Jueves, 27 Agosto 2020 21:00

Los habladores: de Fernández a Duhalde - Por Vicente Massot

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Si el presidente de la Nación tuviese más de dos dedos de frente, y pensase antes de hablar con un mínimo de cuidado, no hubiese dicho una mentira de escándalo y una falsedad manifiesta.

 

Se podrá pensar muchas cosas de Mauricio Macri, pero nadie que no fuese un desfachatado pondría en boca suya eso de que “los que tengan que morir, que se mueran”. Alberto Fernández faltó con descaro a la verdad, trasparentando así una modalidad perversa que no le conocíamos.

Por otra parte, expresó que el macrismo había sido más nocivo que el coronavirus. Con analizar serenamente el desastre por el cual atraviesa el país desde marzo -del que, en gran parte, su administración es responsable- se habría callado la boca. En realidad, y más allá de la catadura moral del personaje, es evidente que su recurrente pérdida de la compostura revela un nerviosismo inequívoco.

No sabe bien qué hacer y entonces embiste sin medir consecuencias y resultados. Si quería diferenciarse de su antecesor y plantear los contrastes, con el objeto de llevar agua a su molino, el atajo que tomó -el del agravio y el infundio- obró en su contra. Nada ha ganado. Al contrario, logró con su torpeza unificar aún más a la principal fuerza opositora y quedó como un desorbitado para muchos que todavía lo consideraban moderado.

Es evidente que los problemas más graves que nos aquejan, y de los cuales debe hacerse cargo la Casa Rosada, carecen de solución rápida e indolora. Puestos a enumerarlos, sin ánimo de establecer una orden de importancia, helos aquí: el deterioro acelerado del tejido social; los decepcionantes indicadores de la pandemia -medidos por millón de habitantes- en términos de contagios y muertos; el alarmante panorama económico general -depresión, pérdida de reservas e inflación latente- y el enrarecimiento del clima político motivado por la estrategia puesta en marcha por el kirchnerismo a través de su avance contra la Justicia. Subidos a semejante escenario como actores estelares -no de reparto- lo único que hacen en el gobierno es hablar sin demasiado sentido y escalar el antagonismo hasta límites que -de seguir así-pronto serán intolerables.

Algo de esto intuye Eduardo Duhalde, sobre cuyo discurso conviene separar el diagnóstico de la profecía. Cuando el otrora hombre fuerte del peronismo bonaerense dice que marchamos hacia la anarquía, con base en los padecimientos sociales que están a la vista y el nivel de inseguridad que existe en el conurbano, no se equivoca demasiado. Hay una bomba de tiempo activada, que puede explotar en el momento menos pensado. Cuando, en cambio, habla de un golpe de estado, desbarra sin remedio. No porque la democracia sea inmaculada sino porque las Fuerzas Armadas carecen de poder. Todas las críticas que ha recibido han hecho hincapié en el hecho de que la democracia durará para siempre y que suponer lo contrario representa un pecado de lesa majestad. Sólo Jorge Lanata realizó un análisis de las expresiones del ex–presidente sin rasgarse las vestiduras.

Aunque los intendentes del frente populista se cansen de negarlo en público y tomen la mayor distancia posible de Duhalde, en petit comité coinciden con el más de lo que les gustaría. Mario Ishii dijo cosas parecidas -sin referencias a un golpe- semanas atrás. Las preocupaciones de Sergio Berni corren por idéntico carril.

Todos ellos -en mayor o menor medida según los casos- se dan cuenta de lo que se les viene encima. Como nada desean más que sus cargos y su estabilidad, miran con creciente ansiedad el estado de cosas en el Gran Buenos Aires. Que no puedan secundar en sus dichos al ex–gobernador no quiere decir que no cambien ideas en privado y no le hagan llegar esas inquietudes a Axel Kicillof. La respuesta del gobierno nacional y el de La Plata, no ha innovado en nada comparado con las de épocas pasadas. Gastar más pesos para reforzar a las fuerzas de seguridad es una receta probada infinidad de veces y siempre fallida. Pero cuando faltan ideas, frente al delito y al dólar, las palabras solas no sirven.

