Viernes, 21 Enero 2022 10:26

Escenarios y actores - Por Vicente Massot

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Las especulaciones respecto de cómo podría evolucionar en las próximas semanas la negociación en curso con el Fondo Monetario Internacional no dejan de crecer y todo hace suponer que, conforme transcurran los días y nos acerquemos a la última semana del mes de marzo, no habrá análisis de la situación política y económica de nuestro país que no ponga el mayor énfasis sobre el tema.

Vale la pena, pues, pasar revista a los diferentes escenarios que se recortan en calidad de probables en el horizonte, como a los puntos que calzan los actores -sean naciones, organismos de crédito, grupos de presión, o gobiernos- protagonistas excluyentes de una obra con final aún abierto y que podría -habida cuenta de la situación en extremo delicada en que se encuentran las reservas internacionales- precipitarse semanas antes de lo esperado. 

Esta síntesis efectuada a mano alzada no pretende, ni mucho menos, agotar la cuestión. Abriga el propósito -eso, sí- de fijar dónde está parado cada uno y cuales podrían resultar sus cursos de acción. En una palabra, se trata de enumerar a los actores, medir sus fuerzas y ponderar tanto sus fortalezas como sus flancos débiles. La lista que sigue -de más está decirlo- no reconoce un orden de importancia.

Por de pronto está el FMI cuyos equipos técnicos -no siempre de primer nivel y muchas veces sujetos a las presiones políticas de los socios más poderosos de la institución- vienen de sufrir la baja de los responsables del desgraciado préstamo extendido al gobierno de Mauricio Macri. Eso le pone a los nuevos encargados de manejar los asuntos del departamento del Hemisferio Occidental una carga de presión inequívoca: no pueden permitirse el lujo de actuar a tontas y a locas, como lo hicieron hace dos años, mediando el apoyo de la administración republicana en favor de Cambiemos.

En este orden, el organismo de crédito debe manejarse con particular cuidado y obrar a la manera de un equilibrista. Por un lado, no le es dado exagerar las exigencias y pretender que la Argentina firme un acuerdo de facilidades extendidas que sea incapaz de honrar. Suponer que el programa que se le imponga a nuestro país implicará reformas de carácter estructural y ajustes de envergadura es no entender que las limitaciones criollas de cumplir sus compromisos en tiempo y en forma representan otras tantas limitaciones para el FMI a la hora de tirar de la cuerda más de lo conveniente. Pero a Kristalina Giorgieva y a su staff tampoco le está permitido avalar como si tal cosa un libreto light que dejase la impresión a otros deudores acerca de los beneficios de no pagar y salirse con la suya.

Enseguida hay que considerar a la díscola e incumplidora república rioplatense. El país arrastra un track record penoso en punto a faltar a la palabra empeñada. Todos saben que somos incumplidores seriales y son legión los que sospechan que la posibilidad de que el kirchnerismo decida volver a las andadas se halla a la vuelta de la esquina. Por lo tanto, la confianza que suscita Martín Guzmán es menos que la de Satanás en un confesionario.

En teoría, no hay quien no reconozca las ventajas de fumar la pipa de la paz con el FMI, si se lo compara con los perjuicios que le causaría un default a la Argentina. Pero en todas las oportunidades anteriores en que nos hicimos los distraídos y no pagamos, también eran evidentes los pros y las contras. Sin embargo, seguimos el camino equivocado. De modo tal que la idea de que en última instancia primará la racionalidad, es apenas una expresión de deseos.

El peronismo que hoy nos gobierna carga con una ideología a cuestas que le juega en contra al momento de aceptar un ajuste y tener que explicárselo a sus tribus electorales. Lo que ha hecho hasta aquí es tratar de dilatar las negociaciones y ganar tiempo. No está claro qué es lo que piensan ni en la Casa Rosada ni en la vicepresidencia de la Nación. La idea de que están dispuestos a firmar tapándose la nariz -o sea, hacer de la necesidad, virtud- es otra ex– presión de deseos. Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que piensa, en el fino fondo de su corazón, Cristina Fernández. ¿Por qué dar por sentado que entrará en razones y aceptará unas condiciones que a priori rechaza?

Hoy parece tan probable un acuerdo como un default, sobre cuyas consecuencias nefastas la administración populista trataría de responsabilizar a la oposición. De la misma manera que Alberto Fernández actúa como una suerte de trompo enloquecido en materia geopolítica y marcha en dirección a Managua, Caracas, Pekín, Moscú y Washington como si sus pasos alocados y decisiones contradictorias fuesen pasados por alto en el concierto internacional, así también, de cara al Fondo, obra con arreglo a una estrategia -si es que cabe llamarla así- de marchas y contramarchas continuas.

