Viernes, 16 Septiembre 2022 09:53

Diferenciar las peras de los tornillos - Por Vicente Massot

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No deja de sorprender la manera como nuestros gobernantes -sin importar demasiado cuáles hayan sido o sean sus observancias ideológicas- confunden los veranitos económicos -de suyo circunstanciales- con el éxito de su gestión. Sergio Massa, en particular, y sus seguidores, en general, no representan una excepción a esta regla.

La baja del dólar blue, el MEP y el contado con liquidación (CCL), unido a un crecimiento de las reservas de libre disponibilidad y a la buena recepción que ha tenido el flamante ministro por parte de sus pares norteamericanos -incluidos los directivos del Fondo Monetario Internacional- le han hecho creer a aquéllos en una suerte de milagro susceptible de ponerlo al nuevo hombre fuerte de la política argentina en la nómina de los presidenciables, con probabilidades de ganar, y de devolverle al gobierno presidido por Alberto Fernández su perdida lozanía. 

En el curso de los últimos siete días, poco más o menos, se ha echado a correr la idea de que, si no compite en las elecciones del año próximo, Massa lo hará en las que se llevarán a cabo en 2027. Es verdad que soñar despierto no cuesta nada y que se pueden tejer especulaciones respecto de candidatos y candidaturas de todo tipo, tamaño y color, sin importar cuán descabelladas resulten.

También lo es que no sería de extrañar que, dada la orfandad dirigencial del Frente de Todos, si el ex–intendente de Tigre y ex–jefe de gabinete de Cristina Fernández lograse su cometido -evitar la catástrofe que se avecinaba al momento en que presentó su renuncia Martín Guzmán para luego ser sucedido por Silvina Batakis- estaría en condiciones inmejorables de encabezar la fórmula gubernamental de cara a los comicios que deberán substanciarse entre agosto y octubre de 2023. Con ese logro a cuestas -si lo consigue, algo que está por verse- nadie podría oponérsele.

Pero, al mismo tiempo, Massa o cualquier otro de su misma filiación están destinados a perder. Aun si acertase con las medidas que falta implementar, los mercados le respondiesen, pudiese acumular reservas y salir a flote, en las urnas sus posibilidades seguirían siendo mínimas. En cuanto hace a los comicios de 2027, nadie está en condiciones de anticipar en la Argentina quienes competirán por la presidencia.

A menos de un año de las PASO y a catorce meses de las generales de octubre es imprescindible distinguir con cuidado dos planos en materia económica, que no poseen ni remotamente igual incidencia sobre la intención de voto de la gente. No hacerlo sería algo así como meter en la misma canasta a peras y tornillos cual si fuesen iguales. El equipo que hoy tiene asiento en el Palacio de Hacienda ha privilegiado -con buen criterio- la cuestión de las reservas y dejado de lado cualquier pretensión de reducir, en el corto plazo, el índice de inflación. Aquélla era prioritaria y no se podía obviar.

Sin reservas, el estallido cambiario estaba a la vuelta de la esquina y la devaluación era la salida inevitable. Por eso lo primero en el orden de la ejecución era cerrar ese flanco. El dólar soja refleja hasta dónde el kirchnerismo prefirió la ortodoxia al abismo. Después de todo, nadie desea suicidarse porque sí.

No obstante, el encuentro con Kristalina Giorgieva, las febriles reuniones desarrolladas en la ciudad de Houston con los representantes de los más grandes capitales energéticos, los créditos del BID y del Banco Mundial -para citar sólo algunos ejemplos- representan una de las caras de la moneda. La gira por los Estados Unidos ha sido importante en atención a la necesidad de sobrevivir que tiene el oficialismo, pero de escasa relevancia para el bolsillo de las personas en los meses venideros.

La otra cara de la moneda es la inflación que se hace sentir todos los días. Por rápido que se construya el gasoducto desde Vaca Muerta y por muchas que sean las inversiones en materia energética y en los yacimientos de litio, sus resultados no se percibirán ni este año ni el próximo. Janet Yellen y David Lipton para la gran mayoría de los argentinos son dos ilustres desconocidos. Si hiciéramos una encuesta a mano alzada, casi con seguridad serían confundidos con dos artistas de Hollywood o deportistas del país del norte. Uno y otro -sin embargo- son figuras relevantes de la administración presida por Joe Biden y le han dado una gran mano a Sergio Massa.

