar, bajar la basura o pasear al perro pero no a más de 100 metros del domicilio.

Estas medidas, sin embargo, han tenido un seguimiento muy desigual. Y esto, ha reconocido el alcalde, ha llevado al endurecimiento de las normas con el sistema de pases. En algunos barrios los ciudadanos no han dejado de salir a los parques o incluso hacer alguna barbacoa. Solo ayer, la policía multó a más de 1.300 personas por infringir el decreto y reunirse en la calle, según las autoridades.

“Esto es una necesidad. La necesidad de preservar la vida y la salud de muchos moscovitas, lo antes posible para superar el desastre y volver a la vida normal”, remarcó Sobianin en su blog, en el que explicó que la medida de los pases se empezará a introducir paulatinamente.

Alguna ciudad rusa ha experimentado ya con este sistema. Pero Moscú es punta de lanza en la respuesta a la Covid-19. Fue la primera en decretar confinamiento y seguida por otras muchas. También puede abrir camino ahora, con los salvoconductos digitales que ahondan aún más en las fórmulas de escrutinio digital.

María R. Sahuquillo

 

Las autoridades de sanidad de todo el mundo están intentando obtener más respiradores para tratar a pacientes infectados con el coronavirus, pero algunos médicos han decidido prescindir de esas máquinas cuando pueden.

La razón: algunos hospitales han reportado tasas de muertes inusualmente altas de pacientes con coronavirus conectados a respiradores, y hay médicos que temen que las máquinas para respirar pudieran estar dañando a algunos enfermos.

La evolución de los tratamientos pone de relieve el hecho de que los doctores aún están aprendiendo la mejor forma para manejar un virus que emergió hace apenas unos meses. Se están basando en datos anecdóticos en tiempo real mientras reciben una oleada de pacientes y los suministros básicos escasean.

Los respiradores mecánicos envían oxígeno a los pacientes cuyos pulmones están fallando. Utilizar las máquinas involucra sedar al enfermo y meterle un tubo por la garganta. Las muertes de ese tipo de pacientes son comunes, sin importar la razón por la que requieran la ayuda para respirar.

En términos generales, de 40 a 50% de los pacientes con dificultad respiratoria severa mueren mientras están conectados a un respirador, de acuerdo con expertos.

Pero 80% o más de los enfermos con coronavirus que fueron colocados en las máquinas en la ciudad de Nueva York han fallecido, informaron las autoridades municipales y estatales.

Se han registrado también tasas de mortalidad más altas de las normales en otras partes de Estados Unidos, dijo el doctor Albert Rizzo, director médico de la American Lung Association.

En tanto, han surgido reportes parecidos en China y Gran Bretaña. Uno del Reino Unido colocó la cifra en 66%. Un pequeño estudio en Wuhan, la ciudad china donde se registró el primer caso de la enfermedad, señaló que 86% de esos pacientes fallecieron.

La razón no está clara. Podría tener que ver con el estado de salud general de los pacientes antes de que se contagiaran. O podría estar relacionada con qué tan graves estaban cuando fueron conectados a las máquinas, señalaron algunos expertos.

Pero algunos profesionales de la salud se han preguntado si los respiradores en realidad podrían empeorar las cosas para algunos pacientes, quizás al provocar o agravar una reacción dañina del sistema inmunológico.

Eso es una especulación. Pero los expertos sí dicen que los respiradores pueden ser dañinos para un paciente con el paso del tiempo, debido a que se inyecta oxígeno a alta presión en los pequeños sacos de aire en los pulmones del paciente.

``Sabemos que las máquinas para respirar no son benignas'', dijo el doctor Eddy Fan, experto en atención respiratoria en el Hospital General de Toronto. ``Uno de los hallazgos más importantes en las últimas décadas es que los respiradores pueden agravar las lesiones pulmonares, así que tenemos que ser cuidadosos en la forma en que lo usamos''.

Los peligros pueden reducirse al limitar la cantidad de presión y el tamaño de las respiraciones administradas por la máquina, comentó Fan.

Sin embargo, algunos doctores dijeron que están tratando de mantener a los pacientes sin respiradores tanto como les sea posible, y en su lugar recurren a otro tipo de técnicas.

Cada vez más, los médicos están probando otras medidas primero. Una es hacer que los pacientes se acuesten en distintas posiciones, incluyendo boca abajo, para permitir que distintas partes del pulmón se oxigenen mejor.

Otra es darles a los pacientes más oxígeno a través de tubos nasales u otro tipo de dispositivos.

Algunos médicos están experimentando con añadir óxido nítrico a la mezcla, para ayudar a mejorar el flujo sanguíneo y el oxígeno a las partes menos dañadas de los pulmones.

Mike Stobbe

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