Lunes, 19 Julio 2021 12:30

La economía y los códigos morales - Por Carlos Berro Madero

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Toda época de crisis política suele arrasar con ciertos principios inamovibles de la economía, haciendo olvidar a muchos ilusos que los cuerpos doctrinarios deben contemplar siempre determinados códigos morales, a fin de que la misma tenga efectos positivos para toda la comunidad.

 

Son los momentos en que algunos economistas irresponsables ponderan la emisión de moneda sin respaldo, a fin de consagrar la misma al consumo de los menos pudientes, olvidando la necesidad de respetar simultáneamente la inversión, la acumulación de riqueza y el ahorro; tres incentivos primarios subyacentes en el espíritu de la naturaleza humana.

 

Se establecen así ideologías seudo académicas, que terminan provocando nefastos desajustes económicos y financieros que cruzan horizontalmente a toda la sociedad, sin lograr el supuesto objetivo “benéfico”.

Si bien la economía tiene reglas permanentes de las cuales no debemos apartarnos, existen ciertas circunstancias de tiempo, modo y lugar que permiten utilizarlas ocasionalmente con alguna flexibilidad, pero SIN APARTARSE JAMÁS DE LOS CUERPOS DOCTRINARIOS ESENCIALES SOBRE LA MATERIA.

Nuestro país vive sumergido desde hace años en un mar de confusiones semánticas sobre la validez de estos principios, que se han ido acomodando a los intereses políticos de cada momento, provocando el auge de utopías oportunistas presentadas por supuestos “experimentados” que evidencian no haber aprendido absolutamente nada sobre la administración prudente de la moneda, en relación con el consumo, la acumulación de riqueza y el ahorro, como hemos señalado precedentemente.

Por otra parte, hay quienes insisten en NO entender, que el bienestar social no aumenta por el mero crecimiento del dinero circulante, porque es una ilusión imposible de sostener en el tiempo, al desatar procesos inflacionarios sin control y una redistribución patrimonial injusta e inmoral, que perjudica a todos.

Esto ocurre siempre mediante el auxilio de los Bancos Centrales, que se someten adocenadamente a las decisiones políticas de cada época olvidando su función esencial, consistente en vigilar toda emisión descontrolada de moneda impuesta por gobiernos que invocan dudosos principios de “justicia social” y solo contribuyen a agravar las circunstancias señaladas; lo que reaviva nuestras serias dudas sobre los beneficios de su permanencia entre los organismos que forman parte del diseño del Estado.

Debe recordarse asimismo que la tradición de las teorías económicas se basó desde la antigüedad en una administración sensata de los medios de producción y no constituyó nunca un saber separado de los restantes conocimientos del ser humano, contribuyendo con ellos al desarrollo de políticas públicas éticas y morales.

Por haber olvidado lo expuesto hasta aquí, los argentinos seguimos adjudicando poderes mágicos a una ciencia que, como tal, mantiene ciertos principios técnicos que pueden ser sintetizados en una metáfora: un animal de cuatro patas, con cola larga y bigotes que maúlla y ronronea, es, sin ninguna duda, un gato.

Significa también desconocer lo que señalaba Ludwig von Mises, integrante de la célebre Escuela Austriaca de Viena, en relación con las “preferencias temporales” de la gente del

común, que desea actuar con libertad en el mercado y rechaza instintivamente cualquier distorsión impuesta por las arbitrariedades metodológicas de un gobierno.

Ignorar estos principios universales terminará provocando, tarde o temprano, el ocaso irreversible de un kirchnerismo que viene esquivando, sin éxito, las consecuencias trágicas de su apego a una ideología épica, carente de sustento “académico” alguno.

La misma que utiliza para desconocer cínicamente el desamparo económico en el que viven hoy los ciudadanos de Cuba, Venezuela y Nicaragua (por citar tres ejemplos al azar), verdaderos antros de inmoralidad económica, política y social.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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