El titular del Banco Central trató el lunes de tapar el cielo con un harnero. Sentenció, como si nos creyese tontos, que la distinción entre reservas liquidas y netas es sólo un invento. No obstante, cualquiera con un mínimo de conocimientos respecto del tema sabe que hay sobrada razón para diferenciar, en la materia, aquéllas de éstas, y que la actual situación de la Argentina es crítica. De lo contrario, qué sentido podría haber tenido la reunión de la semana pasada para pasar revista, al más alto nivel, a la cuestión del dólar, seguida del inoportuno contrapunto entre el presidente de la Nación y su ministro de Economía en cuanto a si se eliminaría la variante ahorro o seguiría vigente.

El mismo Miguel Pesce -aunque ahora se haga el distraído- fue quien aconsejó que se cerrara esa canilla o que -cuando menos- se redujera el máximo de U$ 200 a U$ 100. No hay que buscarle la quinta pata al gato para explicar las razones que lo llevaron a hacer unas declaraciones tan desatinadas. La entidad monetaria cuenta con reservas netas efectivas que -aun asumiendo una liquidación de las tenencias de oro- no exceden los U$ 7000 MM.

Lo que sucede es que no sabe qué camino tomar, y en ello sus dudas son las mismas que hoy atenazan a Alberto Fernández y a Miguel Guzmán. Si activan el swap de monedas con China por U$ 3000 MM, deberían pagar 7 % anual. Ganarían algo de tiempo, nada más. Si saliesen a vender las reservas de oro -unos U$ 4000 MM a valores actuales- el remedio supuesto sería peor que la enfermedad. Le estarían enviando a los mercados una pésima señal, que estos leerían -como es obvio- como síntoma de desesperación.

Si, en cambio, restringiesen al máximo las importaciones, los insumos que necesita el aparato productivo brillarían por su ausencia. Repetir, de manera monocorde, que en cuanto se termine de implementar el acuerdo con los bonistas la brecha -que separa al dólar oficial del así llamado blue- comenzará a achicarse significativamente es, tan sólo, una expresión de deseos. Lo que parece no darse cuenta Miguel Pesce es que, sin un plan serio, y dado el grado de incertidumbre que genera el intervencionismo estatal, la apuesta al billete verde seguirá firme.

Los quebraderos de cabeza también se extendieron al plano político-judicial, por llamarle de alguna manera. Quedó al descubierto la dificultad del oficialismo -de momento, insuperable- de contar en la Cámara de Diputados con los votos suficientes como para darle luz verde al proyecto que aprobará el Senado. Esto no significa que el ritmo vaya a desfallecer en su intento de disciplinar a la judicatura. Lo que hará es demorar el tratamiento y abrir un compás de espera.

¿Con qué propósito? -Tratar de comprar voluntades individuales entre algunos diputados conversables y con los gobernadores, a los cuales tentará de dos distintas formas: el envío de fondos frescos y la posibilidad de armar una Justicia a imagen y semejanza suya en sus respectivos distritos. Tiempo le sobra, ya que la media sanción de la cámara alta estará vigente por espacio de un año.

En paralelo, en otro de los frentes abiertos, los camaristas Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi obraron de acuerdo a los que indican los libros: recurrieron a la Corte Suprema a través de un recurso de per saltum a los efectos de evitar que el Senado deje sin efectos sus traslados y los eyecte de la Cámara Federal de la ciudad de Buenos Aires. El paso, no por lógico, tiene sus bemoles.

En caso de avocarse al tema -cosa que parece segura- el máximo tribunal de la Argentina ya expresó su opinión durante la administración de Mauricio Macri. Difícilmente, sin quedar desprestigiada y hacer el ridículo, podría ahora desdecirse. Pero, si ratificase su parecer, la colisión de poderes estaría a la vuelta de la esquina. Marchamos -a velocidad de vértigo- a una crisis monumental. Las actitudes tomadas por el oficialismo en materia política, económica, financiera y legislativa no hacen más que radicalizar las posiciones y ponernos al borde de un enfrentamiento social. No se apaga el fuego con nafta. Salvo -claro- que el fin sea agigantarlo.


Vicente Massot

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