Miércoles, 23 Febrero 2022 12:36

Similitudes y disparidades - Por Carlos Berro Madero

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David Hume señalaba que existe una tendencia general entre las personas, para concebir a los demás atribuyéndoles cualidades o defectos acordes a su imagen y semejanza.

En el mundo de la política, sobre todo, es curioso observar cómo ha aumentado el número de quienes creen que sus contradictores son ladrones o mentirosos, como reflejo de su propia conducta personal. 

Esto se ha convertido en el juego de una guerra “de salón”, donde los adversarios se prodigan disparos incriminatorios falsos y/o mal intencionados entre sí.

Jean Revel sostiene al respecto que “entre el error involuntario y el engaño deliberado, se despliegan además numerosas variedades de híbridos en que ambos se mezclan según todas las dosificaciones posibles".

Como consecuencia, la repugnancia en reconocer errores propios lleva a muchos políticos a subestimar las críticas que reciben como infundadas o simple producto de falsedades insidiosas de sus rivales, haciendo los máximos esfuerzos a su alcance para desarrollar explicaciones supuestamente “sistemáticas”, que terminan enrollándolos, inevitablemente, en los sinuosos meandros de ciertas ideologías extravagantes.

“Aunque en las ciencias sociales la frontera entre la mentira flagrante y la deformación ideológica más o menos consciente -que constituye un fenómeno diferente-, es bastante vaga, podemos hablar de mentira CUANDO NOS OCUPAMOS DE UNA FALSIFICACIÓN PALPABLE DE CIFRAS, DE DATOS, DE HECHOS”, añade Revel.

Una de las muletillas en boga en nuestro país, donde la mentira se ha instalado con fuerza casi inigualable, resulta sostener -por dar dos ejemplos al azar-, que el Fondo Monetario Internacional es el culpable del hambre del Tercer Mundo y que existe un pillaje de las materias primas que producimos, como parte de una “manipulación invisible de los poderosos” (¿).

La tarea de estos mistificadores consiste así –según ellos mismos aseguran con circunspección-, en tratar de salvar “lo que no está protegido” (¿), usando propuestas y argumentos que terminan invariablemente en una serie de eventuales soluciones absurdas que contribuyan a paliar los problemas de la gente, con el supuesto objetivo de evitar, de tal modo, “la perdición del ser humano”.

Lo único que han conseguido hasta hoy es obligarnos a sufrir la pésima calidad de dichas propuestas, llenas de alusiones a una sociedad que vive “prisionera” de sus necesidades y sometida a la injusticia (sin mayores precisiones); todo lo cual debe evitarse a cualquier costo, aseguran.

Este es el núcleo central del pensamiento del kirchnerismo, dentro de un movimiento al que algunos, con más erudición (aunque manifiestamente incompleta), tratan de conducir hacia un fin superior, y otros adoptan como bandera que les permite consolidar su holgazanería y poco apego a los esfuerzos necesarios para salir de cualquier situación comprometida.

En nuestro país rige una censura encubierta como técnica para inventar la actualidad o “reformarla”, acorde con la imagen que se desea proyectar desde el poder, inoculando a la opinión pública con un tipo de “sub información” que combate abiertamente la información libre.

Esto ha terminado sumergiéndonos en un escenario de similitudes y disparidades arbitrarias, que nos convierte en víctimas de una mistificación repugnante de la verdad, que termina sepultando cualquier esperanza de resurgimiento, dejándonos cada vez más aislados del mundo.

Mientras tanto, Cristina y su “engendrado” Presidente se revuelven inquietos apostando a ser acreedores de un milagro de imposible realización por ese camino: el desarrollo de una sociedad supuestamente igualitaria.

La pregunta que nos hacemos no es si el FMI firmará el acuerdo con nuestro país -porque creemos que ello finalmente ocurrirá-, sino cuánto tiempo transcurrirá hasta el momento en que dejemos de cumplir con lo que se acuerde.

Es la historia de nuestros  perennes y horribles gobiernos nacional-populares: “corsi e ricorsi”, diría Benedetto Croce.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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