El tercero que tiene algo que decir es Estados Unidos, a través de la Secretaría del Tesoro, por la sencilla razón de que es el socio con mayor musculatura en el FMI. Ignorar su presencia sería una demostración de ignorancia supina. Pero, a diferencia de cuanto sucedió en el año 2018, en donde la decisión que benefició al macrismo fue tomada por el entonces presidente de esa República Imperial -para utilizar la inmejorable definición de Raymond Aaron-, hoy la cuestión no reviste la misma claridad. Ciertamente, Biden no es Trump. Carece de la osadía y del temple del republicano y se encuentra en medio de -al menos- dos problemas extremadamente serios: debe hacer frente a la amenaza rusa enderezada contra Ucrania y necesita ganar las elecciones de medio término.

La declaración de que, en caso de una invasión llevada a cabo por Putin a expensas del gobierno de Kiev, la Unión no apelará a las armas sino a sanciones económicas ha dejado la sensación de una gran debilidad de su parte. En cuanto a los comicios por venir, las encuestas de momento no le son favorables. Ello lleva a pensar que su interés en mover influencias en uno u otro sentido respecto del caso argentino en el directorio del Fondo es relativo.

Si bien cometería un error quien dejase de considerar la mala impresión que causan en el Departamento de Estado estadounidense los lazos que ha tejido el kirchnerismo con los regímenes de Venezuela y de Nicaragua, como también el papel que ha decidido desempeñar Alberto Fernández en la CELAC, no hay de todas formas razón para exagerar el enojo de Washington. Un proceder así en los años de la Guerra Fría habría sido considerado una suerte de casus belli. Pero esas épocas han pasado y hoy no hay amenazas de carácter ideológico en el subcontinente latinoamericano. El chavismo y sus adláteres son nenes de pecho comparados con el castro–comunismo de las décadas del ’60 y ’70 del siglo pasado. Que Fernández viaje a Rusia y a China puede que sea inútilmente provocativo, a condición de reconocer que por ese motivo no va a figurar la Argentina en la lista negra de los americanos. Los pasos dados por la diplomacia del gobierno no ayudan, sin duda. Claro que no hay que confundir una torpeza en el manejo de las relaciones exteriores con un desafío estratégico.

El cuarto actor es Juntos por el Cambio. Podría considerárselo de reparto, en atención a que carece de la relevancia de los otros tres. No obstante, tiene su peso. El FMI ha dicho en más de una oportunidad, y luego repetido hasta el cansancio, que un acuerdo con la Argentina requiere no sólo la voluntad de la administración de turno. Sería difícil imaginar que pudiese firmarse un acuerdo de facilidades extendidas si el principal bloque de la oposición se negase en redondo a convalidarlo. Juntos por el Cambio tiene un cierto poder de veto, que no será absoluto ni definitivo, pero cuenta para el staff del Fondo. La posición de los macristas, radicales y seguidores de Elisa Carrió no es uniforme respecto de cómo moverse y qué decisión tomar. Sin conocer todavía cuáles son las líneas fundamentales de la negociación -algo que se empeña Martin Guzmán en ocultar, quizás en razón de que los avances han sido nulos en la materia- sus integrantes -como en tantas otras cuestiones- se dividen en halcones y palomas. De todas maneras, ninguno de ellos ignora que su fortaleza es directamente proporcional a la unidad que presenten.

Habiendo enumerado los protagonistas, corresponde ahora echar un vistazo a los escenarios. Es siempre posible, aunque harto improbable, que haya fumata bianca entre el FMI y nuestro país en torno a un programa de reformas de fondo del sistema previsional, impositivo y laboral, unido a una política de acumulación de reservas, achicamiento substancial de la brecha cambiaria, y sinceramiento tarifario. Lo que en la teoría cabe tener en cuenta, en la práctica es de realización imposible. El segundo escenario es el que hoy les parece a los optimistas que está al alcance de la mano y el que dejaría -cuando menos, por los dos próximos años- conformes a las partes: un acuerdo light que postergue los pagos del capital y contemple, para cumplir con los intereses, un desembolso del FMI.

A cambio de lo cual, la Argentina se comprometería a profundizar el ajuste fiscal que, de hecho -aunque limitado al renglón de jubilaciones y pensiones- Guzmán ha puesto en marcha. Por fin, a esta altura de los acontecimientos, no puede descartarse que -a más tardar, el 22 de marzo- el gobierno no se halle en condiciones de honrar sus compromisos e incurra en un pre–default con el visto bueno del FMI. El cuarto y último escenario es el default liso y llano.

Vicente Massot

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