Miércoles, 29 Junio 2022 11:41

Un temor premonitorio - Por Carlos Berro Madero

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Los engaños y charlatanerías de algunos políticos que “no pegan una”, no han conseguido afirmar ninguna credencial que logre encolumnar a la sociedad detrás de un proyecto sólido de progreso.

Porque lo que ocurre es que la diferencia entre lo posible y lo imposible, cuando depende de apreciaciones equivocadas, suele terminar en fracasos impuestos por una realidad inmutable. 

“Los milagros no provienen de la necesidad, sino de una voluntad que nos distingue con su favor: vienen personalizados con nuestro nombre y solo satisfacen una apetencia privada” (Fernando Savater).

Desde Cristina hasta el último adherente de un peronismo travestido insisten, no obstante, en invocaciones absurdas y cuasi adolescentes –aunque nefastas al fin-, como si las mismas pertenecieran a un manual de “tecnología de la salvación”.

Pero las endorfinas que engrosaron durante años el cuerpo de una doctrina atrabiliaria han menguado, y el temor comienza a apoderarse de quienes hicieron gala de una indecencia arrogante, aprovechándose de las flaquezas de una sociedad necesitada de creer en “algo”, ante el derrumbe de sus voluntarismos irracionales.

Que la Vicepresidente se haya reunido con Carlos Melconian, es un signo evidente del miedo que la carcome al ver que el proyecto de su trascendencia política comienza a resquebrajarse, y la pone en camino hacia un final temido: el escarnio público de quienes hasta hace poco tiempo la idolatraron irracionalmente.

También se debe quizás a que, como señalaba Alvin Toffler con mucho acierto, “la edad va a menudo del brazo con el conservadurismo y tiene una sólida base matemática: el tiempo pasa más de prisa para los viejos”. Y Cristina cumplirá pronto 70 años.

El kirchnerismo creció alimentado por el aporte simbólico que recibió de una mujer mucho más joven y fervorosa (aunque hoy se la vea aún arrolladora es una desteñida réplica de sus primeros años), que predicó el reconocimiento irrestricto a unos derechos humanos bastante indescifrables, privilegiando estrategias filosóficamente equivocadas, que solo han dejado desparramados aquí y allá los cadáveres de quienes creyeron en quien hoy debe sentir mucho temor por su propia muerte política.

Por más cartas y discursos furibundos que propine a quien sea: Alberto -su “socio” en la desgracia-, o una sociedad que nunca entendió que ELLA manifestó poseer una suerte de linterna mágica, para llevarnos hacia la luz desde el túnel oscuro en que nos encontrábamos.

Ese túnel al que, ¡oh ironía!, entramos arreados por los desatinos y ambiciones desmedidas de ELLA y su difunto marido.

“El peso de la fatalidad estadística y los avisos de nuestra decadencia fisiológica”, dice Savater, “nos conceden derecho a pocas dudas sobre la certeza de la muerte. Puesto que todos mueren, ¿por qué no voy a morir como los demás? ¿Considerar que precisamente yo debo ser la excepción a esta regla general no supone algo así como un supremo pecado de vanidad, un narcisismo ontológico desmesurado?”

Algo de eso estará sintiendo Cristina Fernández en su fuero íntimo con seguridad, intuyendo que más temprano que tarde, puede estrellarse contra una pared: sus caprichos, por más potentes que parezcan, ocultan en realidad los rasgos de un gran temor.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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