Martes, 23 Noviembre 2021 11:42

Elecciones, disconformidad y retorno al pugilato - Por Carlos Berro Madero

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Las últimas elecciones han puesto en evidencia que resulta absolutamente imperioso abandonar ciertas adhesiones políticas que nos han colocado al límite de la desintegración social, dejándonos presos de emociones viscerales que parecen haber nublado nuestra mente.

 

En efecto, los primeros días transcurridos luego de las mismas, indican que hará falta borrar algunas taras que se han instalado en la conciencia popular y podrían muy bien definirse como una ingenua veneración de la locura de aquellos que creyeron que había nacido un genuino interés de cambio en dirigentes políticos –de uno u otro signo-, que está visto siguen concentrando todos los medios a su alcance para que la sociedad deje de “pensar en pensar”. 

Una antigua cultura, que rescató siempre el valor del esfuerzo, el mérito, el sacrificio, la moral y las buenas costumbres, parece yacer hoy en el fondo de un sarcófago a punto de ser enterrado, merced al relativismo fomentado por quienes, sin ningún espíritu de autocrítica, continúan empujándonos hacia unos supuestos “fines supremos”, usando apotegmas modelados a tal efecto.

Esa línea de pensamiento, que entronizó el valor de un Estado omnipresente y su fusión con el gobierno de turno –de la cual el peronismo fue siempre un cultor impenitente-, ha conseguido establecer una dictadura conceptual “profiláctica”, construida mediante el concurso de funcionarios dóciles e iletrados, que se dieron maña para abortar cualquier atisbo de rebelión popular.

Eso es lo que parece haber recomenzado en estos días, reponiendo la vigencia de una ingeniería política facciosa, que renueva sus esfuerzos para empujar a la banquina una espontaneidad inédita de nuestra parte, que amagó rechazar por un rato sus cantos de sirena “santificadores”.

Pero, parecería que no hemos aprendido aún que administrar cualquier cambio posible, aunque fuese en pequeñas dosis, representa con el tiempo una gran sabiduría y hemos apostado durante años a giros intempestivos y radicales, que nos dejaron “copados” por los pugilatos entre dirigentes que trataron de hacernos ver las cosas al revés, sin que

hayamos logrado aprovechar la ira (¿fugaz?) de muchos desplazados, frente a la pretensión obscena de los que pretendieron ligarnos a un estado de cosas con las que sentimos que no teníamos nada que ver.

El brote refrescante nacido antes de las últimas elecciones simbolizó de algún modo el amanecer de una vida más acorde con la tradición de la política “limpia” de otros tiempos; pero ésta parece haberse apagado nuevamente, ante la embestida bestial de la disciplina “civilizadora” practicada por dirigentes políticos que, como siempre, recomenzaron su tarea de demolición de cualquier alternativa opuesta a sus planes personales, insistiendo en luchar salvajemente para mantenerse en el poder.

Lo que en el 2001 fue un sentimiento horizontal que cruzó a toda la sociedad y dijo: “que se vayan todos (los de arriba)”, ha cambiado por quienes dicen hoy “que se vayan los otros”. Una lucha “vertical” entre quienes solo viven para ejercer el poder y retenerlo sine die. Una dictadura que quiere forzarnos a aceptar que la injusticia es algo inseparable de la vida misma, condicionando de tal modo cualquier alternativa que logre establecer un compromiso con los principios que rigen la libertad de pensamiento.

Aunque parezca remoto y exigente, no deberíamos abandonar sin embargo la lucha para combatir la lógica de este “ilogismo”, paralizándonos frente a quienes pretenden más de lo que merecen y nos ofenden a diario con sus mentiras.

Habría que hacerlo sin desmayos; no solo por el bien colectivo, sino por respeto a la decencia.

Para ello, deberíamos tener presente que todo aquél que pretenda contarnos en este mundo un relato exagerando sus matices, acaba sucumbiendo, tarde o temprano, por las consecuencias que desata con ello, y esto ocurre en los términos misteriosos de un tiempo “que no vuelve, ni tropieza”, como señalaba Góngora, aunque florezcan temporalmente las fantasías de quienes intentan forzarnos a aceptar la perversa universalización de sus propósitos absolutistas.

En cualquier caso, habría que esperar al menos con paciencia y sin desmayar, la ayuda que provendrá del mismo gobierno, partido al medio entre dos facciones muy antagónicas –aunque parecidas psicológicamente-, que tendrá que resolver problemas acuciantes en los próximos dos años, poniendo en claro entre sus fanáticos cuán poco quedará en pie finalmente de sus extravagancias ideológicas.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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