Sólo que, de resultas de las citas que tuvo con ellos -acompañado por Gabriel Rubinstein, Miguel Pesce, Marco Lavagna y Leonardo Madcur-, la inflación no va a ceder un tranco de pollo. Este año orillará o pasará el 100 %, nivel que -salvo cambios que por el momento no se vislumbran- se repetirá o superará el año que viene. Contra esa realidad, es poco lo que el Frente de Todos está en condiciones de hacer.

Así como es menester diferenciar el peso de la macro y de la micro en términos de las urgencias de la población, hay otro tema al que hay que prestarle atención: ¿cómo reaccionará el kirchnerismo de cara a un año electoral? El ajuste que se ha puesto en marcha dejó en claro que, frente al precipicio, Cristina Fernández y La Cámpora -Alberto Fernández a esta altura es una figura decorativa- han decidido archivar sus filípicas contra el Fondo y las políticas duras, con tal de no repetir las experiencias desagradables de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa.

Aun así, es pertinente hacerse la pregunta apuntada más arriba. Pasado el Mundial de Qatar y las vacaciones de verano, ¿el cheque en blanco que le han extendido al titular de la cartera económica seguirá teniendo validez? ¿Estarán dispuestos, en plena campaña, a apretar el cinturón con el propósito de que las cuentas públicas no se desbarranquen o tirarán por la borda el esfuerzo hecho e implementarán un nuevo capítulo del clásico distribucionismo populista?

En las filas del más robusto frente opositor, los referentes de Juntos por el Cambio al tiempo que disputan supremacías en forma por momentos desfogada -sobre todo en los casos de Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich- tienen más de un motivo para celebrar. Por de pronto, vienen de sumar un triunfo de alto valor simbólico -contrariando a las encuestas que, una vez más, dejaron mucho que desear- en la localidad cordobesa de Marcos Juárez.

Además, un día antes de que los habitantes de esa ciudad se hicieran presentes en el cuarto oscuro y le dieran la victoria a la candidata de aquéllos por 55,15 % a 38,48 %, el kirchnerismo había cometido en la Basílica de Luján uno de esos errores que, a la larga, cuestan caro. Puede que el catolicismo argentino sea mistongo, como lo calificó hace décadas el padre Leonardo Castellani, pero de todas formas la grosera politización de una misa no le cae bien a nadie que confiese esa religión. Para que el arzobispo del lugar se haya visto en la obligación de pedir disculpas, es evidente que algo salió muy mal.

Las peleas que se agitan en el seno de Juntos por el Cambio no ponen en peligro la unidad de la coalición. En el caso probable de que se substanciasen en tiempo y forma las PASO, se presentarán los candidatos de todos conocidos, y de esas internas abiertas saldrá la fórmula presidencial. No hay razón ninguna para suponer que vayan a producirse fugas de consideración si acaso Mauricio Macri fuese de la partida. Posibilidad, ésta, que a medida que transcurren los meses, se robustece. Una cosa es que se baje alguno de los ya anotados o que, a último momento, se sume alguno que hoy no está en la grilla.

Otra, harto distinta y poco probable, es que alguien rompa el cerco y compita por afuera. ¿Quién desearía hacer rancho aparte cuando el poder se halla al alcance de la mano? ¿Quién lo seguiría? Y si las PASO se cancelasen -lo que hoy parece difícil en razón de que el partido gubernamental carece de los votos para hacerlo- nada de fondo cambiaría. Juntos por el Cambio debería organizar, por su cuenta y riesgo, unos comicios internos de formato aún incierto.

Nada que resulte imposible o que pueda generar una tormenta de proporciones. Los que aquejan a Juntos por el Cambio son inconvenientes menores, derivados de la proliferación de candidatos con musculatura electoral, Los que aquejan al oficialismo son problemas de órdago derivados de su notoria falta de candidatos realmente competitivos -excepción hecha de Cristina Fernández- y de una inflación que llegó para quedarse y es letal para las aspiraciones del Frente de Todos.

Vicente Massot

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