Miércoles, 08 Septiembre 2021 10:37

Máximo, el retoño “mínimo” y dañino de Cristina - Por Carlos Berro Madero

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Cuando nos asomamos al mundo de la política con el fin de descifrar qué ofrecen ciertos candidatos que ventilan sus ideas con pomposidad “académica”, nos encontramos con Máximo Kirchner, quien siguiendo los delirios de su madre propone políticas que atrasan, cuanto menos, un siglo.

 

Es cierto que un individuo puede ir puliendo a través de la vida su preparación personal, pero se nos hace bastante difícil comprender cómo se pasa de contar -casi de un día para el otro-, billetes dólar o euro en una pequeña habitación del sur argentino (para distribuirlos luego en lugares recónditos), a montarse en una tribuna exponiendo ideas vetustas, con aire enfervorizado y pretensiones catedráticas. 

No creemos que haya habido en aquella habitación similitud alguna que permita compararla con la del poeta Fernández Moreno, quien acusado por Jorge Luis Borges de no haber viajado jamás para conocer el resto del mundo le respondía a “Georgie”: “es cierto, pero yo hago viajes alrededor de mi habitación”, aludiendo a su pasión por encerrarse y leer hasta el cansancio.

Apreciamos que este joven imberbe -como muchos otros aspirantes a tomar el timón del gobierno-, debería haberse preparado convenientemente para comprender que el Estado comienza por ser una obra de imaginación absoluta que debe respetar siempre los límites que le impone la naturaleza a algunas fantasías ideológicas, con las que algunos trasnochados como él pretenden incendiar la cabeza de los ignorantes.

Que en nuestro país abundan, por desgracia.

Y para eso, es necesario sacar el traste de una silla y caminar por el mundo, para ver y estudiar qué han hecho los países desarrollados (que Máximo y sus amigos denominan peyorativamente “imperialistas”) a fin de progresar y darle oportunidades de una vida mejor a sus ciudadanos, despojándose de atavismos y prejuicios adolescentes.

Es lo que permite saber que los políticos serios no hablan de copulación como síntoma inequívoco de felicidad, ni se aferran a un misticismo territorial que venere las “fronteras naturales”, para evitar, de tal modo, vivir totalmente aislados del progreso político, económico, social, científico y tecnológico universales.

El vástago de la vicepresidente nos invita a “hacer” un futuro que no se sabe bien en qué consiste, debido a los meandros indescifrables de un discurso que no termina de desatarse de un pasado estático, pegándose con fruición a las típicas paparruchas ideológicas que suelen versar sobre “soberanía popular”, “redistribución de la riqueza” (que no dicen jamás cómo acrecentar) y otras lindezas por el estilo.

Que estos jóvenes mentalmente “viejos” sean los nuevos oráculos de la modernidad, mueve a espanto.

Muchos sentimos el contenido de su discurso como una humillación insoportable; porque estorban cualquier posibilidad de recrear un pensamiento común equidistante de conquistadores y conquistados, para alejarnos de tal modo de un progresismo que persigue su “identidad”, fundando sus objetivos sobre el sometimiento de los demás y rindiendo culto a mitos ideológicos del siglo XX y XXI, que se convirtieron finalmente en tiranías encubiertas, creadoras de gigantescas fábricas de mendicantes.

Que un joven inexperto, aproveche además sin mosquearse la dudosa fortuna habida por sus padres y promueva políticas que suelen utilizar argumentos “pobristas” como panacea para un futuro promisorio, es casi un insulto a la inteligencia.

Quizá sea por eso que algunas encuestas serias dicen que muchos ciudadanos, hartos de todo, se reparten hoy entre “embroncados” y desilusionados, lo que puede provocar resultados electorales que no conformen a nadie.

¿Y después? ¿Cómo se hornea “el pan nuestro de cada día”? A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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