Martes, 13 Julio 2021 10:23

El pernicioso hedonismo de Cristina Fernández – Por Carlos Berro Madero

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El escenario político recibe hoy, más que nunca, la influencia perniciosa del hedonismo que caracterizó siempre a Cristina Fernández. 

Lanzada a una búsqueda ansiosa de placer y bienestar personal – característica psicológica del sentimiento señalado-, entremezcla peligrosamente las diferencias que existen entre el bien y el mal, enfrentando caprichosamente una realidad a la que menosprecia o, simplemente, niega de plano, poniendo en crisis a quienes terminamos sufriendo su patológico egoísmo “placentero”.

 

Es bien sabido que la pasión por el poder y el reconocimiento popular es una clásica debilidad de los políticos en general. Se cuentan con los dedos de una mano aquellos que consiguen dominar estos sentimientos, y una vez que se embarcan en ciertas estrategias que los depositan en un lugar que los subyuga, se atrincheran en él convencidos que lo que es bueno para ellos, debe serlo también para los demás.

El mundo estético y placentero descripto por el filósofo griego Epicuro los conforta, rechazando de plano ciertas “fealdades” inherentes a la naturaleza de algunas cosas, alejándose paulatinamente de un mundo al que terminan por desconocer totalmente.

En el caso de Cristina, dicho sesgo placentero tiene un peso específico mayor, para una sociedad que parece capturada misteriosamente por su influencia personal, y está en directa relación con su infancia, en la que hubo de aceptar una realidad no querida por ella: hogar muy humilde, un padre que –según aseveran algunos testigos de la época-, no quiso reconocerla; otro, sustituto, no querido y una adolescencia en la que luchó denodadamente a fin de acceder a una clase social superior (a la que no pertenecía) para obtener una “redención” de sus carencias afectivas y emocionales.

Todo esto aparece reflejado con precisión en el libro “Arreglate como puedas”, cuya autora, la periodista argentina Graciela Brunetti, es contemporánea de Cristina y perteneció a los círculos platenses que integraba Raúl Cafferata, novio “distinguido” de nuestra Vicepresidente por varios años.

Refiere Brunetti que luego del rompimiento con Cafferata y coincidiendo con su vinculación sentimental con Néstor Kirchner -quien la cautivó por su osadía y desparpajo-, sintió que el camino adecuado para cumplir sus sueños de gloria personal era luchar por un reconocimiento popular absoluto y sin disidencia alguna, al lado del audaz y desprejuiciado joven santacruceño.

Hay quienes sostienen inclusive que no hay pruebas concluyentes de que se haya recibido de abogada antes de partir rauda a su nuevo “lugar en el mundo”.

La historia posterior da cuenta de sus diferencias con el difunto Néstor y sus peleas públicas y privadas durante muchos años. Y sobre todo, los choques generados para dirimir el liderazgo político entre ambos, muy lejos de la máquina de perfecta sincronía que intentaron vender a la opinión pública.

Desde la desaparición de Néstor, su pasión por rodearse de jóvenes “estéticos y carilindos” aumentó visiblemente, resultando a veces casi patético. Sobre todo, porque la actuación de sus preferidos no resultó ser demasiado auspiciosa en la función pública, revelando la esencia de espíritus atrapados también en un narcisismo hedonista de rasgos semejantes a los de su jefa política.

El placer y la sensación de bienestar que parecen producirle a Cristina Fernández algunas personas como Boudou, Mayra Mendoza, Axel Kicillof, Raverta, Fernanda Vallejos, Victoria Tolosa Paz y muchos otros/as que se montan a sus escenarios de “gloria in excelsis deus”, marcan una característica absolutamente negativa que ha contaminado el escenario político nacional.

A ellos se suman, por otro lado, figuras muy rústicas como Parrilli y algunos otros “feos” - ¿Moyano? ¿Berni? -, a quienes acepta porque contribuyen a confirmarle un sentimiento de poderío absoluto sobre los demás.

Estamos convencidos que el hedonismo -ético, moral, axiológico o de cualquier otro tipo-, es una compulsión interior que rechaza cualquier tipo de dolor personal a toda costa y suele “inundar” negativamente el espíritu de muchas personas.

Quienes se entregan a estos sentimientos de placer y bienestar, colocándose por encima de los intereses colectivos, suelen ser malos pilotos y terminan atropellando a los demás con el fin de consumar sus fines personalísimos.

Deberíamos aprender a conocerlos a tiempo, para evitar que destruyan escenarios que deben estar presididos siempre por una armonía que no excluya los disensos, pero no auspicie enfrentamientos contraproducentes para la paz social.

Nuestro futuro depende, en gran medida, del “avistamiento” prematuro de estas cuestiones emocionales que atrapan la cabeza de quienes son capaces de inventar cualquier teoría que contribuya a acallar sus fantasmas interiores, provocando peligrosos cataclismos sociales.

A buen entendedor, pocas palabras.

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