Jueves, 05 Noviembre 2020 13:34

Solución de cuño salomónico - Por Vicente Massot

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Los cuatro ministros de la Corte Suprema que fallaron en el caso de los jueces Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia confirmaron cuanto era un secreto a voces.

 

Desde el momento en que aceptaron el per saltum parecía claro que si Horacio Rosatti, Juan Carlos Maqueda y Ricardo Lorenzetti ratificaban lo que en su momento -consultados por el ministro de Justicia de Mauricio Macri- habían sostenido sin demasiadas dudas, el trámite sería corto. Pero, cuando comenzó a transcurrir el tiempo sin que se expidiesen, era obvio que estaban pensando en una solución alternativa. Comenzó entonces a correr una sospecha que ahora se ha confirmado.

Para no quedar a contramano del oficialismo, todos los cortesanos -excepción hecha de Carlos Rosenkrantz - decidieron hacerle un guiño a cada bando. No le llevaron en bandeja de plata, a Cristina Fernández, las cabezas de los dos magistrados, pero tampoco convalidaron la acordada 7 del año 2018. En teoría, los dos jueces deberán abandonar sus cargos actuales -donde fueron trasladados durante el gobierno anterior- en el momento en que se substancien nuevos concursos para ocupar sus vacantes. Pero, en la práctica, no sería de extrañar que uno y otro -considerándose menoscabados- decidan renunciar. Si no se moviesen de sus juzgados podrían permanecer allí por espacio de años. Ello representaría un triunfo para ellos. En cambio, si diesen un paso al costado se confomaría el escenario ideal para Cristina Fernández y sus acólitos.

La Justicia hace rato que dejó de ser independiente en la Argentina. Por lo tanto, imaginar que la Corte Suprema, entre atenerse a lo que habían expresado dos años atrás sus miembros y comprarse un entredicho con el gobierno o intentar una solución salomónica, privilegiarían el derecho a expensas de la política supondría no entender la constitución fáctica de nuestro país. Más allá de sus peleas y sus celos los tres ministros peronistas que firmaron la acordada de ayer -lo de Highton de Nolasco merece comentario aparte- nunca iban a malquistarse con el poder de turno. Menos con éste y en la presente situación. Corrió la versión -nunca confirmada- de que uno de los tres cortesanos, en un momento álgido de la discusión entablada respecto de qué senda tomar, habría expresado: “-Confirmarlos de manera definitiva significaría darle un golpe de knock out al gobierno”.

La balanza, a partir de hoy, no se ha inclinado en favor del kirchnerismo en materia judicial, aunque no correspondería decir que ha sufrido un revés. La Corte ha tratado de conformar a tirios y troyanos. Cosa imposible de lograr. Prescindiendo de analizar el futuro de los doctores Bruglia y Bertuzzi, la acordada de marras tendrá una repercusión inmediata en todos los ámbitos de la judicatura.

De acá en más, los jueces y fiscales que no responden a Justicia Legítima acreditarán sobradas razones para pensar que, si el Alto Tribunal se desdijo en un caso de tamaña importancia institucional, ellos se hallarán a merced del poder político si acaso debiesen fallar en su contra. La cuestión de fondo no consiste en saber si la ex–presidente alguna vez será llevada a juicio y condenada -porque eso en la Argentina nunca va a ocurrir. Lo que estaba en juego era la consistencia de un fallo de la Corte que podía corresponderse con las leyes o, en su defecto, quedar bien con el poder. Estrictamente, no sucedió ni lo uno ni lo otro.

En los días previos a lo que pasó en la Corte Suprema, Cristina Fernández se hizo escuchar en un tema que nada tiene que ver con su situación procesal. La ventaja que la Señora acredita respecto de sus pares de la política criolla reside -por raro que parezca- en una habilidad de carácter pugilístico. Se ha adueñado hace años del centro del ring sin que nadie haya podido desalojarla de ese lugar de privilegio. No porque en su calidad de diva busque las luminarias y los primeros planos con desesperación sino porque es consciente de la importancia de sobresalir del montón. Que más de medio país no la quiera ver ni en figuritas y que su imagen -comparada con la de otros hombres públicos- deje mucho que desear, la tiene sin cuidado.

Lo importante no es tanto el que hablen bien o mal de ella, como que su nombre se halle en boca de todos y su figura suscite pasiones encontradas. La carta que le dirigió de manera intempestiva al presidente de la Nación puso sobre el tapete esa cara de su estrategia. Hacía tiempo que no hablaba en público. Se había llamado a silencio y sorprendido a muchos que no terminaban de entender su mutismo. Pero un día reapareció y copó la escena -que, en rigor, nunca había abandonado- con una obra maestra de la artimaña. El texto, apenas fue conocido, motivó un sinfín de interpretaciones. Las ha habido para todos los gustos sin que sus exégetas hayan logrado ponerse de acuerdo acerca de cuál ha sido la intención de la viuda de Néstor Kirchner cuando decidió sentarse a escribir -justamente en estos momentos- unos párrafos en donde brillan el doble sentido y no pocas sutilezas ponzoñosas

Es fácil darse cuenta de que no fue redactada con la intención de apoyarlo al devaluado habitante de la Quinta de Olivos. Eso sólo puede creerlo -si verdaderamente lo cree- el pobre Alberto Fernández que, aun si quisiese, no podría nunca devolverle atenciones a quien lo escogió para que encabezase la fórmula presidencial del Frente de Todos.

Pero si el ánimo de la Señora era beligerante -cosa que no está en discusión-, ¿por qué criticó a sus ministros e, implícitamente, al destinatario de la misiva, de la forma que lo hizo? Si tenía cuentas que cobrarse y críticas que hacer, hubiera sido mucho más fácil -y hasta revelaría de su parte una mayor lealtad- haberlas expresado cara a cara, en una reunión a solas. Sin embargo, Cristina Kirchner no se anduvo con vueltas y quiso, a propósito, poner al país entero en autos del asunto. Lo ventiló a los cuatro vientos y así ayudó a ensanchar la grieta -cada vez más visible- que se ha abierto entre sus seguidores y los llamados albertistas.

Es posible que, con el afán de ponerse a cubierto de las inclemencias que, según ella imagina, se abatirán sobre el gobierno en los próximos meses, nos haya querido advertir que no es la responsable de los errores cometidos y de su rumbo errático. El mensaje -tácito, claro- sería: “No me miren a mí”. Es posible también que su deseo haya sido no solamente tomar distancias sino comenzar un hostigamiento abierto tendiente a desestabilizar a una administración que juzga tibia. Sólo que, si estos fueron sus móviles, se dejó llevar por la intemperancia.

Nunca está de más recordar que Alberto Fernández no es parecido a Héctor Cámpora y que la viuda de Kirchner ni por asomo se asemeja a Juan Domingo Perón. Esto apunta a que el General podía, con un gesto, despedirlo a Cámpora y mandarlo a su casa. Le sobraba poder y la mayoría del país esperaba, en el segundo semestre de 1973, que ello sucediese en cualquier momento. Hoy el panorama es bien distinto y la suerte de cada uno de los Fernández está atada a la del otro. Socavar las bases de un gobierno que hace agua por los cuatro costados no es algo lógico. Pero -se sabe- la lógica del kirchnerismo es muy particular.

Vicente Massot

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