Lunes, 11 Mayo 2020 21:00

El “talmudismo” kirchnerista - Por Carlos Berro Madero

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Según algunos politólogos e historiadores, el “talmudista” es un esclavo de la interpretación literal de ciertos principios, que no penetra en la esencia de los mismos basado en una fe absoluta, sin plantearse los efectos de la mutación constante de la realidad.

 

El término, usado para describir las raíces de algunos pensamientos totalitarios, fue empleado por primera vez entre 1953 y 1955 en relación con los viejos dogmas del stalinismo -como señala Wolfgang Leonhard en su interesante análisis de la ideología soviética-, para destacar el “amaneramiento sentencioso” (sic) de quienes siguieron propiciando tozudamente dichos dogmas.

Estamos persuadidos, por lo que tenemos a la vista, que una de las características del kirchnerismo, es haber convertido a sus partidarios en fanáticos “talmudistas”.

Su estructura ignora el valor de las transformaciones ocurridas en el mundo durante el siglo XX, concentrándose obsesivamente en “ahogar” políticamente a quienes mantienen una cierta flexibilización conceptual, con el fin de lograr un desarrollo “aggiornado” e inteligente de la sociedad.

Impregnados por férreos conceptos expandidos entre sus adeptos de manera casi militar, se asocian solamente con quienes acepten, sin derecho a réplica, su férrea concepción de la concentración del poder en manos del Estado, a la par que promueven el monopolio de la divulgación de sus directrices estratégicas.

Es muy posible que aprovechen el eventual desapego que se produzca en estos días entre aquellos que sientan que un gobierno democrático “tradicional” carece de la idoneidad adecuada para resolver la coyuntura del temido coronavirus; y vemos de tal manera que la Hydra de dos cabezas (Alberto y Cristina), comienza a aumentar la presencia de miembros radicalizados en el seno del gobierno, evidenciando una búsqueda impertérrita de la conquista del poder total a como dé lugar.

Según algunas voces de alguno de sus intérpretes más audaces: “con sangre o con razonamientos” (sic).

La situación que vivimos, que ha forzado una suerte de “socialismo humanitario”, les cae como anillo al dedo y les permitirá cobrar seguramente un vigoroso impulso merced a disposiciones gubernamentales que intentan obtener nuestra “veneración” por sus estrategias de inmovilidad y aislamiento -lo que puede convertirnos en una sociedad de “zombies”-, quedando a merced de la colectivización de la economía y la riqueza nacional, dispuesta por un Poder Ejecutivo que no se ve obligado a dar cuenta de sus actos de disposición, porque los otros dos –Legislativo y Judicial-, están en virtual “hibernación”.

Entramos pues en una fase en la que muchos ciudadanos aceptan mansamente que la autoridad cuasi omnímoda del gobierno es la única que puede planificar una “salida” hacia delante, reforzando de tal modo la figura de un Estado omnipresente.

Esto entraña un enorme peligro que ya hemos vivido en el pasado, cada vez que decidimos cobijarnos bajo la “tutela” de quienes finalmente terminaron instaurando un régimen absolutista.

Al respecto, nos asalta una inquietud: ¿Alberto es realmente un títere de Cristina y el kirchnerismo extremo? ¿O cumple el papel de “vigilante bueno” dentro de la organización? ¿Sus movimientos estarán o no consensuados con la “abogada exitosa”? ¿Estará preparando por el contrario su futuro “despegue” personal?

Para formarnos una idea más clara, hemos hecho el siguiente análisis:

  • 1) La carrera política de Alberto Fernández ha consistido en una sucesión casi ininterrumpida de mutaciones ideológicas de conveniencia.
  • 2) Ha “flexibilizado” sus pensamientos de acuerdo con las oportunidades que se le presentaron a lo largo del tiempo, sin clara preferencia sobre algún “color” determinado.
  • 3) No es un líder, ni tiene carisma de ningún tipo, y evidencia saberlo a través de su búsqueda de consensos inentendibles.
  • 4) Por lo dicho anteriormente, aparece como quien está siempre a la espera de una buena oportunidad para “proyectarse”.
  • 5) Vive apegado a las “roscas” de medio pelo, agazapado detrás de cualquier situación favorable para sus ambiciones, “tomándola” sin arriesgar demasiado.

Veamos ahora a Cristina:

  • 1) La biografía “no autorizada” de Graciela Brunetti: “Arréglate como puedas” (quien la trató en su adolescencia), la muestra como una persona profundamente resentida por su origen ilegítimo, que hace lo imposible para reivindicarse frente al “qué dirán” de los demás.
  • 2) Su matrimonio con Néstor surgió como consecuencia de su desmedido afán por el éxito, al seguir a un hombre que la “movió” por su audacia y pocos escrúpulos políticos.
  • 3) Ha probado ser una persona vanidosa, egocéntrica y pertinaz.
  • 4) A pesar de carecer de empatía con los demás, se ve a sí misma personificando a algún héroe histórico “transformador” (¿Napoleón?).
  • 5) Evidencia su empeño en salir del atolladero judicial en el que se encuentra, para lo cual parece estar dispuesta a vender su alma al diablo si fuese necesario.

Esta brevísima descripción, permite inferir que ambos protagonistas se cederán, el uno al otro y por ahora, lo necesario para consumar el “sueño del pibe” de Alberto y el logro de un futuro menos acuciante en materia de apremios judiciales, en el caso de Cristina.

Las dudas de ambos respecto del desenlace que más les favorezca decidirán el escenario, sin descartar que se esté incubando un peligro: que los fanáticos “talmudistas” del movimiento que encabezan terminen “pasándoles por encima”, y algún otro protagonista inesperado cumpla el papel de aquella tortuga de la fábula infantil, que arribó a la meta final de una carrera antes que una liebre “distraída”.

¿Estaremos frente a los primeros ecos de una tormenta política cercana?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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