Viernes, 07 Octubre 2022 11:30

La sangre no llegará al río – Por Vicente Massot

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El nuestro es un país acostumbrado, desde largo hace, a sufrir desencantos sonados, a padecer crisis económicas sin cuento y a soportar miserias de todo tipo. Como formamos parte de una sociedad tan mansa como cobarde, protestamos en voz alta, agitamos los brazos enfurecidos, lanzamos amenazas que nunca cumplimos y -al final- nada cambia demasiado.

En otro lugar la situación que padecemos a diario no se aguantaría. Habría una reacción en cadena para modificar de raíz esos males o una ola de violencia urbana sacudiría los cimientos comunitarios, sin pedirle permiso a nadie. Aquí, en cambio, se solapa la toma indiscriminada de colegios en la capital federal con los desmanes de la avanzada mapuche ante la llamativa pasividad del gobierno central, sumados a los acampes piqueteros en la avenida 9 de Julio, los crímenes que se suceden sin solución de continuidad en la ciudad de Rosario, y las huelgas que escalan el conflicto social hasta límites indecibles, sin posibilidad ninguna de ponerles coto. La pasividad ciudadana y la incompetencia de la clase política explican por qué el statu quo resulta inmodificable. 

El cambalache representa -aunque pocos se den cuenta de ello y decirlo genere malestar- nuestra constitución real. La escrita, de cuño alberdiano, llena de sabiduría, no ha resistido el peso de la realidad. Con lo cual, para entender lo que nos pasa, hay que buscar la explicación en otro lugar. Por un lado, nada funciona y la decadencia nos arrastra a vivir cada día en peores condiciones. Pero, por el otro, aunque parezca contradictorio o incomprensible, la peculiar mansedumbre criolla nos asegura una paz social, entendida no como ausencia de conflictos -cosa imposible- sino como valla para evitar un proceso de descontrol y anarquía a es- cala nacional.

Dicho de manera distinta y con base en unos cuantos ejemplos: la impunidad con la cual se mueven las bandas narcos rosarinas no convertirá a la Argentina en México; los ataques mapuches en Villa Mascardi y alrededores carecen de la envergadura que sí tienen los de las indiadas del otro lado de la cordillera; los mocosos de La Cámpora y sus compinches que invaden escuelas son niños de pecho comparados con los estudiantes del Mayo Francés; los obreros de la industria del neumático -aun en el hipotético caso de que protestaran su condición de trotskistas- no reivindican -ni por asomo- los mismos postulados que el movimiento obrero insurreccional alumbró en Huerta Grande a principios de la década del setenta del siglo pasado.

Hay que descartar, pues, las ideas tremendistas y las tesis apocalípticas esbozadas, aquí y allá, no con el propósito soterrado de meter miedo, pero sí lanzadas a correr con un alto grado de ignorancia. El panorama luce desastroso y el año próximo no será mucho mejor. Nada hace prever que haya una modificación de las condiciones de vida actuales. Sin embargo, la sangre no llegará al río. Podrán faltar reservas en el Banco Central, sobrepasar 100 % el índice que mide la inflación, aumentar el número de huelgas y de cortes de rutas, escalar el porcentaje de empleados en negro, disminuir el poder adquisitivo de los más necesitados, sumar más subsidios de los ya existentes a las empresas estatales, incrementarse la pobreza, la indigencia y la inseguridad, sin que ello signifique un quiebre institucional o algo parecido.

Las anteriores no son unas disquisiciones hechas por iluminación del espíritu de quién esto escribe. En mayor o menor medida los principales actores de la política argentina saben que no habrá en estas playas estallidos del tipo de los que en años recientes se produjeron en Santiago de Chile, Quito y Lima, para sólo mencionar unos ejemplos sudamericanos. Si los responsables de la actual administración y los referentes más conspicuos de Juntos por el Cambio partiesen de una premisa diferente y creyesen de verdad que la anarquía está a la vuelta de la es- quina, su actitud y sus decisiones serían otras.

Por lo tanto, quienes tienen la responsabilidad de obrar como actores excluyentes en el escenario político nacional repiten un libreto ya conocido. Cristina Fernández, luego de no haber abierto la boca para cuestionar el ajuste puesto a rodar por Sergio Massa, ahora se ha acordado del costo social que arrastra y se lo ha hecho saber. Nada parecido a las objeciones que le enderezara en su momento a Martín Guzmán, aunque útiles para satisfacer a su base electoral. Era claro que la viuda de Kirchner no iba a aceptar a libro cerrado este miniplan de austeridad del nuevo ministro de Economía. Otro tanto vale para su hijo, que por primera vez le descargó unas cuantas salvas al sucesor de Silvina Batakis. Pero los dos miembros de la familia gobernante no pasaron de lo declarativo. Por ahora, ése es su límite. Si lo violaran estarían jugando con fuego y -la verdad sea dicha- no son dados a comer vidrio.

