Viernes, 01 Julio 2022 10:49

Disputa de cajas en la cubierta del Titanic - Por Vicente Massot

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La disputa que se ha entablado a cara descubierta por el manejo de los planes sociales muestra, a la vez, varias cosas. Por de pronto, la dimensión pavorosa de la pobreza argentina. Enseguida, las cifras astronómicas que se manejan. En tercer termino, la rajadura notable y notoria de un Frente de Todos, del cual sólo quedan saldos y retazos. Y, por último, la voracidad de los protagonistas de la pelea a la hora de querer hacerse de esas partidas presupuestarias.

No habría estallado este diferendo si Cristina Kirchner no hubiese obrado un giro copernicano en la materia. En efecto, si alguien le dio vuelo y poder a los así llamados movimientos sociales -al extremo de que su crecimiento exponencial eclipsó, casi por completo, al tradicional sindicalismo peronista- ése fue Néstor Kirchner y, en menor medida, su mujer. Entre los años 2003 y 2015 Luis D’Elía, por ejemplo, era un personaje con más llegada a la Casa Rosada que el conjunto completo de los gordos de la CGT y que varios miembros del gabinete nacional. Aquella resultó la década dorada de esos movimientos. Sobraba la plata y contaban con el respaldo incondicional del matrimonio santacruceño. 

Pero, de buenas a primeras, la Señora y La Cámpora tomaron conciencia de que la que se halla en juego es una caja que todavía no manejan y que las organizaciones de más peso oficialistas -las que enarbolan los postulados del trotskismo son otra cosa- no les responden a ellos tanto como al presidente de la Nación. En paralelo, también los intendentes y gobernadores, que no son ajenos al escalamiento del conflicto social en sus respectivas provincias, hicieron conocer su reclamo, coincidente con el de la Señora. No es que haya nacido o se haya forjado una alianza debidamente planeada entre el camporismo y los mandatarios del interior del país. Nada de eso. El de ellos es un acercamiento momentáneo, fruto del interés de pasar a ser los dueños de un tesoro que podrían compartir.

Sobre el particular hay que evitar toda ingenuidad y no creer en las buenas intenciones que pregonan a diario quienes ahora desean manejar la caja. La idea, ventilada por Capitanich y el camporismo -El Cuervo Larroque, menos lindo, le acaba de decir de todo a los dirigentes del Movimiento Evita, algo impensable hasta poco tiempo atrás- de que su aspiración es la de adecentar las prestaciones, haciéndolas eficientes y trasparentes, no resiste el menor análisis. Están detrás de una masa de subsidios descomunales y han aprovechado el momento de más debilidad de los movimientos sociales y de sus líderes -cuya imagen no puede ser peor, según lo transparentan las encuestas de opinión- para ganar la partida y ser ellos los flamantes administradores.

En medio de esta feroz contienda se halla situado Alberto Fernández, en un verdadero brete. Tarde o temprano deberá elegir a los gobernadores o a los movimientos sociales. Pero, de momento, ha preferido hacerse el distraído. Aquéllos creyeron, en tiempos pasados, que estaban en condiciones de ser la columna vertebral del proyecto albertista, en la medida en que el primer mandatario se animase a fijarle límites claros a su vice y asumiese, de una buena vez, su mayoría de edad política. Fernández prometió en privado, en varias oportunidades, que necesitaba tiempo para obrar ese paso. Transcurrieron los meses y han pasado ya dos años y medio sin que haya dado muestras de ser un personaje creíble. Por eso hoy los gobernadores justicialistas miran con mejores ojos a la viuda de Kirchner y hasta la consideran un aliado potencial de cara a 2023.

De su parte, y como es fácil de constatar, a Emilio Pérsico y al Chino Navarro la embestida que les ha sido enderezada, desde dos flancos distintos y poderosos, no les ha hecho ninguna gracia. Por un lado, no fueron capaces de anticiparse al jaque que les han cantado en sus narices, sin pedirle permiso. No lo vieron venir. Más aún, nunca se imaginaron que fuese posible. Por el otro, acorralados como se sienten, han decidido dar una pelea cuyo resultado es todavía incierto. Recién ha comenzado y nadie está en condiciones de determinar cuánto vaya a durar.

Bien podría suceder que todo terminase en un empate en donde los intendentes y gobernadores avanzaran a expensas de los movimientos, sin por ello dejarlos a éstos de lado. Después de todo traspasar la administración de varios miles de millones de pesos en subsidios, de las manos de unos a las de otros, no es cosa que se pueda realizar en un abrir y cerrar de ojos. Sin contar con el hecho de que el poder de movilización de los Pérsico y compañía no debiera desestimarse. Si el Poder Ejecutivo estuviese intacto y en la plenitud de sus fuerzas, llevarían claramente las de perder. Con un presidente en retroceso, cascoteado por todos lados, en medio de una crisis económica que hasta ahora ha demostrado ser inmanejable y una situación social calamitosa, los movimientos sociales todavía están en condiciones de sacar pecho. Lo más probable es que salgan de la pelea con menos planes de los que manejaban antes de que estallaran las hostilidades, pero conservando de todas maneras un caudal importante de poder.

El aspecto de lejos más relevante de cuanto sucede hoy en el seno del espacio oficia- lista es la lucha interna, que no solo no cesa, sino que día a día crece en intensidad. Ello acompasado con una situación económica que es imposible que aguante hasta octubre del año que viene. Si faltasen seis meses para que se substanciaran las elecciones el problema tendría la misma envergadura, pero el tiempo jugaría a favor del statu quo. El problema es que, con un año y medio por delante, la inflación a punto de desbocarse, el dólar por las nubes, las reservas por el piso, el riesgo país volando, y Martín Guzmán y Miguel Pesce corriendo por detrás de los hechos, sin autoridad y carentes de ideas, imaginar que podrán llegar a los comicios a fuerza de parches, aspirinas y merthiolate es no tener idea de la dimensión de la crisis. El horizonte es sombrío por donde se lo mire.

Vicente Massot

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