Miércoles, 11 Noviembre 2020 13:07

En política, como en la vida, no hay zapping - Por Carlos Berro Madero

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En la vida real, esa que nos atraviesa a todos por igual, no se puede cambiar de estación televisiva cuando algo nos disgusta; por lo que nada vivido en el presente puede corregir los efectos de malas decisiones tomadas de antemano.

 

Nietsche advertía que no hay ninguna posibilidad de modificar el pasado tratando de soslayar errores indeseables a la luz de nuevas evidencias, porque ello implicaría borrar la memoria histórica.

Al mismo tiempo, suponer que en materia de progreso lo bueno se abrirá paso finalmente y resultará victorioso de una u otra manera, SIN HACER NADA AL RESPECTO, es tener una visión bastante inocente y obtusa de la realidad, ignorando que la misma quedará impregnada siempre por opciones y alternativas ocurridas con anterioridad.

La multitud que se ha lanzado a las calles en estos días en repulsa por lo que considera errores cometidos por el actual gobierno bifronte - acusándolo de adoptar medidas agraviantes que desprecian a quienes sufren sus consecuencias-, no parece haber entendido que el paso previo debió haber consistido en fortalecer la memoria común respecto de circunstancias semejantes ya vividas en el pasado, porque fueron muchos integrantes de esa misma multitud quienes casualmente consagraron con su voto a los candidatos de hoy, que lucen en algunos casos tan impresentables como los que ya habían fracasado.

Un auténtico “corsi e ricorsi”, como hubiera señalado seguramente Benedetto Croce.

Muy pocas personas en nuestro país parecen comprender cabalmente que es necesario hacer un ejercicio colectivo para convencernos de una buena vez que los seres humanos somos corresponsables de las consecuencias emergentes de nuestras preferencias (aún las temporales), reconociendo que mucho de lo malo que hoy se repudia no es más que la consecuencia directa de algunas contradicciones y ambivalencias de una sociedad que se comporta de manera adolescente sin solución de continuidad.

Una sociedad proclive a entronizar ídolos y supersticiones cuasi tribales una y otra vez, en su búsqueda afiebrada de una supuesta “identidad nacional”, suponiendo que los males que nos aquejan se deben exclusivamente a una malévola injerencia externa.

Nos hemos convertido así en cultores de una disconformidad permanente con todo lo que no se flexibilice al ritmo de las preferencias aludidas ut supra, creyendo que el mundo está en deuda con nosotros “por lo que somos”, defendiendo determinados rasgos de nuestro folklore cultural sin comprender que una “identidad” debe consistir, antes que nada, EN UN MODO DE COMPORTARSE QUE SIRVA PARA RESOLVER PROBLEMAS.

Quizá en este concepto tan simple esté encerrado el intríngulis de nuestros recurrentes desvaríos conceptuales, que nos han terminado arrojando a un cuarto oscuro en el que nos movemos hoy a tientas, sin comprender ni aceptar que solo se puede transformar el futuro comprendiendo que, de algún modo, seguiremos siendo siempre rehenes del pasado.

Por comisión u omisión. Y porque la historia no juzga, sino que se limita a levantar un acta de lo ocurrido.

“A Eurodisney el que quiere va, y el que no quiere no va; y si la mayoría no va, el negocio puede entrar en bancarrota”, señala Savater con mucha agudeza al respecto de estas cuestiones.

Bernard-Henry Levin ha constatado también que los “nacionalismos” como el nuestro se perfilan siempre con una misma identidad: a) existe un primer momento en el que la nación es tenida por todos como “gloriosa”; b) suceden luego ciertas catástrofes que se repiten como producto de la impericia y las malas decisiones colectivas, que la despedazan; c) a partir de allí la sociedad dolida se levanta a tientas y pretende hacer valer ante los tribunales del mundo el valor de sus “acreencias”, conminando a los demás a pagar sus propias deudas, sin advertir que ninguna de ellas tiene título de legitimidad que asista su reclamo.

Sería el primer tema que deberíamos debatir y resolver alguna vez si quisiésemos edificar una supuesta Moncloa vernácula (como proclamamos a voces), dejando de comportarnos como adolescentes bullangueros y caprichosos.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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