Sergio Massa, mientras tanto, actúa con un grado cada día mayor de discrecionalidad e independencia respecto del Instituto Patria y de la Casa Rosada, en igual medida. Si hasta Gabriel Rubinstein se ha permitido -algo inconcebible hasta pocos meses atrás- salir al cruce de las críticas de la vicepresidente y ponerla en su lugar, haciéndole ver lo poco que sabe de economía.

El solo hecho de que un funcionario de su nivel se haya animado a tanto demuestra dos aspectos del mayor interés: que el poder omnímodo de la Señora es cosa del pasado y que Rubinstein -luego de los problemas que generó su designación- no puede haber avanzado sin la anuencia de su jefe. La relación de fuerzas dentro del espacio oficialista ha sufrido un cambio. No significa que la vicepresidente haya dejado de ser la jefe del Frente de Todos.

Además, resulta -de lejos- la mejor posicionada en el espacio mencionado, en términos de la intención de voto. El grado de autonomía de Sergio Massa está asociado a los resultados que obtenga su gestión. Su margen de maniobra por ahora es amplio, pero nada asegura que lo sea dentro de tres meses si la inflación continúa su curso ascendente. Lo que ha ocurrido es que, a diferencia de las prime- ras administraciones kirchneristas (2003-2015), no hay un poder absoluto e indiscutible. Cristina, aun cuando es la de mayor peso, no puede hacer y deshacer a su antojo. Su autoridad ahora tiene límites que no conoció en sus años de esplendor.

En los cuarteles de Juntos por el Cambio se recibió con indisimulado alborozo el artículo que el matutino Clarín publicó el domingo pasado acerca de los votos a favor y en contra de suspender las PASO que es dable contar hoy en la cámara baja del Congreso de la Nación. A estar a lo que el periodista Ignacio Ortelli expuso con lujo de detalles, hay seis legisladores oficialistas -dos del Movimiento Evita, dos de la Corriente Clasista y Combativa, uno de Barrios de Pie y el restante del peronismo entrerriano- que rechazan el proyecto de dejar sin efecto las primarias abiertas y obligatorias planeadas para substanciarse en agosto próximo. De ser así -y no hay razones para dudar de la seriedad de la nota referida- uno de los temas que le quitaba el sueño a los líderes de la fuerza que se perfila como ganadora en los comicios presidenciales de octubre de 2023, parece haber desaparecido.

Los problemas que le generaría a Juntos por el Cambio la anulación de las PASO son de envergadura, sin por eso resultar irremontables. Lo que hay, más allá de los inconvenientes propios de armar una interna en donde solo podrían votar los afiliados a los partidos que integran la alianza -Unión Cívica Radical, Pro y Coalición Cívica- y los independientes que no sean afiliados al justicialismo u otras agrupaciones, son diferencias profundas.

Es bien evidente que Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, Facundo Manes y Gerardo Morales no piensan igual. En las PASO sus disidencias se atenuarían. Sin las PASO se agigantarían. Así y todo, es indisimulable que -conforme se acerca el tiempo de definir candidaturas- la grieta se ensancha. Facundo Manes -el que menos mide en las encuestas a esta altura del partido- escaló sus críticas a Mauricio Macri el domingo pasado y levantó en su contra una ola de críticas por parte de los seguidores del ex–presidente. El político radical no se anduvo con vueltas a la hora de lanzar acusaciones, y -menos feo- le dijo de todo. Qué es lo que ha llevado al neurólogo a dar semejante paso, es materia debatible. Parece poco probable que lo anime un propósito rupturista porque correría el riesgo de quedarse solo.

En tren de buscarle una explicación, es de creer que aspira, con actitudes por el estilo, a ganar notoriedad. Como quiera que sea, el centro de la cuestión no es la naturaleza de la interna ni quienes se anotaran para disputarla, sino de qué manera una alianza tan disímil podrá manejar -en el caso de ganar las elecciones- sus discrepancias en temas de fondo. Si hoy no terminan de ponerse de acuerdo, ¿qué sucederá cuando llegue el momento de llevar adelante las reformas estructurales en materia económica, laboral, previsional e impositiva que el país requiere?

Vicente Massot

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