Miércoles, 09 Diciembre 2020 12:49

Máximo Kirchner, altruismo y portación de apellido - Por Carlos Berro Madero

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Cuando alguien que ha disfrutado siempre de una gran fortuna sin hacer nada por los pobres durante años, intenta reciclarse repentinamente como un campeón del asistencialismo, mueve, cuanto menos, a sospecha.

 

En el caso específico de Máximo Kirchner, no despeja las dudas sobre la autenticidad de su llamativo interés por convertirse en campeón de los derechos humanos, siguiendo curiosamente la línea política de sus padres, que manejaron sus intereses políticos personales usando ese emblema.

Porque ¿en qué habrá estado pensando el vástago en los años en que veía el enriquecimiento fabuloso de progenitores que trabajaron en la función pública casi con exclusividad acumulando bienes en forma sorprendente, cuyos destinos aprendió a manejar él mismo mediante la ayuda de mentores y “amigos” de la familia?

Especialmente con el señor Sanfelice, cuando administraba los fondos “generados” (¿) por hoteles casi siempre vacíos, disponiendo de los misteriosos ingresos mediante curiosas diversificaciones hacia sociedades integradas por distintos testaferros.

El espectáculo de testimonios y pruebas habidas durante los juicios que se sustancian contra su padre y su madre –y contra él mismo-, es sobrecogedor, poniéndonos delante de lo que Baudelaire definía como “el éxtasis de la vida y el horror de la vida”, desembocando en una “incertidumbre creadora” (sic) sin parangón ni antecedentes fáciles de hallar al primer intento.

Un reo de barrio, al oírlo perorar sobre la redistribución de la riqueza (la de otros, nunca la suya), moratorias (principalmente para él y su familia), coparticipaciones supuestamente desmesuradas que permiten –según su opinión y la de su madre-, que los porteños iluminen sus plantas de interior con luz ultravioleta, vertiendo simultáneamente juicios de valor sobre adversarios a quienes no les llega ni a la suela de los zapatos, diría seguramente: “pibe, y vos, ¿a quién le ganaste?”

Rodeado de adulones, ha llegado al colmo: la manipulación y negación de lo natural…como algo natural.

Su “portación de apellido” le permite proponer medidas elucubradas por algunos milicianos improvisados que lo rodean, para -por dar dos ejemplos al azar-, exprimir aún más a quienes tienen capacidad de generar inversiones que tanto necesitamos, estrangulando los bolsillos de muchos productores de riqueza como los hombres de campo; o la indisposición por 30 o 60 años de tierras deforestadas por incendios (¿consultando acaso a los expertos en el cultivo del perejil capitaneados por Grabois?); junto a otras “andanadas” típicamente kirchneristas, vertidas en algunas sesiones parlamentarias con un tono admonitor y arrogante, todo lo cual lo pone en peligro de ser considerado un auténtico “pendejo”, como diría la misma fuente popular aludida.

Lo único que le falta para coronar su rudimentaria filosofía populista – “soplada” en sus orejas por algunos adulones que pretenden “hacer mérito” con él, como el marxista Heller-, es que proponga el dictado de alguna ley que decrete, irónicamente, la abolición de dicho mérito, como condición indispensable para seguir poblando la administración pública de las “masas subculturales” a las que aludía Ortega y Gasset.

Detrás de él está seguramente el respaldo tácito de una madre que suele mirarlo embelesada (no puede culparse su instinto “amoroso”), que quizá esté aprovechando para decir por su intermedio lo que en su boca sería políticamente incorrecto. Una mujer a quien todos temen y detestan al mismo tiempo, pero con quien anhelan construir un “estado de gracia” que les permita contar con sus favores políticos y seguir perteneciendo al “club” de la oligarquía kirchnerista.

Mientras tanto, las sesiones en las que el “portador de apellido” habla y se abraza con sus conmilitones, paseándose muy orondo ante la platea de chupamedias que lo rodean, solo logra confirmar el nivel de mediocridad de quienes evidencian haber llegado al Congreso para consolidar una ideología “pobrista” con la que peronismo y kirchnerismo compraron siempre sus votos, propiciando leyes por las que seguiremos hundiéndonos en la irrelevancia.

Respecto de cuestiones de esta índole, Voltaire dijo metafóricamente alguna vez que la superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía: unas hijas devaluadas de la verdadera sabiduría.

En el caso del joven Kirchner esta definición lo instala perfectamente bien como un supuesto experto en llevarnos de la mano a su “parroquia” oportunista.

Parece pues que deberemos acostumbrarnos a vivir de cara a lo inevitable, sin concesiones al pánico ni excesos de esperanza. Solo así lograremos soportar una vida cargada de audaces que, como Máximo y su madre, intentan abrirse paso a codazos sin ningún remordimiento.

Tratar de alcanzar una vida razonable, dependerá pues del nivel de comprensión que tengamos respecto de la abundancia de supuestos poderosos, que creen ser como dioses paganos y exigen de nosotros una absoluta sumisión a sus desvaríos conceptuales.

Porque en el ámbito de la política coexisten, lamentablemente, dos males siniestros: mafias sostenidas por intereses espurios y auténticos delirantes.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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